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El pasaje del evangelio que nos relata la historia de Jairo nos muestra con gran fuerza tres rostros diferentes de la fe: El primero es la súplica, el segundo la perseverancia, aún cuando todo parece perdido, y el tercero es el rostro de Cristo que no se intimida ante la muerte. Jairo no solo es el padre desesperado, es un hombre de posición en la jerarquía religiosa, de prestigio social; es un hombre que desciende de su rango para postrarse ante Cristo, porque hay sufrimientos que rompen con la compostura social y la pretensión de control. Cuando la enfermedad toca a un hijo, cuando la vida de un ser amado parece escurrirse entre los dedos, el alma descubre con claridad su verdadera condición. Somos criaturas necesitadas, frágiles, incapaces de sostener por nosotros mismos a aquel a quien más amamos. Jairo es un espejo de todos aquellos que alguna vez han corrido hacia Dios con el corazón roto. Su historia no es solamente la historia de un milagro de resurrección; es la historia de una fe probada en la urgencia, en la interrupción, en la demora y aún en la noticia de la muerte.
El amor de Dios por la humanidad es inquebrantable y Él siempre responderá cuando a Él clamamos. En la época en la cual Jesús caminaba por Galilea ejerciendo su ministerio, bajo la influencia grecorromana, la lepra, también conocida como la enfermedad de Hansen (una infección bacteriana que afecta la piel y los nervios) era una enfermedad que también tenía una connotación espiritual. Según el libro de Levíticos, los leprosos debían vivir apartados de la sociedad, a su paso debían gritar: “inmundo, inmundo”, no les era permitido entrar a las sinagogas, tampoco podían entrar a las ciudades amuralladas, no podían tocar a nadie y tampoco nadie podía tocarlos.
Jerusalén estaba llena de movimiento, los judíos celebraban una de sus fiestas. Pero en Betesda reinaba la inmovilidad. Bajo los cinco pórticos se acumulaban cuerpos incapacitados y esperanzas suspendidas. A pesar de que ese nombre significa en hebreo misericordia, allí reinaba la impiedad. Aquel hombre no recordaba una vida sin camilla. Treinta y ocho años no son una circunstancia; son una identidad. Y la misericordia aún no lo había alcanzado. Había aprendido a sobrevivir en la espera. Jesús se acercó a él y no le ofreció meterlo en el agua. Antes le dijo: — ¿Quieres ser sano? Durante años había esperado el movimiento externo de las aguas, pero jamás había considerado el mover interno de su alma hacia Dios…
El pasaje de la mujer cananea es uno de los más contundente, desconcertante y revelador de los evangelios. La primera vez que lo escuchamos o leemos puede llegar a parecernos que hay una gran dureza en las palabras de Jesús ante el clamor de esta mujer; sin embargo, esta historia nos muestra la manera en la que el ser humano puede, literalmente, conquistar el corazón de Dios con su actitud. Jesús había salido hacia la región de Tiro y Sidón, un territorio gentil, alejado de su propia gente, de los israelitas. Una mujer valiente rompe con el silencio cultural y religioso; cuando Dios está presente no es importante la religión que practiquemos, lo que realmente importa es Su presencia y nuestra fe en Él. ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija está gravemente atormentada por un demonio.” Mateo 15:23.
A veces los sufrimientos irrumpen en la vida como una tormenta desplegando toda su fuerza y su furor. Luego, como tormenta que pasa, nos dejan devastados y es necesario levantarnos de nuevo, desde los cimientos. Hay otros sufrimientos que como una pequeña semilla comienzan a crecer dentro de nuestro ser y, poco a poco, se van haciendo más grandes y más profundos; se quedan a vivir permanentemente con nosotros. Dieciocho años con un padecimiento no describen una crisis; son una vida reorganizada alrededor del dolor. Aquella mujer no atravesaba un episodio pasajero, sino una condición que había moldeado su postura, su manera de caminar y quizá hasta la forma en que los demás la miraban; ya no era simplemente una mujer, era la mujer encorvada.
Cuentan los evangelios que a la salida de una ciudad llamada Jericó, un hombre ciego estaba sentado junto al camino mendigando. Su nombre era Bartimeo, no sabemos mucho de su pasado, solo sabemos que era ciego y que, muy probablemente, debido a su ceguera había llegado a la mendicidad. No tenía prestigio, no tenía posición, no tenía visión; sin embargo, tenía algo que muchos no poseen, tenía claridad interior.
Hay momentos, etapas en la vida en las que no podemos caminar por nuestros propios medios. Es la hora oscura del alma en la que pareciera que estamos en un túnel demasiado oscuro y largo; un túnel que pareciera no prometer una luz en su final. No se trata solo de lo que estemos afrontando, ya sea una enfermedad, una separación, una traición, una decepción, una vejación, o en pocas palabras, una tragedia; se trata también de la oscuridad del alma en medio del dolor desconocido, se trata de la imposibilidad de nuestro ser para lidiar con nosotros mismos. Es una herida que no para de sangrar, es un dolor que nos desploma y sigue punzante, desafiando nuestra fe, nuestro mundo tal como lo hemos concebido hasta ese punto. Es desfallecer, no tener fuerzas. Es perder la esperanza. Los cuatro amigos es la historia de un hombre atravesando esta hora oscura y sus amigos lo cargaron y lo llevaron a Jesús.
Era una tarde calurosa, Jesús junto a sus discípulos entró a Capernaum, una ciudad conocida, transitada, habituada a su presencia. Al igual que las veces anteriores, una multitud se agolpó a su alrededor, muchos demandaban su atención, otros estaban curiosos de lo que haría ese día; cada vez que Jesús había estado en Capernaum habían sido testigos de su bondad y sus prodigios. Sin duda alguna, la escena central de aquella tarde fue la presencia del centurión romano que se acercó a Jesús. Cuando lo vieron, muchos temieron y retrocedieron; allí estaba, como todo ser humano, aquel hombre extranjero, parte del poder opresor, pidiendo la ayuda de Jesús. No obstante, esta vez fue diferente, desde la lógica humana, el centurión no lucía como un hombre de fe, no había traído ningún enfermo, tampoco él parecía enfermo; pero, allí estaba, hablando con Jesús. ¡Y Jesús estaba maravillado!
Doce años habían pasado desde que comenzó a padecer de aquella aflicción que debilitaba su cuerpo y sumía su vida en el pozo de la desesperación. Doce años de sangrar en silencio. Doce años de continuo rechazo, excluida como impura en medio de su gente. Doce años de encuentros con médicos; de expectativas de sanidad convertidas en decepción. Era una mujer de fe, agotada por la enfermedad, pero no vencida por la larga espera. Siempre buscando el favor de Dios, siempre diligente, dispuesta a hacer su parte.
Es mi intención comenzar una nueva serie el día de hoy, como hemos venido haciendo en el último año, con el propósito de profundizar en las enseñanzas del cristianismo. Hoy comenzamos con los rostros de la fe en las historias de los evangelistas. Sin embargo me sentí guiada a comenzar con una experiencia personal acerca del cuidado de mis padres en sus últimos años. Espero que disfruten conmigo de ver el amor de Dios en todas las áreas de nuestras vidas.
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