Era una tarde calurosa, Jesús junto a sus discípulos entró a Capernaum, una ciudad conocida, transitada, habituada a su presencia. Al igual que las veces anteriores, una multitud se agolpó a su alrededor, muchos demandaban su atención, otros estaban curiosos de lo que haría ese día; cada vez que Jesús había estado en Capernaum habían sido testigos de su bondad y sus prodigios. Sin duda alguna, la escena central de aquella tarde fue la presencia del centurión romano que se acercó a Jesús. Cuando lo vieron, muchos temieron y retrocedieron; allí estaba, como todo ser humano, aquel hombre extranjero, parte del poder opresor, pidiendo la ayuda de Jesús. No obstante, esta vez fue diferente, desde la lógica humana, el centurión no lucía como un hombre de fe, no había traído ningún enfermo, tampoco él parecía enfermo; pero, allí estaba, hablando con Jesús. ¡Y Jesús estaba maravillado!