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En la víspera de la finalización de este año 2025, nuestra mente se llena de pensamientos; hay reflexiones que conmueven nuestro ser, hay verdades que resaltan como el sol a pleno día y además hemos vivido experiencias que respaldan estas reflexiones y verdades de manera contundente.
La Navidad es mucho más que una festividad llena de tradiciones, luces y regalos. Es un tiempo sagrado que nos invita a contemplar el misterio de la Encarnación: Dios hecho hombre, que desciende a este mundo con humildad y amor infinito. Con frecuencia, el frenesí del consumismo y los compromisos sociales nos alejan de esta verdad fundamental, pero la Navidad nos recuerda que el mayor regalo ya nos fue dado en el nacimiento de Jesús.
Quisiera poder escribir hoy las palabras más bellas y con ellas tocar sus corazones. Plasmar con la tinta este deseo ardiente de mi ser por la felicidad de mi patria. Mi deseo convertido en oración porque Dios nos bendiga y que Su luz ilumine nuestras tinieblas. Lo que viene a mi mente es aquel pasaje cuando Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo (Hechos 3: 1-10). El hombre pedía limosna, pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» Y el hombre fue sanado. Yo no soy ni Pedro, ni tengo el don de sanidad, pero lo que tengo, humildemente quisiera dárselos hoy: El nacimiento de Jesucristo tuvo un propósito, que sigue cumpliéndose cada día en aquellos que le buscan de corazón sincero. El no es un Dios muerto que quedó clavado en la cruz, El resucitó y con su resurrección venció la muerte. El está vivo y dispuesto a cumplir su propósito en ti y en mí. El quiere nacer en tu corazón. Ábrele hoy tu puerta y El vendrá y cenará
contigo, y será en tu vida EL PRINCIPE DE PAZ.
Para poder vivir de acuerdo a los principios de Dios, es nuestra responsabilidad ponernos la armadura espiritual diseñada para nosotros. Y la primera pieza de esta armadura es el Cinturón de la verdad: “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad.” Ef. 6:14. En aquellos tiempos se consideraba que un soldado sin cinturón (cingulum o balteus), sencillamente se encontraba fuera de servicio. El cinturón no era un accesorio, se trataba de una pieza fundamental, cuya función era: En primer lugar, sujetar la túnica para permitir movilidad. Segundo, servía de base para enganchar la espada y algunas otras piezas. Tercero, mantenía unida la parte superior e inferior de la armadura. Cuarto, visualmente, era un símbolo de autoridad que revelaba el estado de preparación; es decir, el cinturón marcaba el paso de la inactividad a la alerta.
Todo lo que existe no es visible. Todo lo que se siente no se conoce. Comienzo con una pregunta existencial: ¿Alguna vez has sentido que luchas contra alguien o algo pero no sabes contra quién o qué? Los días transcurren aceleradamente, sientes una presión callada, persistente, que pareciera tratarte sin compasión alguna. De repente, te das cuenta que hay pensamientos debilitantes, los cuales campanean en tu mente como anunciando oscuridad, como llamándote a acciones que no quieres ejecutar, como succionando tu fuerza.
En este mensaje, vemos una radiografía espiritual que no solo aplicó a los laodicenses, sino que atraviesa los tiempos para hablarnos hoy. Jesús habla con firmeza, pero con ternura. No acusa para condenar, sino para sanar, despertar y restaurar. Seamos, pues, celosos de este llamamiento tan grande, de la verdad que nos ha sido revelada y volvamos arrepentidos a Aquel que hoy nos invita a la cena mas importante de nuestra vida: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” Ap. 3:21.
La Palabra de Dios tiene la capacidad de bendecirnos la vida; nos alienta cuando estamos afligidos, nos aflige cuando somos altivos y soberbios; nos consuela cuando nos llora el corazón, nos hace llorar de puro amor cuando encontramos el consuelo tan anhelado por nuestras almas; la Palabra de Dios nos sana la herida y nos hiere para purificarnos y restaurarnos de los besos hipócritas del mundo. En el mensaje a la iglesia de Filadelfia, no hay reprensión ni reproche. Solo aliento, solo ternura. Solo una promesa que arde como fuego y consuela como bálsamo: “He puesto delante de ti una puerta abierta.”
La afirmación hecha por Cristo en el saludo a Sardis no solo impacta, sino que desenmascara una tragedia espiritual, una verdad que podría ser la causa, de la imposibilidad de la cristiandad actual, para impactar al mundo con el mensaje del evangelio de Jesucristo. Los cristianos tenemos reputación de vida, de una u otra forma nos hemos esforzado en manifestar el amor de Dios; sin embargo, en la realidad pareciera que estamos desconectados del Espíritu Santo. Al comprender el contexto de Sardis, podemos ver con claridad la precisión del mensaje. Sardis fue una ciudad rica, gloriosa, pero también se ganó la reputación de estar distraída. Debido a su falta de vigilancia cayó dos veces, víctima de ataques sorpresivos.
El mensaje a la iglesia de Tiatira es también un mensaje para ti y para mí. Nos habla con verdad, nos reconoce en nuestro trabajo y en la perseverancia en la fe, nos muestra el error en el cual hemos caído y nos da promesa para hoy y para el futuro. El mundo nos exige tolerancia a todo tipo de tendencia; incluso dentro de las comunidades cristianas. El peligro es la penetración de falsas doctrinas, ideologías contrarias a los principios cristianos y prácticas moralmente aceptadas por la cultura, pero reprobadas por Dios. Por lo tanto, tolerar el pecado dentro de la iglesia, bajo el pretexto de amor o inclusión es una traición al evangelio. La verdadera compasión confronta con la verdad. El mensaje a la iglesia de Tiatira nos advierte que el amor, la fe y el servicio son fundamentales; pero, sin discernimiento espiritual y firmeza en los fundamentos, la iglesia pierde su identidad.
Es hermoso y, al mismo tiempo consolador, saber que el Señor conoce los corazones y sabe que la iglesia de Pérgamo habita en el mismo lugar donde “mora satanás”, con todo lo que esto implica. Reconoce que esta iglesia retiene Su nombre y no ha negado Su fe. Sin lugar a dudas, un reconocimiento que describe a una iglesia arraigada en los fundamentos de las enseñanzas de Jesús, a pesar de vivir rodeada de corrupción. Una iglesia que mantuvo esa fe aún en medio de la aflicción de lo que significó ver morir a uno de sus líderes, Antipas, quien fue obispo de la iglesia de Pérgamo, nombrado por el apóstol Juan.
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