
Sign up to save your podcasts
Or


De diversas maneras todos nos enamoramos algún día por primera vez; todos experimentamos ese sentimiento único que de la noche a la mañana transforma nuestra existencia. Ese amor, cuya intensidad, nos hizo pensar que nunca más podríamos vivir separados de la persona amada. La actitud del primer amor, es la actitud de la comunión íntima, de los encuentros que nos hacen conocernos más profundamente. No obstante, con el pasar de los días se establece la cotidianidad con sus responsabilidades. Entonces, el fervor, la pasión y la entrega de los primeros tiempos va menguando y la llama se va apagando. Esto es, precisamente, lo que nuestro Señor Jesucristo reprochó en su mensaje a la iglesia de Éfeso.
Yo soy la vid verdadera” fue una de las últimas palabras de Jesús antes de emprender el camino a la cruz. Habían salido del aposento alto; la cena había terminado. Judas ya no estaba entre ellos. El tiempo de la despedida había llegado; sus corazones rotos. Con la intención de consolarlos, ante la inminencia de la obra del enemigo de sus almas, Jesús les mostró su amor hablándoles tiernamente; no les aconsejó sobre cómo aplicar la fuerza. Tampoco les habló de conquista, ni de defensa. Sus palabras expresaron claramente un mensaje de unión, de permanencia, de dar fruto.
Jesús había anunciado su muerte. Desde entonces, la tristeza había inundado los corazones de los discípulos, se sentían a punto de naufragar, tal como aquella noche de tormenta cuando el agua había inundado su barca. Una multitud de pensamientos saltaban inquietos en sus mentes; la duda, como una sombra, cubría todo vestigio del gozo que habían experimentado, al comprobar las manifestaciones del poder de Dios en su primer ejercicio misionero. Ahora, cuando finalmente estaban comprendiendo quién era el Maestro; ahora, cuando sus vidas estaban despertando a las revelaciones divinas; ahora, que habían llegado a ser sus seres más cercanos y amados; ahora, Él partiría a la presencia del Padre. Las despedidas siempre causan una herida en el alma, a pesar de la esperanza del reencuentro. Las sombras del adiós se deslizaban entre los rostros de los discípulos. Cada uno procesaba en su fuero interno las palabras del Maestro…“Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino”. Estas últimas quedaron vibrando en el corazón de Tomás. Y sin titubear le preguntó: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Juan 14:5. Entonces se revela la Palabra viva, una de las 7 declaraciones que manifiestan el carácter divino de Jesucristo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”.
Muy cerca de Jerusalén, en una aldea llamada Betania, se vivía el dolor de una gran pérdida, era Lázaro, el hermano de Marta y María que había muerto. Cuatro días llevaba en el sepulcro, todo parecía haber terminado, Marta había mandado emisarios para avisarle al Maestro. Pero Jesús no había venido inmediatamente. Y la espera había extinguido la esperanza. La intensidad del duelo llenaba el ambiente como una densa niebla. Era el tiempo de los abrazos bañados de lágrimas, de las conversaciones con largos silencios, de las preguntas sin respuesta. Jesús, el Maestro amado, aquel a quien María había ungido sus pies con el perfume de aquel costoso alabastro; aquel a quien ella había rendido su alma, el amigo de la familia, el que había enseñado a Marta la lección de escoger lo más preciado, de dejar el afán de un lado y dedicarse a lo verdaderamente importante, aún no había llegado…
Al remontarnos a los tiempos en los cuales Jesús de Nazaret caminaba las polvorientas calles de Galilea es posible comprender a profundidad la razón por la que Jesús usó esta metáfora tan potente del buen pastor, tal como la había usado el Rey David al componer el Salmo 23; pues, en la cultura del oriente el pastor no era una figura netamente simbólica o una figura romántica que Jesús usó tiernamente para expresar su amor por los discípulos. Era una figura que expresaba entrega, pasión, cuidado y sacrificio.
Una mirada a la metáfora del rebaño
Era una tarde apacible, en la que la majestad de Dios se hacía presente a través de un crepúsculo de cielos en tonos anaranjados, que abarcaban todo el horizonte. El pastor se encontraba junto a su rebaño, ya recogido para el descanso de la noche; mientras las ovejas se iban acomodando unas cercanas a otras, el pastor elevaba su mirada al poniente, agradeciendo a Dios por un día más de labores, por un día más de vida que llegaba a su ocaso…
Era el último día de la Fiesta de los Tabernáculos, Jerusalén resplandecía, como cada año por estas fiestas. La ciudad santa se llenaba de peregrinos que venían de todas partes para recordar cómo Dios había guiado a Israel por el desierto, habitando en tiendas, en medio de las limitaciones, bajo el amparo del Cielo.
En el atrio del templo, grandes candelabros de oro, de más de 20 metros de altura, habían sido encendidos. Cada noche, durante esa fiesta, la luz de esos candelabros iluminaba las calles, las casas, los corazones. Se decía que ninguna casa en Jerusalén quedaba en tinieblas durante esta celebración. Era la luz de la memoria que les traía el recuerdo de aquella columna de fuego que había acompañado a sus antepasados a través de su travesía por el desierto, guiándolos, protegiéndolos, calentándolos en las noches frías.
En el evangelio del llamado discípulo amado, el apóstol Juan, encontramos 7 expresiones que definen la naturaleza divina de nuestro Señor Jesucristo. Cada una de estas declaraciones comienza con las palabras “Yo soy”. Estas declaraciones se convierten para el creyente en un potente mensaje bajo la forma de metáforas que nos comunican la identidad del Maestro, con imágenes concretas que nos revelan verdades espirituales profundas. Veamos de qué se trata esta declaración: Yo soy el pan de vida.
El temor del Señor se traduce en una brújula interna que orienta nuestras decisiones, palabras y actitudes. Nos libra del orgullo, nos guarda del pecado y nos conecta con el carácter de Dios. Quien vive bajo este temor, no teme al juicio, porque ya vive en comunión con el Juez justo
From the publisher's feed