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En tiempos donde la autonomía personal es vista como el valor supremo, hablar de sumisión puede parecer un retroceso, una amenaza a la libertad. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana esta palabra y su práctica contiene una profunda belleza y sabiduría espiritual. Al hablar de sumisión no nos referimos a la actitud blandengue que calla ante el abuso del poder, la injusticia y la violencia. La sumisión no tiene nada que ver con alguna forma de esclavitud; por el contrario, se refiere a la libertad verdadera, a la liberación de la opresión por parte del ser humano, para vivir bajo la mano amorosa de Dios. No se trata, pues, de debilidad, sino de fortaleza espiritual.
Hablar de rendición en un mundo en el cual el lema que se enfatiza es empoderamiento puede parecer una controversia; sin embargo, cuando se trata de la vida cristiana no hay nada que cause más empoderamiento de nuestro ser que la entrega profunda de nuestra vida a Dios. Lo que sucede a quien se rinde en una entrega de su alma, espíritu y cuerpo a Dios es que es capaz de experimentar cada día más el poder sobrenatural de vivir en lo que Jesús solía llamar “el reino de los cielos”
Ha sido una experiencia hermosa profundizar en el significado del Temor del Señor según el fundamento bíblico. A medida que hemos ahondado hemos considerado tres pilares que sostienen este concepto; a saber, la reverencia, la rendición y la sumisión. En el sentido práctico de la vida de comunión con Dios, cada uno de estos pilares se convierte en una práctica espiritual, la cual más que manifestarse en un acto en sí mismo, comienza con una disposición o actitud del ser.
Hoy queremos conocer los tesoros que se encuentren en el significado de reverencia; queremos fluir como la corriente de un río en las diferentes expresiones de los autores de las Sagradas Escrituras sobre este concepto fundamental en la comprensión del Temor del Señor.
Al intentar profundizar en el verdadero significado de lo que la Biblia llama “El temor del Señor”, comprendemos que es un concepto central en las Sagradas Escrituras, el cual atraviesa la vida de todo aquel que desee caminar en paz con Dios. La palabra temor está implícitamente relacionada con las palabras miedo, terror y pavor; de tal manera que, al poner en la misma oración las palabras temor y Dios, a primera vista pareciera una contradicción. Sin embargo, cuando buscamos en profundidad el significado de este concepto somos iluminados por diversos pasajes. Al estudiar este concepto comprendemos que para su internalización en la mente y en el corazón de cada creyente deben existir tres pilares fundamentales, cuya práctica en la vida nos determina inexorablemente: La reverencia, la rendición y la sumisión. Por esta razón es necesario recordar que cuando el Señor llamó a su pueblo les dijo: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide el Señor tu Dios de ti, sino que temas al Señor tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?” Deuteronomio 10:12.
El “temor del Señor” es un concepto central en la Biblia que a menudo es malinterpretado; debido a que la palabra temor se asocia con terror o pavor. No obstante, en el contexto bíblico el “Temor del Señor” se refiere a una profunda reverencia a la majestad de Dios.
Desde los albores de la existencia humana la experiencia de la vida ha estado determinada por el gran anhelo del alma de pertenecer, acompañado por el deseo intrínseco por encontrar el propósito de ser. El viaje de la vida nos mueve de parajes de caminos rectos, desde los cuales el horizonte se divisa claramente, a parajes de selvas tupidas que no nos permiten ver más allá del siguiente paso. Muchas veces andamos como ciegos, a tientas, sin saber cuál es el camino a seguir. Otras veces, nuestros caminos parecieran torcidos debido a nuestras propias decisiones, las cuales nos alejan de la vida de paz y prosperidad que todos quisiéramos vivir.
Al profundizar en el proceso de restauración que Dios lleva a cabo en la vida de cada ser humano que se vuelve a Él, hoy quisiera que nos enfocáramos en la restauración desde el estado de vergüenza y confusión hasta la honra y el honor del cual nos habla el profeta Isaías en el capítulo 61, en el verso 7. “En lugar de vuestra doble confusión y de vuestra deshonra, os alabarán en sus heredades; por lo cual en sus tierras poseerán doble honra, y tendrán perpetuo gozo”. La restauración es el proceso mediante el cual se repara el deterioro sufrido por una estructura. Durante la reparación se restablece la estructura a su condición anterior al daño, conservando su esencia y tratando de llevarla a la gloria original. Sin embargo, en las manos de Dios, la restauración no solo pretende llevarnos al estado antes del pecado, sino mucho más allá, al estado que Él pretendió desde el principio, y que en la visión neotestamentaria, llamaríamos “la medida de la plenitud de Cristo”.
Esta poesía nace desde el rincón más profundo de mi alma,
Dedicado a mi sobrino Jefferson Domínguez Moros, en memoria de David.
En este episodio abro mi corazón para expresarte mi luto por mi hermana. Y la manera como Dios lo cambió por su óleo de gozo.
La humanidad entera coincide en algo muy importante. De múltiples maneras, no importa la raza, la religión o el estatus socio-económico, todos nos encontramos en una búsqueda espiritual que le de propósito y significado a nuestra existencia. Pienso que no hay experiencia más transformadora en la vida que el encuentro personal con Dios. Más allá del conocimiento intelectual que podamos tener de Él, cuando su gracia alcanza nuestro ser, se establece una comunión genuina que nos hace florecer. Cuando llegamos a tener relación con Dios, esa amistad transforma profundamente nuestro ser. “Dios cambia nuestras cenizas en belleza, nuestro luto en óleo de gozo, y nuestra angustia en manto de alegría”. Este pasaje nos revela no sólo quién es Dios, sino lo que Él es capaz de hacer en nuestras vidas: restaurar, sanar y redimir.
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