Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Re-Lab_Bach_543_Andante
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Al día siguiente, cerca de la una, entraron en la posada dos caballeros ancianos, de respetable aspecto, con cuatro hombres a caballo. Después de que uno de los dos mozos que a pie con ellos venían preguntara si era aquella la posada del Sevillano, y habiéndole respondido que sí, entraron todos en ella. Se apearon los cuatro, y fueron a apear a los dos ancianos, señal por la que se supo que aquellos dos eran regidores. Salió Costanza con su acostumbrada cortesía a ver a los nuevos huéspedes, y apenas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo al otro:
-Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos a buscar.
Tomás, que acudió a dar de comer a las cabalgaduras, reconoció de inmediato a dos criados de su padre y luego conoció a su padre, y al padre de Carriazo, que eran los dos ancianos a quienes los demás obedecían. Y aunque se sorprendió de su llegada, consideró que debían de ir a buscarlos a él y a Carriazo a las almadrabas, que no habría faltado quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían. Pero no se atrevió a dejarse reconocer con aquel traje; antes bien, arriesgándose, puesta la mano en el rostro, pasó por delante de ellos y fue a buscar a Costanza, y quiso la buena suerte que la hallase sola; y deprisa y con la lengua confusa, temeroso de que ella no le daría ocasión para decirle nada, le dijo:
-Costanza, uno de estos caballeros ancianos que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oirás llamar don Juan de Avendaño. Infórmate por sus criados si tiene un hijo que se llama don Tomás de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir deduciendo y averiguando que te he dicho la verdad en cuanto a la condición de mi persona. Y quédate con Dios, que hasta que ellos no se vayan no pienso volver a esta casa.
No le respondió nada Costanza, ni él esperó a que le respondiese; sino que volviéndose a salir, tapado como había entrado, se fue a comunicar a Carriazo que sus padres estaban en la posada. Dio voces el mesonero a Tomás para que viniese a dar cebada; pero como no apareció, la dio él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las dos mozas gallegas y le preguntó cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habían visto, y que si era hija o parienta del mesonero o mesonera de la casa. La Gallega le respondió:
-La moza se llama Costanza; ni es parienta del mesonero ni de la mesonera, ni sé lo que es; solo digo que la maldigo, que no sé qué tiene que no deja prosperar a ninguna de las mozas que estamos en esta casa. ¡Pues en verdad que tenemos nuestras caras como Dios nos las puso! No entra huésped que no pregunte al instante quién es la hermosa y que no diga: «¡Bonita es; bien parece; por Dios que no es mala; mal año para las mal maquilladas; ¡nunca peor que esta me la conceda la fortuna!». Y en nosotras no hay quien se fije.
-Entonces esta niña, por lo que contáis -replicó el caballero-, debe de dejarse manosear y cortejar por los huéspedes.
-¡Sí -respondió la Gallega-, no sabéis cómo es ella! ¡Bonita es la niña para eso! Por Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, nadaría en oro; es más áspera que un erizo; es una beata, cosiendo está todo el día y rezando. Mi ama dice que trae un silencio pegado a las carnes, ¡qué sé yo!
Contentísimo el caballero de lo que había oído a la Gallega, sin esperar a que le quitasen las espuelas llamó al mesonero, y retirándose con él aparte en una sala, le dijo:
-Yo, señor mesonero, vengo a quitaros una prenda mía que hace algunos años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos de oro y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Y diciendo esto, sacó los seis trozos de la señal de la cadena, que él tenía. Asimismo reconoció el pergamino, y extremadamente alegre con el ofrecimiento de los mil escudos respondió:
-Señor, la prenda que queréis quitar está en casa; pero no están en ella la cadena ni el pergamino con el que se tiene que hacer la prueba de la verdad que yo creo que vuesa merced pretende; así que le suplico tenga paciencia, que yo vuelvo enseguida.
Y al instante fue a avisar al Corregidor de lo que pasaba y de cómo estaban dos caballeros en su posada que venían por Costanza.
Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que tenía de ver el fin de aquella historia, se subió inmediatamente a caballo y fue a la posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la prueba. Y apenas hubo visto a los dos caballeros cuando, abiertos los brazos, fue a abrazar a uno, diciendo:
-¡Válgame Dios! ¿Qué buena venida es esta, señor don Juan de Avendaño, primo y señor mío?
El caballero le abrazó, asimismo, diciéndole:
-Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a este caballero, que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.
-Ya conozco al señor don Diego -respondió el Corregidor-, y soy su servidor.
Y abrazándose los dos, después de haberse saludado con gran amor y grandes cortesías, entraron en una sala, donde se quedaron solos con el mesonero, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:
-Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don Diego de Carriazo; vuesa merced saque los trozos que faltan a esta cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino que está en su poder, y hagamos la prueba que hace tantos años que espero que se haga.
-Siendo así -respondió don Diego-, no habrá necesidad
de poner al tanto al señor Corregidor del motivo de nuestra venida, pues bien se verá que ha sido a lo que vos, señor mesonero, le habréis dicho.
-Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber. El pergamino, aquí está.
Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se convirtieron en una, y a las letras del que tenía el huésped, que como se ha dicho, eran E T E L s Ñ V D D R, correspondían en el otro pergamino estas: s A s A E A L E R E A; que todas juntas decían: ESTA ES LASEÑAL VERDADERA. Se compararon luego los trozos de la cadena, y vieron que eran las contraseñas verdaderas.
-¡Esto está hecho! -dijo el Corregidor-. Falta ahora saber,
si es posible, quiénes son los padres de esta hermosísima prenda.
-El padre -respondió don Diego- yo lo soy, la madre ya no vive; basta saber que fue tan importante, que pudiera yo ser su criado. Y para que, así como se encubre su nombre, no se encubra su reputación, ni se culpe lo que en ella parece manifiesto error y culpa evidente, se ha de saber que la madre de esta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró a vivir a una aldea suya, y allí, con discreción y con honestidad grandísima, llevaba con sus criados y vasallos una vida sosegada y tranquila.
Ordenó la suerte que un día, yendo yo a cazar por sus tierras, quise visitarla, y era la hora de la siesta cuando llegué a su alcázar, que así se puede llamar su gran casa. Dejé el caballo a un criado mío; subí sin encontrar a nadie hasta la misma habitación donde ella estaba durmiendo la siesta. Era extremadamente hermosa, y el silencio, la soledad, la ocasión despertaron en mí un deseo más atrevido que honesto, y sin ponerme a hacer juiciosos razonamientos cerré tras de mí la puerta, y acercándome a ella, la desperté, y teniéndola cogida fuertemente le dije: «Vuesa merced, señora mía, no grite, que las voces que dé serán pregoneras de su deshonra. Nadie me ha visto entrar en esta habitación, que mi suerte, para que la tenga buenísima en gozaros, ha hecho llover sueño en todos vuestros criados, y aun cuando ellos acudan a vuestras voces no podrán más que quitarme la vida, y esto será en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar en entredicho vuestra reputación».
Finalmente, yo la gocé contra su voluntad y a pura fuerza mía. Ella, cansada, rendida y avergonzada, o no pudo o no quiso decirme una sola palabra, y yo, dejándola como atontada y perpleja, me volví a salir por los mismos pasos por donde había entrado, y me fui a la aldea de otro amigo mío, que estaba a dos leguas de la suya. Esta señora se trasladó de aquel lugar a otro, y sin que yo jamás la viese, ni lo intentase, pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que había muerto.
Podrá hacer veinte días que con gran insistencia, escribiéndome que era asunto en el que me iba la alegría y la honra, me envió a llamar un mayordomo de"'esta señora. Fui a ver lo que quería de mí, bien lejos de pensar en lo que me dijo. Lo encontré a punto de morir, y, para abreviar, en muy breves palabras me dijo cómo al morir su señora le había dicho todo lo que conmigo le había sucedido, y cómo había quedado preñada de aquella violación, y que por encubrir el embarazo había ido en peregrinación a Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo había parido en esta casa una niña, que se llamaría Costanza.
Me dio las señas con las que la hallaría, que fueron las que habéis visto de la cadena y el pergamino. Y me dio, asimismo, treinta mil escudos de oro, que su señora dejó para casar a su hija. Me dijo asimismo que el no habérmelos dado en cuanto su señora murió, y el no haberme declarado lo que ella encomendó a su confianza y secreto, había sido por pura codicia y por poderse aprovechar de aquel dinero, pero que ya que estaba a punto de ir a dar cuentas a Dios, por descargo de su conciencia me daba el
dinero y me avisaba dónde y cómo encontraría a mi hija. Recibí el dinero y las señales, y una vez comunicado esto al señor don Juan de Avendaño, nos pusimos en camino de esta ciudad.
A estas palabras llegaba don Diego, cuando oyeron que en la puerta de la calle decían a grandes voces:
-Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada, que llevan a su amigo el Asturiano preso; que acuda a la cárcel, que allí le espera.
A la voz de cárcel y de preso, dijo el Corregidor que entrase el preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron al alguacil que el Corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso, y así lo tuvo que hacer.
Venía el Asturiano con todos los dientes bañados en sangre, y muy dañado, y muy bien agarrado por el alguacil; y así como entró en la sala, reconoció a su padre y al de Avendaño. Se puso nervioso, y, para no ser conocido, con un paño, haciendo como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro. Preguntó el Corregidor que qué había hecho aquel mozo, que tan maltratado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel mozo era un aguador al que llamaban el Asturiano, a quien los muchachos por las calles le decían:
«¡Dame la cola, Asturiano, dame la cola!». Y luego, en breves pa labras, contó la causa por la que le pedían la dichosa cola, de lo que rieron no poco todos. Dijo más: que saliendo por el puente de Alcántara, fastidiándolo los muchachos con la petición de la cola, se había apeado del asno, y corriendo tras todos ellos, alcanzó a uno, a quien dejaba medio muerto a palos; y que queriéndolo apresar, se había resistido, y que por eso iban tan maltratado.
Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, y, porfiando por no querer descubrirse, se acercó el alguacil y le quitó el pañuelo, y al instante le reconoció su padre, y dijo todo alterado:
-Hijo don Diego, ¿cómo estás así? ¿Qué traje es este? ¿Aún no se te han olvidado tus picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y se fue a poner a los pies de su padre, quien, con lágrimas en los ojos, lo tuvo abrazado un buen rato. Don Juan de Avendaño, como sabía que don Diego había venido con don Tomás, su hijo, le preguntó por él, a lo cual respondió que don Tomás de Avendaño era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que el Asturiano dijo se acabó de apoderar la admiración de todos los presentes, y mandó el Corregidor al mesonero que trajese allí al mozo de la cebada.
Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para ver desde allí, sin ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Le tenía intrigado la llegada del Corregidor y el alboroto que en toda la casa había. No faltó quien le dijese al mesonero que estaba allí escondido. Subió por él y, más por la fuerza que de buena gana, le hizo bajar; y aun no habría bajado si el mismo Corregidor no hubiese salido al patio y le hubiese llamado por su nombre, diciendo:
-Baje vuesa merced, señor pariente, que aquí no le aguardan osos ni leones.
Bajó Tomás, y con los ojos bajos y gran obediencia se hincó de rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísima alegría, a semejanza de la que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le recuperó.
Mientras tanto había llegado un coche del Corregidor, para regresar en él, pues la ocasión no permitía volver a caballo. Hizo llamar a Costanza, y tomándola de la mano se la presentó a su padre, diciendo:
-Recibid, señor don Diego, esta prenda, y valoradla como
la más rica que pudierais desear. Y vos, hermosa doncella, besad la mano a vuestro padre y dad gracias a Dios, que con tan honrado final ha enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestra condición.
Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había acontecido, toda temerosa y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de rodillas ante su padre y, tomándole las manos, se las comenzó a besar tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus hermosísimos ojos derramaba.
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20 Hijo Pródigo: se refiere a una parábola de Jesús relatada en los Evangelios, que
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cuenta cómo recibe con gran alegría el padre al hijo que regresa a casa tras haberse