Locución: Manuel López Castilleja
Fondo musical: Dave_Imbernön_A_piano_song
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caminaba ya nuestro buen Lope Asturiano en dirección al río, por la cuesta del Carmen, puestos los pensamientos en sus almadrabas y en la repentina transformación de su estado.
Ya fuese por esto, o porque la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar la cuesta, se encontró con un asno de un aguador, que subía cargado. Y como él descendía y su asno era robusto y sano tal golpe dio al cansado y flaco que subía, que dio con él en el suelo. Por haberse roto los cántaros se derramó también el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo, enfurecido y lleno de ira, arremetió con fuerza al aguador nuevo, que aún estaba subido en el asno. Antes de que reaccionase y descabalgase le había asestado una docena de palos, tales, que no le agradaron al Asturiano.
Se bajó, en fin, pero con tan malas entrañas, que arremetió a su enemigo y, cogiéndolo con ambas manos por la garganta, dio con él en el suelo, y tal golpe dio con su cabeza sobre una piedra, que se la abrió en dos partes, por lo que salió tanta sangre, que pensó que lo había matado.
Otros muchos aguadores que por allí venían, al ver a su compañero tan mal tratado, arremetieron a Lope y lo mantuvieron cogido con fuerza, mientras gritaban:
-¡Justicia, justicia, que este aguador ha matado a un hombre! Y además de estas palabras y gritos, lo molían a puñetazos y a palos. Otros acudieron y vieron que el caído tenía abierta la cabeza y que casi estaba expirando. Subieron las voces de boca en boca por la cuesta arriba, y en la plaza del Carmen dieron en los oídos de un alguacil, el cual, con dos ayudantes, con más ligereza que si volara, se puso en el lugar de la pelea; momento en el que ya el herido estaba atravesado sobre su asno y el de Lope agarrado, y Lope rodeado de más de veinte aguadores, que no le dejaban ni darse la vuelta, antes bien le golpeaban las costillas de manera que más se pudiera temer por su vida que por la del herido, según descargaban sobre él
los puños y las varas aquellos vengadores de la ajena ofensa.
Llegó el alguacil, apartó a la gente, entregó a sus ayudantes al Asturiano y, cogiendo por las riendas a su asno y al herido sobre el suyo, dio con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente y de tantos muchachos que le seguían, que apenas podía abrirse paso por las calles.
Al rumor de la gente salieron Tomás Pedro y su amo a la puerta de casa a ver de qué procedía tanta gritería, y descubrieron a Lope entre los dos ayudantes, con el rostro y la boca llenos de sangre. Pensó al instante en su asno el mesonero y lo vio en poder de otro ayudante que ya se les había juntado. Preguntó la causa de aquellas detenciones; le fue respondida la verdad del suceso. Le pesó por su asno, temiendo que lo perdería o, al menos, tendría que pagar por recobrarlo más de lo que valía.
Tomás Pedro siguió a su compañero, sin que le dejasen acercarse a decirle una palabra, tanta era la gente que lo impedía y la precaución de los ayudantes y del alguacil que le llevaba. Finalmente, no le dejó hasta ver que lo ponían en la cárcel, en un calabozo, con dos pares de grilletes, y al herido en la enfermería, donde se fue a verle curar, y vio que la herida era muy peligrosa, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó a su casa los dos asnos y además cinco monedas de ocho reales que los ayudantes le habían quitado a Lope. Se volvió a la posada lleno de confusión y de tristeza. Halló al que ya tenía por amo con no menos pesadumbre que él traía, a quien contó la manera en que quedaba su compañero, y el peligro de muerte en que estaba el herido, y el fin de su asno. Le dijo más: que a su desgracia se le había añadido otra de no menor fastidio porque un gran amigo de su señor le había encontrado en el camino y le había dicho que su señor, por ir muy deprisa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid había pasado el Tajo por la barca de Aceca; y que, por lo tanto, aquella noche dormía en Orgaz, y le había dado doce escudos para que se los diese, con orden
de que se fuese a Sevilla, donde le esperaba.
-Pero no puede ser así -añadió Tomás-, pues no será razonable que yo deje a mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro. Mi amo me podrá perdonar por ahora, que él es tan bueno y honrado, que dará por buena cualquier falta que le hiciera, a cambio de que no se la haga a mi camarada. Vuesa merced, señor amo, hágame el favor de tomar este dinero y atender a este asunto; y mientras esto se gasta, yo escribiré a mi señor lo que pasa, y sé que me enviará dineros que sean suficientes para sacarnos de cualquier peligro.
Abrió los ojos de un palmo el mesonero, alegre de ver que en parte iba reparando la pérdida de su asno. Tomó el dinero y consoló a Tomás, diciéndole que él conocía personas en Toledo que tenían mucha influencia en la justicia, especialmente una señora monja, parienta del Corregidor, y que una lavandera del monasterio de dicha monja tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy amigo y conocido del confesor de dicha monja, la cual lavandera lavaba la ropa en casa.
-Y como esta pida a su hija, que sí lo pedirá, que diga a la hermana del fraile que diga a su hermano que diga al confesor, y el confesor a la monja, y la monja guste de dar una carta (que será cosa fácil) para el Corregidor, donde le pida con insistencia que mire por el asunto de Lope, sin duda alguna se podrá esperar buen resultado. Y esto será con tal de que el aguador no muera y con que no falte ungüento para untar 13 a todos los ministros de la justicia, porque si no están untados, gruñen más que carretas de bueyes.
En gracia le cayeron a Tomás los ofrecimientos que su amo le había hecho y los infinitos y revueltos caminos por donde lo había desviado; le agradeció su buen ánimo y le entregó el dinero, con la promesa de que no faltaría mucho, según la confianza que él tenía en su señor, como ya le había dicho.
En resolución, en quince días estuvo fuera de peligro el herido, y a los veinte declaró el cirujano que estaba del todo sano. En este tiempo se las había arreglado Tomás para que le viniesen cincuenta escudos de Sevilla, y sacándolos él de su seno, se los entregó al ventero con carta y recibo de su fingido amo. Y como al mesonero le importaba poco averiguar la verdad de aquella correspondencia, cogió el dinero, que por ser en escudos de oro, le alegraba mucho.
Por seis ducados retiró la querella el herido; en diez, el asno y los gastos judiciales sentenciaron al Asturiano. Salió de la cárcel, pero no quiso volver a estar con su compañero, dándole por disculpa que en los días en que había estado preso le había visitado la Argüello y le había requerido de amores, cosa para él de tanta molestia y enfado, que antes se dejaría ahorcar que corresponder al deseo de tan mala hembra. Lo que pensaba hacer era, ya que él estaba decidido a seguir y pasar adelante con su propósito, comprar un asno y ejercer el oficio de aguador mientras estuviesen en Toledo, de modo que con esta excusa, no sería juzgado ni preso por vagabundo, y con una sola carga de agua podía andar todo el día por la ciudad a sus anchas, mirando bobas.
-Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama de tener las más juiciosas mujeres de España y en las que andan a la par su prudencia con su hermosura; y si no, míralo en Costancica, con cuyas sobras de belleza puede enriquecer no solo a las hermosas de esta ciudad, sino a las de todo el mundo.
-Despacio, señor Tomás -replicó Lope-, vámonos poquito a poquito en esto de las alabanzas de la señora fregona, si no quiere que, igual que le tengo por loco, le tenga por hereje.
-¿Fregona has llamado a Costanza, hermano Lope? -respondió Tomás-. Dios te lo perdone y traiga verdadero conocimiento a tu error.
-Pues ¿no es fregona? -replicó el Asturiano.
-Todavía no la he visto fregar el primer plato.
-No importa -dijo Lope- no haberla visto fregar el primer plato si la has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.
-Yo te digo, hermano -replicó Tomás-, que ella no friega ni se ocupa de otra cosa que de su labor y de ser guarda de la plata labrada que hay en casa, que es mucha.
-Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad -dijo Lope- la fregona ilustre, si es que no friega? Sin duda debe de ser que como friega plata, y no loza, le dan nombre de ilustre. Pero dejando esto aparte, dime, Tomás, ¿en qué estado están tus esperanzas?
-En el de perdición -respondió Tomás-, porque en todos estos días que has estado preso nunca le he podido hablar una pa labra, y a muchas que los huéspedes le dicen, con ninguna otra cosa responde que con bajar los ojos y no desplegar los labios, tal es su honestidad y su pudor, que no menos enamora con su recogimiento que con su hermosura. Lo que me tiene perdida la paciencia es saber que el hijo del Corregidor, que es mozo impetuoso y algo atrevido, muere por ella y la corteja con músicas, que pocas noches se pasan sin dársela, y tan al descubierto, que en lo que cantan la nombran, la alaban y la celebran. Pero ella no las oye, ni desde que anochece hasta la mañana sale del aposento de su ama, lo que no deja que me traspase el corazón la dura flecha de los celos.
-Pues ¿qué piensas hacer con la imposibilidad que se te ofrece en la conquista de esta diosa, que en figura de doncella y de fregona te enamora, te acobarda y desvanece?
-Búrlate de mí todo lo que quieras, amigo Lope, que yo sé que estoy enamorado del más hermoso rostro que la naturaleza pudo formar y de la más incomparable honestidad que ahora hay en el mundo. Costanza se llama, y no es una diosa; en un mesón sirve, que no lo puedo negar, pero ¿qué puedo yo hacer, si me pa rece que el destino con oculta fuerza me empuja a que la adore? Mira, amigo, no sé cómo decirte -prosiguió Tomás- la forma en que la baja persona de esta fregona, como tú la llamas, el amor me la encumbra y la engrandece tanto, que viéndola, no la veo como fregona. No es posible que, aunque lo procuro, pueda un instante considerar la bajeza de su condición, porque enseguida acuden a borrarme este pensamiento su belleza, su gracia, su sosiego, su honestidad y recogimiento, y me dan a entender que debajo de aquella rústica corteza debe de estar encerrada y escondida alguna mina de gran valor y de mérito grande. En fin, sea lo que fuese, yo la quiero bien, y no con aquel amor vulgar con el que a otras
he querido, sino con amor tan limpio, que no alcanza más que a servirla y a procurar que ella me quiera.
En este punto dio una gran voz el Asturiano y, como exclamando, dijo:
-¡Oh, amor platónico! ¡Oh, fregona ilustre! ¡Oh, felicísimos tiempos los nuestros, donde vemos que la belleza enamora sin malicia, la honestidad enciende sin que queme, la gracia agrada sin que incite, y la bajeza del estado humilde obliga a que lo suban sobre la rueda de la Fortuna! ¡Oh, pobres atunes míos, que os vais a pasar este año sin ser visitados por este tan enamorado y aficionado vuestro! Pero el que viene yo repararé la falta de manera que no se quejen de mí en mis deseadas almadrabas.
A esto dijo Tomás:
-Ya veo, Asturiano, qué abiertamente te burlas de mí. Lo que podías hacer es irte en buena hora a tu pesquería, que yo me quedaré en mi caza, y aquí me hallarás a la vuelta. Si quisieras llevarte contigo el dinero que te toca, te lo daré inmediatamente, y ve en paz, y cada uno siga la senda por donde su destino le guíe.
-Por más sensato te tenía -replicó Lope-; ¿y tú no ves que lo que digo es en broma? Pero ya que sé que tú hablas en serio, en serio te serviré en todo aquello que sea de tu gusto. Una cosa sola te pido, en recompensa de las muchas que pienso hacer en tu servicio, y es que no me pongas en ocasión de que la Argüello me requiebre ni corteje, porque antes romperé con tu amistad que ponerme en peligro de tener la suya. ¡Vive Dios, amigo, que habla más que un abogado y que le huele el aliento a vino desde una legua! Todos los dientes de arriba son postizos, y creo que los cabellos también; y para reparar estas faltas, desde que me confesó su mal pensamiento, le ha dado por maquillarse y así se pinta el rostro que parece máscara de yeso puro.
-Todo eso es verdad -replicó Tomás-, y no es tan mala la Gallega que a mí me martiriza. Lo que se podrá hacer es que estés en la posada solo esta noche y mañana comprarás el asno que dices y buscarás dónde estar, y así evitarás los encuentros de Argüello, y yo quedaré sujeto a los de la Gallega y a los rayos de la vista de mi Costanza.
Esto acordaron los dos amigos, y se fueron a la posada, donde fue recibido el Asturiano con muestras de mucho amor de la Argüello. Aquella noche hubo un baile a la puerta de la posada, de muchos mozos de mulas que en ella y en las cercanas había. El que tocó la guitarra fue el Asturiano; las bailadoras, además de las dos gallegas y de la Argüello, fueron otras tres mozas de otra posada. Se juntaron muchos hombres con el rostro tapado por la capa, con más deseo de ver a Costanza que el baile, pero ella no apareció ni salió a verlo, con lo que dejó defraudados muchos deseos.
De tal manera tocaba la guitarra Lope, que decían que la hacía hablar. Le pidieron las mozas, y con más ahínco la Argüello, que cantase algún romance. Él dijo que si ellas lo bailaban al modo como se canta y baila en las comedias, que lo cantaría, y que para que no se equivocasen, que hiciesen todo aquello que él dijese cantando, y no otra cosa.
Había bailarines entre los mozos de mulas, y entre las mozas lo mismo. Se preparó para cantar Lope, escupiendo dos veces, mientras pensaba lo que diría, y como era de rápido, fácil y delicado ingenio, con gran facilidad, de improviso, comenzó a cantar de esta manera:
Salga la hermosa Argüello, moza una vez, y no mas,
y haciendo una reverencia dé dos pasos hacia atrás.
De la mano la arrebate el que llaman Barrabás, andaluz, mozo de mulas, canónigo del Compás.
De las dos mozas gallegas que en esta posada están, salga la mas carigorda en cuerpo y sin delantal.
Engarráfela Torote, y todos cuatro a la par, con mudanzas y meneos den principio a un contrapás.
Todo lo que iba cantando el Asturiano hicieron al pie de la letra ellos y ellas; mas cuando llegó a decir que diesen principio a un contrapás, respondió Barrabás, que así le llamaban por mal nombre al bailarín mozo de mulas:
-Hermano músico, mire lo que canta y no critique a naide de mal vestido, porque aquí no hay naide con trapos, y cada uno se viste como Dios le ayuda.
El mesonero, que oyó la ignorancia del mozo, le dijo:
-Hermano mozo, contrapás es un baile extranjero y no insulto de mal vestidos.
-Si eso es -replicó el mozo-, no hay para qué complicarnos la vida; toquen sus zarabandas, chaconas y folías de costumbre, y toquen como quieran, que aquí hay presonas que sabrán seguirles los pasos sin problemas.
El Asturiano, sin replicar palabras, prosiguió su canto, diciendo:
Requieran las castañuelas y bájense a refregar
las manos por esa arena o tierra del muladar.
Todos lo han hecho muy bien, no tengo qué les rectar, santígüense y den al diablo dos higas de su higueral.
El baile de la chacona encierra la vida bona.
Mientras Lope cantaba, se agitaban los muleros y fregonas del baile, que llegaban a doce.