Abdul Hassan se encuentra en un estado de incertidumbre, debatiéndose entre la realidad y el sueño, pues se percibe como el califa de Bagdad, caudillo de los creyentes. En su afán por discernir su verdadera condición, implora a sus allegados que muerdan su dedo, buscando así una señal que confirme si está dormido o despierto. Entretanto, el califa Harún al-Rashid, oculto, se deleita observando la peculiar situación de Abdul Hassan.