LIBRO #9
Abarca un lapso de ciento cincuenta años y siete meses
CAPITULO I
Invasión de los moabitas y amonitas; Jaziel reconforta a Josafat.
Dios destruye al ejército enemigo
1. Al regresar el rey Josafat a Jerusalén, después de la ayuda que prestara a Acab rey de los israelitas, en la guerra que hizo a Adad rey de los sirios, según hemos explicado antes, el profeta Jehú se hizo presente y le reprochó haber hecho alianza con Acab, hombre impío y criminal. Desagradó, dijo, a Dios; no obstante, a pesar del pecado cometido, lo había librado de sus enemigos por su índole buena y loable. Entonces el rey dió gracias a Dios y le ofreció víctimas. Después recorrió en todos sentidos su reino 1, para instrui al pueblo en la ley que Dios revelara a Moisés y en la piedad. Exhortó a los jueces establecidos en los poblados de su jurisdicción a que hicieran justicia, que sólo a ésta tuvieran en cuenta, sin mirar a los regalos o a la dignidad de aquellos que aparentemente tenían poder por sus riquezas o su nobleza; que decretaran y discernieran para todos lo justo, sabiendo que Dios veía asimismo cada una de las cosas que se hacían ocultamente.
Después de impartir estas enseñanzas en cada una de las dos tribus, regresó a Jerusalén. También en esta ciudad estableció jueces de entre los sacerdotes, los levitas y los principales del pueblo, y los exhortó a que se comportaran cuidadosa y justicieramente en todos los juicios que resolvieran. Si en caso de discrepancia, en casos graves se acudiera a ellos desde otras ciudades, en tales oportunidades convenía discernir sentencia todavía con mayor cuidado; porque era necesario en gran manera que se hiciera justicia en aquella ciudad con todo celo, por estar allí la casa de Dios y la residencia real. Puso al frente de los magistrados a los sacerdotes Amasias y Zabadías, ambos de la tribu de Judá. Es así como este rey puso en orden sus asuntos.