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La mayoría de la gente sólo quiere ser feliz. Y que la quieran. No tienen (o no pueden tener) en realidad grandes aspiraciones, más allá de vivir el día a día y ser un poco felices. O incluso diría menos, vivir un poco tranquilos y poder comer y pagar las facturas. Puede parecer poco en estos tiempos de emprendedores exitosos que sacan sus empresas a Bolsa y las venden por una millonada. Pero eso es el caso de uno entre miles. Y ese ir viviendo es el pan de cada día de millones de personas.
Esas personas que son felices compartiendo una frase simple en Facebook o una foto mona de un gatito. No pretenden dar lecciones a nadie, ni ser filósofos, sólo compartir algo sencillo que les hizo sentirse bien por un momento. O ponen una foto suya, tal como son, sin Photoshop ni artificios. Ya saben que no son top models y tampoco lo pretenden. Sólo quieren un like de sus amigos. Eso los que tienen ordenador y acceso a Internet. Porque muchos no tienen ni eso.
Ultimamente me está costando escribir. En parte es lógico cuando has escrito más de 700 entradas en un Blog sobre Psicología divulgativa. Muchas de las cosas que querías decir ya las has dicho. Y muchos de los temas que querías tratar ya los has tratado. Puedes dedicarte, como hacen muchos bloggers, a hablar de lo mismo por activa y por pasiva, del derecho y del revés. Pero a mi me resulta particularmente aburrido hacerlo.
Pero ese no es el único motivo. Al otro motivo no sabría como llamarle, así que de momento lo llamaré "la presión de los números". Nos han contado que esto del Social media, del 2.0, de la marca personal, es llegar a tu público objetivo. Pero como ese público está entremezclado con otro que no lo es, la cuestión es llegar a muchos y aplicar el "embudo de la conversión" (nombre inventado, obviamente): llamas la atención de cientos o mejor miles para que conforme van entrando en el embudo acaben quedando al final del proceso los que están dispuestos a "comprarte" algo. En mi caso, mis servicios como psicóloga o coach. También puede hacerse mediante SEO: vas en busca de los que se supone que buscan lo que tú ofreces. Pero cuando se trata de servicios, eso nunca es demasiado claro y se acaba aplicando de nuevo el embudo de la conversión.
Vivimos en el imperio de lo mental, de las experiencias pensadas y no vividas. Lo racional está tan sobrevalorado que creemos a menudo que pensar las cosas equivale a hacerlas y experimentarlas. Pero eso no es cierto en la mayoría de los casos. Nada sustituye a la experiencia.
Estoy harta (sí harta, yo también me harto de cosas como todo el mundo) de ver gente que ofrece su asesoramiento en algo que sólo conocen de manera teórica. Es cierto que algunos saberes sólo pueden conocerse de manera teórica en una parte, pero la otra parte, la imposible de experimentar por uno mismo, se sustituye con otro tipo de experiencia. Por ejemplo, un médico no va a pasar por todas las enfermedades que trate, como es lógico, pero está tan cerca de ellas, se pasa tanto tiempo practicando con enfermos y tutelado por sus maestros, que al final es casi como si las hubiera experimentado él mismo. Eso es completamente distinto de personas que se estudian algo de memoria y lo cuentan como si de verdad lo supieran.
Si hay algo que se fomenta en el tipo de sociedad en que vivimos es la competitividad. Y para sentirte en esa carrera por ser el primero o el mejor en algo no hace falta que estés en competiciones deportivas o de otro tipo, solo es necesario que desarrolles algún tipo de actividad. Concursos al mejor Blog del año, listas de los mejores en X o los más populares, selecciones de personal, competición por ser el promocionado en el trabajo, etc. Es difícil sustraerse a todo eso.
Y eso sucede a pesar de que ya hace tiempo que hay estudios que muestran como las actividades colaborativas obtienen mejores resultados que las actividades competitivas. Y que la suma de las inteligencias en un grupo provoca una inteligencia superior e imposible de alcanzar por una sola persona. Pero eso choca de lleno con algo que todos tenemos en mayor o menor medida: el ego. Nuestro Ego busca sobresalir, destacar, ser reconocido. Necesitamos ser reconocidos porque necesitamos ser amados y creemos erróneamente que cuando seamos los mejores o los primeros en algo lo conseguiremos. Nadie nos habla de la soledad del vencedor....
Una de las conductas que más observo es la falta de compromiso con el cambio personal. Muchas personas dicen querer cambiar o incluso querer conseguir determinadas metas. Pero no son tantas las que lo desean de verdad. O mejor dicho, existe un deseo pero no es un verdadero anhelo. Es más bien la ilusión de que de algún modo, casi mágicamente, se producirá ese cambio o se conseguirá esa meta. Con el mínimo esfuerzo. O con un esfuerzo conveniente, es decir, repitiendo aquello que mejor sabemos hacer.
De ahí el enorme éxito de las terapias y cursos de Coaching que te aseguran que tú puedes conseguir aquello que desees. La persona asiste al curso, escucha el método (que no es ni bueno ni malo, es sólo un método que a alguien le sirvió) y sale del curso llena de energía positiva y convencida de que lo va a conseguir. En pocos días, esa fuerza se pierde y a partir de ahí suelen suceder dos cosas: se atribuye el fracaso a cualquier elemento externo o se inicia una peregrinación de curso en curso tratando de dar con una clave que se suele colocar en el exterior. Que es como buscar un "padre sabio" que te diga qué es lo que tienes que hacer y cómo hacerlo.
Vivimos en la era de la infoxicación. Cada día recibimos muchos más inputs de los que nuestro cerebro puede procesar. Todo ocurre a velocidad de vértigo. Las noticias se suceden sin darnos tiempo a digerirlas. Cuando aún estamos procesando el último huracán es sustituido por una guerra en la otra parte del mundo. De todo lo cuál no sabremos más que unos pocos datos. La realidad no se detiene.
Ya no sabemos esperar en el metro o en una consulta médica mirando a los demás u hojeando una revista. Nos pasamos el rato consultando el móvil, llenándonos de más datos, contestando mensajes, tomando fotos y más fotos. Sin dejar que nuestra mente descanse ni un sólo instante.
Vemos películas en que las imágenes discurren sin descanso. Si miras ahora una película de hace 20 o 30 años puede llegar a parecerte lenta. Pero no es que esas películas antiguas sean lentas sino que muchas de las actuales son muy rápidas, como si de un videoclip o videojuego se tratara.
Si hay algo que caracteriza la época que estamos viviendo es la gran presencia de estímulos que encontramos a diario en nuestra vida. Eso provoca que en muchas ocasiones hagamos más de una cosa a la vez. Si eso sucede de vez en cuando, no tiene porqué ser un problema. Pero si ocurre de manera frecuente es posible que seas un "multitarea". La multitarea es una palabra que proviene de la tecnología y que indica que un sistema operativo permite que varios procesos sean ejecutados al mismo tiempo. Eso es posible en muchos de nuestros dispositivos tecnológicos pero falta saber si lo es también en nuestro cerebro.
Y parece ser que no lo es. Para empezar hemos de pensar que cuando realizamos una actividad nuestro cerebro está funcionando en su totalidad, pero nosotros sólo somos conscientes de lo que sucede en nuestro córtex o parte racional. Los numerosos procesos que suceden de manera inconsciente o automática no son accesibles a nuestra conciencia, pero no por eso dejan de estar presentes. Dicho en otras palabars, para realizar una actividad disponemos de una cantidad limitada de capacidad de procesamiento.
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