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Es algo bastante conocido que tener una mascota aporta múltiples beneficios a las personas con las que convive. Y la mayoría de propietarios de mascotas no necesitarán que se les diga que es beneficioso tenerla. No obstante, me ha parecido interesante recordarlo a los que ya lo experimentan y explicárselo a los que no han tenido ocasión de hacerlo. Porque además es sorprendente el gran número de estudios científicos que se están haciendo al respecto lo que nos confirma que no es sólo una creencia "de la calle". Así que tanto la experiencia, como la ciencia, van en la misma dirección, lo que no deja de ser interesante. Hablaré de perros y gatos porque han sido los animales estudiados, pero puedo suponer que con otros animales también sucederían parte de estos puntos.
Vamos pues con la lista de beneficios.
La autoestima es uno de esos conceptos que si bien son bastante fáciles de definir, son luego bastante complicados de concretar. Porque de hecho estamos midiendo un intangible, una sensación interna que tenemos hacia nosotros mismos y que aunque tiene algunas manifestaciones externas, estas no son siempre claras. La autoestima, tal como la define la Wikipedia, sería:
La autoestima es un conjunto de percepciones, pensamientos, evaluaciones, sentimientos y tendencias de comportamiento dirigidas hacia nosotros mismos, hacia nuestra manera de ser y de comportarnos, y hacia los rasgos de nuestro cuerpo y nuestro carácter. En resumen, es la percepción evaluativa de nosotros mismos.
Ya os he hablando en otras ocasiones de que habría dos "Yo" en nosotros mismos. Un Yo ideal que equivaldría a lo que entendemos por personalidad y que carga con todo lo que las personas influyentes de nuestro entorno han proyectado sobre nosotros y un Yo real que sería algo más esencial, menos influido por el entorno, como un estado interno que no necesita de la influencia externa para saberse valioso. Que se ama por el hecho de existir.
Una de las situaciones que más arrepentimientos suele causar es el haber perdido los nervios en una situación en que hubiera sido mejor no hacerlo. Una vez dicho algo, no es posible "recoger lo dicho", no hay vuelta atrás. Y si ese perder los nervios ha llevado a una conducta agresiva, la situación se complica aún más.
Reaccionar con rabia o ira es algo más normal de lo que parece, pues es una respuesta inscrita en nuestro repertorio natural de conductas. El problema, como decía Aristóteles es "enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto". No vamos a pretender tanta perfección en nuestras reacciones de enfado, pero si conseguir no crear un problema mayor del que tratamos de solucionar.
Aunque casi todos hemos oído alguna vez el proverbio chino que dice que un camino de mil pasos empieza con un solo paso es frecuente que no nos decidamos a hacer cambios en según que ámbitos de nuestra vida porque nos parecen muy lejanos, difíciles o inalcanzables. Hacer un cambio nos obliga a salir de nuestra zona de confort. Y por muy de moda que esté decir que hay que salir de la zona de confort, lo normal es resistirse a ello.
Pero en realidad podemos hacer grandes cambios en nuestra vida sin salir (o por lo menos en apariencia) de la zona de confort. Bueno, de hecho vas a salir pero apenas vas a notarlo. Porque para conseguir grandes resultados no es necesario hacer grandes acciones sino pequeñas repetidas a lo largo del tiempo. Si se insiste en un comportamiento positivo el tiempo suficiente esto puede llegar a suponer el punto de inflexión que marca la diferencia. Aunque en un principio fuera algo tan simple como meditar cinco minutos al día, cambiar los lácteos del postre por fruta o caminar diez minutos al día.
De vez en cuando aparece en la prensa la noticia de un piso en el que al morir la persona, normalmente de cierta edad, se han encontrado cantidades ingentes de objetos y basura acumulados. Popularmente se le ha bautizado a esa conducta como Síndrome de Diógenes. Es curioso el nombre pues precisamente el filósofo Diógenes preconizaba todo lo contrario, desprenderse de todo lo superfluo hasta quedarse sólo con lo mínimo imprescindible, que según se cuenta en su caso era un manto, un zurrón y un báculo.
Aunque a veces llamemos medio en broma Síndrome de Diógenes a la tendencia de muchas personas a acumular objetos materiales, la denominación correcta es acumuladores compulsivos. Muchos sufrimos de esa tendencia, en mayor o menor medida. Guardamos muchas cosas "por si" las necesitamos para alguna ocasión: ropa que no nos ponemos, un zapato de tacón que nos aprieta pero puede servir para una fiesta (absurdo si nos aprieta....), tornillos viejos, recortes de diarios y revistas, adornos que nos regalaron alguna vez (aunque no nos gusten demasiado), entradas de una ocasión especial, etc...
El acoso laboral es, tal como lo define el psicólogo sueco Heinz Leymann, "una situación en la que uno o varios individuos ejercen sobre otra persona una violencia psicológica extrema, de forma sistemática, y durante un período de tiempo prolongado, con la finalidad de destruir sus redes de comunicación, reputación, perturbar el ejercicio de sus labores y lograr que finalmente abandone el lugar de trabajo".
Cuando se produce una situación de acoso laboral las víctimas son injustamente criticadas y ridiculizadas por su entorno y ven su trabajo menospreciado. Lo que se persigue es la desestabilización psicológica de la víctima. En muchas ocasiones el acosado es una persona brillante, con talento y dedicación a su tarea. El acosador es frecuentemente un trabajador mediocre que se siente amenazado o inseguro y lo paga acosando a la víctima. Es también muy frecuente que el acosador sea el jefe directo.
Una de las ideas más extendidas que hay es que conseguir lo que queremos nos dará la felicidad. Y es lógico que pensemos así. Pero sólo hasta cierto punto. Porque ¿no te ha pasado alguna vez que te has esforzado mucho en conseguir algo y cuando lo has conseguido no te ha dado la satisfacción que pensabas?
Para entender porqué en ocasiones nos sucede eso, que nos sentimos insatisfechos cuando logramos una meta, hemos de recordar el tema del Yo ideal (también llamado Ego). A partir de la infancia se desarrolla nuestra personalidad. Pero nuestra personalidad no es todo nuestro ser, es una parte. Nosotros somos más que nuestra personalidad. El Yo ideal es un "personaje" inventado y desarrollado a partir de nuestros primeros aprendizajes en el mundo, que usamos para presentarnos ante los demás. Y de alguna manera para presentarnos ante nosotros mismos.
En los últimos tiempos se ha puesto tan de moda hablar sobre productividad, éxito y logros que no puedo dejar de sospechar que muchas personas que hablan o leen sobre estos temas tienen lo que se conoce como personalidad Tipo A. Y puedo hablar de ello no sólo como psicóloga sino como alguien que durante muchos años pudo ser clasificada en ese patrón.
En 1957, dos cardiólogos, Rosenman y Friedman, del hospital Monte Sinaí, en San Francisco, California, describieron un estilo de comportamiento que llamaron patrón de conducta tipo A, que constituye un factor de riesgo para la cardiopatía isquémica. Estas personas tienen 2,5 veces más probabilidades de presentar angina de pecho o infarto de miocardio. Y no sólo eso, pues es un tipo de personalidad que lleva frecuentemente a la persona a padecer el estrés y todas sus consecuencias.
Ya he comentado alguna vez la conexión que existe entre el cuerpo y la mente. Aunque algunas veces hablemos del cuerpo y de la mente como entidades separadas están absolutamente interconectadas. Una parte no puede existir sin la otra y el intercambio de información entre ambas es constante. Y la mayor parte de esos procesos se dan a nivel inconsciente.Uno de los procesos en que podemos ver claramente esta interconexión es en el impacto que tienen las emociones en nuestro cuerpo.
Incluso yendo un poco más lejos yo me atrevería a decir que la emoción real sucede en el cuerpo. Lo que sucede en el pensamiento es eso "pensamiento". Pero la sensación emocional sólo puede darse en el cuerpo. Cuando te sientes ansioso se te acelera el corazón, te notas tenso. Cuando te sientes deprimido notas una opresión en el pecho y te caen las lágrimas. Cuando estás alegre, parece que tu pecho se expandiera y respiraras más profundo. Sentimos algo en el cuerpo y lo clasificamos como una determinada emoción con la mente.
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