Hoy quiero hablar de una de mis semanas favoritas del año. Una semana que espero con una mezcla de entusiasmo infantil y concentración casi ritual. Hablo, por supuesto, de Art Week Miami 2025.
Para mucha gente, Art Week es una maratón. Ferias, fiestas, inauguraciones, tráfico imposible, compromisos sin fin. Pero para mí es otra cosa. Es un espacio de acceso privilegiado. Una ventana íntima y poderosa hacia el pulso real del arte contemporáneo.
Lo que más disfruto —y lo que vuelvo a buscar año tras año— es esa posibilidad única de entrar en las colecciones privadas más importantes de la ciudad, conversar con galeristas que llegan desde todos los continentes, escuchar a curadores que expanden los límites del pensamiento visual… y, sobre todo, encontrarme con otros artistas. Escuchar sus procesos, compartir dudas, silencios, certezas. Art Week es mi laboratorio. Es mi campo de estudio. Mi escenario anual de revelaciones.
Y esta edición estuvo llena de momentos que, lo sé, van a quedarse conmigo por mucho tiempo.
1. La Colección Margulies: el impacto emocional de Anselm Kiefer
Mi primera parada, como muchos años, fue la Colección Margulies en Wynwood. Y aunque esta temporada presentaba un recorrido impecable por el Pop Art —Chamberlain, Johns, Lichtenstein, Rosenquist, Segal, Warhol, Wesselmann— y una sección fascinante de arte italiano, hubo algo que me atravesó de una manera muy particular: la presencia monumental de Anselm Kiefer
.
Kiefer, nacido en 1945, creció en una Alemania todavía envuelta en los escombros simbólicos y físicos de la Segunda Guerra Mundial. Su obra, como muchos saben, es un territorio donde conviven trauma, historia, identidad fracturada y una pregunta insistente: ¿cómo se reconstruye un imaginario después de la destrucción?
La Colección Margulies alberga el conjunto más grande de obras de Kiefer en los Estados Unidos. Y caminar hacia su instalación Geheimnis der Farne —The Secret of the Ferns— fue entrar en un espacio liminal. Un espacio donde parecía que la materia respiraba.
Me encontré frente a un bloque gigantesco de concreto cargado de carbón, rodeado de helechos preservados que casi suspendían el tiempo. Y ahí, frente a esa masa densa y silenciosa, sentí algo que pocas obras provocan: la conciencia de mi propia pequeñez frente a una historia inmensa. Pero también una fuerza interna, una vitalidad que a veces se adormece en lo cotidiano.
Kiefer tiene ese poder extraño: comprime pasado, presente y futuro en un solo golpe visual. Nos recuerda que la memoria no es algo que simplemente observamos; es algo que nos toca, nos atraviesa, nos exige.
Salir de esa sala fue como salir de un templo. Uno hecho de cenizas, de concreto, de plantas muertas… pero también de revelaciones.
2. El Espacio 23: territorio como cuerpo, mito y comunidad
Mi segunda parada fue El Espacio 23. Allí se presenta la exposición A World Far Away
, Nearby and Invisible, una interpretación profundamente poética del concepto de territorio.
La curaduría —a cargo de Claudia Segura Campins, Patricia M. Hanna y Anelys Alvarez— construye un tejido narrativo que convierte cada sala en un territorio emocional.
La exposición se divide en cuatro capítulos: territorio como sustancia, como memoria, como mito, como visión compartida. Y lo que más me impactó es que no intenta definir territorio. Lo expande. Lo vuelve un organismo vivo. Un espacio que respira, que se desplaza, que acoge… y que también hiere.
Las obras de la Jorge M. Pérez Collection conversan entre sí como capas superpuestas de un mismo mapa. Hay fragilidad, fuerza, política, herencia, cartografía. Y un diálogo constante entre lo que vemos y lo que recordamos.
Lo más revelador fue entender el territorio como performance: cómo lo caminamos, cómo lo nombramos, cómo lo creemos poseer… y cómo nos transforma. En un mundo marcado por desplazamientos, fronteras y búsquedas de pertenencia, esta exposición se siente urgente. Y profundamente humana.
Salir de El Espacio 23 fue como regresar de un viaje largo. Una no vuelve igual.
3. Meridians en Art Basel: el corazón curatorial de la feria
Este año, Meridians volvió a ser, sin duda, el corazón curatorial de Art Basel Miami Beach. Bajo la curaduría de Yasmil Raymond, y con el tema The Shape of Time, esta sección reunió proyectos de gran escala que desafían los límites físicos, conceptuales y temporales del arte contemporáneo.
Lo que me encanta de Meridians es que no entras a “ver” arte. Entras a habitar el arte. A cruzarlo. A permitir que su escala te obligue a usar el cuerpo como parte de la experiencia. Y ahí, en ese territorio entre lo físico y lo reflexivo, es donde las conversaciones con los galeristas se vuelven oro puro.
Tuve una conversación particularmente reveladora con el representante de la galería Fellowship sobre la obra de Holly Herndon y Mat Dryhurst. Y fue fascinante. Él me explicó cómo estos artistas, además de tener un background sólido en música experimental, son verdaderos especialistas en tecnología. Ellos se definen como “artistas de protocolo”, porque no solo producen obras: crean sistemas, marcos éticos y estructuras técnicas como parte del mismo gesto artístico.
Su pensamiento gira en torno a una idea muy poderosa:cómo enfrentarnos al modelo extractivista de la inteligencia artificial y construir alternativas más humanas, más consentidas, más colaborativas.
Me quedó grabada una frase del galerista:“Lo que ellos hacen es inventar maneras de existir en un contexto de medios infinitos.”
Esa idea —medios infinitos— me pareció brutal. Y profundamente contemporánea.Y mientras hablábamos, pensé mucho en esta convergencia inevitable entre arte, tecnología y ética que ya no podemos ignorar.
Más adelante, hablé también con la representante de Rolf Art, que me explicó la obra de Silvia Rivas. Me contó cómo la artista combina animación y video para expresar emociones vinculadas al control, la ansiedad, la fragilidad del tiempo vivido desde el cuerpo. Me impresionó. Su obra tiene un pulso interno, un ritmo que uno puede sentir físicamente, casi como si la piel reaccionara antes que la mente.
Todo esto confirma algo que he repetido muchas veces:Meridians no es solo una sección de Art Basel; es un lugar para pensar.
Y por eso preparé una guía descargable con la información esencial, los artistas, sus contextos y mis impresiones. Si quieren profundizar, está disponible aquí por $5:👉 https://buy.stripe.com/4gMaEXdn49Wo7xfgjJ0Jq01
Es un recurso para quienes quieran comprender las prácticas y los contextos de los artistas participantes, una herramienta que cada año me confirma que Meridians es —al menos para mí— la zona más reveladora de Art Basel.
4. Una conversación que vale oro: Carlos Muñoz y la memoria fotográfica
Otro momento que guardo con cariño fue la charla del fotógrafo Carlos Muñoz en el Museo de Historia de Miami. Su aproximación al archivo, a la memoria afectiva y al retrato como vehículo de estos personajes, en su mayoría inmigrantes, que construyen sus historias en el mercado de Homestead.
Y allí, me reencontré con mi primer profesor de fotografía: Roberto Mata. Un maestro fundamental en la formación de tantos fotoógrafos venezolanos, incluyendo a Carlos Muñoz, y de hecho ese trabajo de fotografía documental comenzó como una tarea de uno de sus workshops.. Fue un encuentro simbólico, emocionante. En medio de una semana tan intensa, volver a ese origen me recordó que todas estas experiencias —las ferias, los museos, las colecciones— tienen sentido solo cuando encuentran un lugar dentro de nuestro propio proceso creativo.
5. Pinta: un hogar para el arte latinoamericano
Y no puedo cerrar este recorrido sin mencionar a Pinta. Una feria que siempre me toca de manera especial. Su enfoque en el arte latinoamericano —en nuestras historias, nuestras técnicas, nuestras miradas, nuestras luchas— la convierte en un espacio necesario.
Pinta es ese lugar donde reconoces tonalidades familiares. Colores que recuerdan nuestros territorios. Gestos que hablan de nuestra memoria colectiva. Obras que trabajan desde la raíz, desde la diáspora o desde ese territorio intermedio donde habitamos tantos de nosotros.
Este año la propuesta estuvo vibrante, llena de vitalidad. Desde abstracción geométrica hasta poéticas del cuerpo y políticas del gesto. Ahí me encontré con amigos como el artista Alberto Cavallieri y su esposa Carolina Ramirez.
También tuve la oportunidad de mantener una conversación con la artista Sandra Monterroso, quien nos habló de su obra, que representa las mujeres indígenas a través de textiles típicos de su vestimenta.
Mi semana favorita del año
Cada edición de Art Week Miami tiene su propio ritmo. Pero esta tuvo algo especial. Tal vez fueron las exhibiciones, las curadurías, los encuentros inesperados. O simplemente la conciencia de que esta semana es, sin duda, mi semana favorita en Miami.
Art Week es celebración, sí. Pero también es memoria, resistencia, comunidad. Es la oportunidad de ver el arte que viene, el que nos interroga, el que nos acompaña, el que nos exige ser más sensibles, más críticos, más humanos.
Y mientras organizo mis notas, mis fotos y mis ideas para próximas publicaciones, quiero quedarme con una certeza:
el arte no solo se mira; se vive, se comparte, se piensa, se siente.
Este año lo viví con fuerza.
Me encantaría saber si estuviste en Miami en Art Week, o si quieres ir el año que viene.
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