Mi perra vida

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Mi perra vida episodes

  • Mi perra vida temporada 2025, episodio 39.
    Relato – Efectos adversos | Poema – Lo que quedó de los noventas – Sofía Ochola Chávez | Reseña – Trampa 22 –Joseph Heller | Frase Robada –Yoda | Bonus track
    Efectos adversos

    A pesar de sus dos empleos como asalariado en dos corporaciones de logística y algunos pequeños pero constantes trabajos que realizaba como autónomo, no le alcanzó el presupuesto para pagar el sobreprecio y adelantar una consulta médica anacrónica, como llamaban ahora a las consultas con médicos de carne y hueso. El saturado sistema programaba la cita más próxima entre cinco a seis meses, a menos claro que tuvieras el seguro médico premium o pagaras un recargo, para sacar de la lista a alguien con una póliza más limitada y te dieran su lugar.

    Las cuentas no le salían a Jacobo, así que se tuvo que conformar con usar el servicio gratuito incluido en su póliza llamado consulta advance, nombre con el que designaban a una app (en su versión más básica) movida con la IA más avanzada del momento, que prometía reducir en noventa por ciento el número de consultas al médico de atención primaria y mas de la mitad para el caso de citas con el especialista.

    Abrió la app, y lo primero que le pidió fue crear el perfil del médico que lo atendería. Entre decenas de opciones se decantó por una mujer blanca, de aspecto asiático, delgada, cabello negro, que hablara español con acento de Buenos Aires, una combinación ecléctica, que por cierto era la más solicitada gracias a la última serie creada por IA que versaba sobre caballeres y dragones, donde siendo la heroína robaba todos los suspiros. Ya estaba habituado a que en la pantalla fuera indistinguible la apariencia de estas entidades digitales con un ser humano de carne y hueso, agradeció haber instalado la app en su tableta digital para ver mejor a su sensual doctora, aunque deseaba que en su minúsculo departamento cupiera una pantalla plana de las que se empotran en la pared, pero aún así ella se veía radiante. Jacobo eligió que el entorno fuera la sala oval de la casa blanca, pero pudo haber seleccionado desde entornos submarinos, hasta estaciones espaciales.

    La doctora de silicio era amable, escuchaba con atención las molestias que le refería Jacobo, no se distraía con la pantalla del teléfono celular o una computadora. Le pidió acceso a sus dispositivos de monitorización inteligentes, reloj, anillo, audífonos; y que instalara una actualización de la app que permitía ampliar las capacidades de la videocámara, para determinar decenas de mediciones de laboratorio, con una precisión cercana al cien por ciento, comparado con las molestas y dolorosas evaluaciones en sangre. Una vez autorizado el pago, el cual tuvo que reconsiderar para saber qué otro servicio podría cancelar y no afectar sus finanzas, la doctora de sus sueños determinó que el colesterol, triglicéridos que estaban elevados, así como la presión arterial descontrolada, eran los motivos que lo tenían con esos dolores de cabeza y una fatiga terrible que le estaba afectando en sus trabajos.

    Le sugirió una aplicación para que cuidara su alimentación, las cuales por supuesto incluían un costosísimo menú personalizado, entregado por drones todos los días hasta la puerta de su casa; otra app de ejercicio con los mejores entrenadores virtuales en más de setenta y cinco disciplinas, que podían incluir acceso premium a los gimnasios físicos más modernos. Le respondió que lo pensaría, mintió, sabía que su economía no se lo permitiría, pero por un momento pensó que la doctora sabía que mentía, ya que tenía muchísima información personal corriendo por los miles de procesadores que la animaban, pero dado que no se inmutó, consideró que le había engañado.

    Finalmente le preguntó sus preferencias sobre el tipo de tratamiento que deseaba recibir. Le ofreció una solución basada en nanotecnología, que se administraba una vez al año, en gotas para los ojos, el líquido instilado liberaba en su sistema nervioso miles de bioprocesadores visibles únicamente con potentes microscopios, que modificaban en tiempo real y sin efectos adversos la producción de hormonas, el funcionamiento de venas, arterias y otros órganos, era en realidad un tratamiento neurotecnológico y no farmacológico.

    Jacobo se emocionó al escuchar ese cambio de paradigma en el tratamiento de las enfermedades, era un fanático de todos los avances de la ciencia. Tal entusiasmo le hizo olvidar su situación financiera, así que presionó el botón de aceptar en la pantalla de la tableta y cuando le llegó una notificación confirmando el precio del tratamiento, tuvo que declinar el ofrecimiento, ni destinando todos sus ingresos al tratamiento le alcanzaría para pagarlo. Por primera vez en toda la consulta, la doctora mostró un seño de desaprobación, él intentó mentirle diciendo que se sentía más cómodo con los fármacos tradicionales, y también estaba seguro de que mejoraría sus hábitos y bajaría de peso, no sería necesario un tratamiento tan sofisticado y de tan larga duración.

    Tras ese pequeño error de programación, la mujer en la pantalla volvió a la empatía de antes, y procedió a explicarle cómo debía tomar los tres medicamentos que le entregaría un dron en su casa apenas terminara la sesión. Luego tomó varios minutos para describir los efectos adversos: sed, deseo de orinar frecuente, dolor de cabeza, estreñimiento, diarrea, vómito, tristeza, euforia y un largo etcétera. Seguramente la doctora detectó que sus signos vitales se alteraron con la letanía de eventualidades que experimentaría, porque le dijo que no se preocupara, que podía ofrecerle una pequeña actualización a su paquete básico, para que contara con consultas ilimitadas las veinticuatro horas, para así comentar su seguimiento y manejo de las molestias relacionadas con la terapia farmacológica. En esta ocasión no quiso mentirle y le respondió que no era necesario. En la pantalla apareció una notificación que le pedía confirmar que entendía los efectos adversos y que no deseaba incrementar su plan de atención médica digital. La doctora in silico se despidió programando su siguiente cita en ocho semanas, que era lo que su plan incluía. La “ intuición” de la doctora le hizo saber con precisión milimétrica que no aceptaría un plan adicional de consultas a demanda, así que desistió y terminó la consulta.

    Jacobo se levantó de la mesa y fue a la cocina por un poco de agua, cuando le llegó la notificación de que el medicamento había sido entregado. Abrió la puerta y un par de cajas estaban a sus pies.

    Desde el principio, el diurético se llevó mal con su próstata, y no paraba de ir al baño a orinar con muchas dificultades y frecuencia, día y noche. Afortunadamente todo su trabajo era desde casa, así que no tenía problemas, pero le estaba afectando el sueño. Al paso de los días el monitoreo de sus dispositivos inteligentes indicaba que no se encontraba en metas de presión arterial, y todas las amenazas que eso implicaba para su salud, también lo invitaba a contratar la app de nutrición y ejercicio, al menos en el plan básico, para así lograr los objetivos. Él sabía que no podía pagarlo, así que tuvo que quitarle tiempo a su videojuego hiperrealista, al que destinaba su escaso tiempo libre y buscó en su red social videos para hacer ejercicio en casa sin comprar ningún equipo especial. Le costó bastantes horas, ya que los videos que le aparecían normalmente estaban relacionados con la venta de algún producto o servicio, pero persistió y encontró un par que consideró serían suficientes para iniciar.

    La primera y única sesión fue una tortura, se sentía peor que con los diuréticos, sudó como si saliera a pasear en verano, lo que le hizo recordar que hacía meses que no salía a la calle, y no estaba seguro de qué estación del año era. A pesar de la fatiga, la playera empapada de sudor y la voluntad devastada, terminó diez minutos de burpees, desplantes y otras torturas. Se tuvo que detener porque todo indicaba que a su aparato digestivo no le gustaba tanto brinco, y un cólico acompañado de una inminente sensación de ir al sanitario lo forzaron a detener su sacrificio.

    Una vez que las necesidades del colon y la vejiga fueron satisfechas, se levantó a lavarse las manos y sintió un mareo que lo obligó a detenerse del lavabo, vio su cara en el espejo, pálido casi trasparente, había dejado el teléfono celular en la cocina, pero alcanzó a escuchar varias notificaciones insistentes, que no pudo leer y le indicaban que su presión arterial había bajado a niveles peligrosos, intentó abrir el grifo para enjuagarse la cara, pero todo oscureció a su alrededor.

    Las piernas dejaron de responderle y se desvaneció, golpeando la nuca en el toallero de metal que tenía a sus espaldas. Jacobo estaba inerte tirado en el suelo del baño.

    (continuación en Experiencia de Uso)

    Lo que quedó de los noventas – Sofía Ochola Chávez

    Bob Ross

    pinta en mi cara un paisaje

    de árboles magullados

    envueltos en una perfección pétrea.

    Mandela fue elegido presidente,

    una y otra vez,

    hasta que se hizo un monstruo,

    una dictadura autodenominada como mandelista,

    pero eso solamente fue un mal sueño de Colosio,

    justo antes de morir.

    Bob Ross decía que era sencillo,

    con esa voz en español súper-puesto,

    y ese afro que podía haber sido una vagina.

    Mi cara seguía fresca,

    obedecí a un impulso incomprensible,

    encendí un cigarrillo y busqué mis nervios,

    mi estrés y estreñimiento,

    en un tipo de depresión generacional,

    inconexa en internet.

    Terminé refugiada,

    en una luz azul neón,

    con cigarros y cervezas,

    buscando a Ren y Stimpy,

    recordando cuando niña,

    me masturbaba mirando

    algún capítulo al azar.

    ¿Por qué Ren y Stimpy me provocaban?

    Quizás lo grotesco,

    quizás las groserías aisladas,

    quizás el poder revitalizante

    de ser una caricatura

    que podía hacerte sentir

    el aroma de la pestilencia

    y la ineptitud de unos brutos.

    Me tiré la cerveza encima

    y Bob Ross entendió

    que los paisajes perfectos

    eran lo más triste del mundo.

    Ofreció, sin duda alguna,

    hacer una pinturita de Minnie Mouse,

    a lo que uno se niega, por pura dignidad.

    Tomé la última botella llorando fuerte

    con conversaciones sin sentido, pero

    con una pequeña sonrisa de satisfacción

    pasando entre mi generación

    —el lugar más solo para llorar

    o llevar a cuestas tus problemas—.

    Mis pasos se van quebrando

    y sigo diciendo que tengo un sueño,

    algún sueño en algún lado.

    Muevo la toga, y aviento el birrete

    entre toda mi generación,

    en la ciudad de los sueños rotos,

    en lo que quedó de los noventas.

    *

    Prefiero ser un chicle de clorofila

    en el hocico de cualquier vago.

    Trampa 22 –Joseph Heller

    Antes de comenzar debo decir que, normalmente me genera repelús un libro con la etiqueta “best seller”, aunado a que el autor es originario de los Estados Unidos de Norteamérica y para rematar la portada está escrita completamente con mayúsculas. Una vez expresados mis prejuicios, prosigo. Trampa 22 fue escrita en 1953 y publicada en 1961, en el entorno de la guerra entre Vietnam y los sempiternos “defensores” del orden y la paz mundial, por lo que vale la pena contextualizar adecuadamente la obra.

    De manera simplista la novela representa un mundo absurdo, irracional, ilógico en medio de la guerra, es decir una perogrullada. La extensión del libro es notable, por lo que se requiere paciencia ya que, desde su arranque te adentra en este universo delirante, que desubica, ya que no se esperan tales personajes y comportamiento en una novela de guerra. Conforme se avanza dejas de pensar que es un episodio de El Chavo del Ocho para darte cuenta de que, es la estética a través de la cual Jopeph Heller desea expresar su desacuerdo. Este disentimiento lo llevó a ser un libro de culto entre los adolescentes de la época. Pero si comparamos esta manifestación de desaprobación, en comparación con todas las protestas contra la guerra realizadas en el país vecino, Trampa 22 podría considerarse un capítulo de Los Simpson, casi un precedente al meme como forma de protesta. Aunque debemos darle la concesión de que es una de las primeras manifestaciones antibelicista.

    ¿Porqué considero que es un best seller que envejeció mal? En un mundo con más conciencia social, con una alteridad mas presente, y por supuesto, cuando un bufón plutócrata esta liderando el caos mundial, ante este escenario, la obra se percibe insulsa, nimia. Los sinsabores ocultan el ingenio de Heller que, utiliza recursos literarios y estilísticos que son lo único que me tuvo pegado a las páginas.

    En un mundo donde sólo hace falta ver los titulares para saber que estamos viviendo una época de horror injusto e irracional, no hace falta una novela cómica para subrayarlo. Pero si lees esos periódicos, ves esas noticias y no percibes el dolor ni el sufrimiento de los oprimidos, entonces sin duda este libro es obligado, para que a través de sus seiscientas páginas confirmes que la guerra es una rotunda estupidez, sin importar sus supuestas justificaciones.

    Frase robada – Yoda

    El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento.

    Bonus track
    27 min
  • Mi perra vida temporada 2025, episodio 38.
    Relato – La sonrisa del abuelo | Poema – Contra la Kodak – José Emilio Pacheco | Reseña – La hermana, la otra – Audre Lorde | Frase Robada –Pablo Muñoz Covarrubias | Bonus track
    La sonrisa del abuelo

    Los recuerdos más persistentes que tengo de mi abuelo no son gratos. Era un hombre frío, lúgubre, nunca me trato mal, ni a nadie de la familia, pero su plática era triste y nunca se le veía feliz.

    Mi madre me explicaba que una vez mientras daba clases en la universidad, se lo llevó la policía, lo acusaban de algún crimen común, ser socialista, ateo o revolucionario, en esa época, como ahora, por nada se llevaban a la gente y la desaparecían. Cuando algunas semanas después regresó hecho un costal de huesos y golpeado como costal de boxeo, decía que mejor lo hubieran matado. Pero no fue así, su esposa y su hija, mi madre, lo miraban aterradas, en realidad lo observaban a escondidas, no mostraba las cicatrices que le habían dejado en la espalda, los pies, en los genitales deformados. Desde su vuelta se aisló en su cuarto, donde dormía alejado de mi abuela, apenas y convivía con los compañeros de la facultad, que imaginaban lo que había pasado y no lo cuestionaban.

    El tiempo fracasó en curar las heridas, no mejoraron su dolor, ni su silencio. Mientras yo crecía y el envejecía, nunca entendía esa diferencia, una noche mi abuela marcó a mi madre a media madrugada, pidiéndole ayuda porque el abuelo estaba fuera de sí. Lo encontramos desnudo en el patio, llorando y diciendo incoherencias, era doloroso verlo así, hecho un ovillo tirado en el suelo, al observar su cuerpo torturado no imagino qué debió haber hecho para recibir tanto daño.

    El psiquiatra nos dijo que era una especie de demencia, y que algo la había detonado, aparentemente una infección o algo así. Ni mi abuela, ni mi madre, ni yo entendimos la verborrea del médico, solo comprendimos que debíamos llenarle la boca de medicinas cada ocho horas con precisión quirúrgica, y no esperar nada a cambio, ya que no había cura para esos problemas.

    Ante tan contradictorio destino, las cosas tendieron al empeoramiento, perdió el pudor y el control de esfínteres, el poco lenguaje que usaba y hasta la puntería para llevarse la cuchara a la boca.

    Los meses y después los años me ayudaron a entender que, la diferencia entre crecer y envejecer radica en que quien envejece solo va sumando catástrofes, que por lo general siempre ocurren de madrugada. El teléfono resonó en la casa y no auguraba nada bueno, mi abuela se había caído tratando de llevar a mi abuelo al baño y se fracturó la cadera.

    Me afané en cuidarlo mientras mi madre pasaba el día y la noche en el hospital. Al hacerme responsable de la atención de mi abuelo, se cumplía la fatídica profecía de la autora de mis días «eres igual de incapaz que tu padre», que remataba con «que una lagartona tenga en su santa gloria»; para hacer sorna del abandono de mi progenitor en etapas muy tempranas de mi vida.

    Pero algo de cierto tenía la cantaleta materna, ya que cuidar a mi abuelo, bañarlo, cambiarlo, darle de comer y sus medicinas, era más complicado que el manual de operación de una central nuclear.

    Entre la escuela, mi incapacidad para organizarme y la apretada agenda de mi abuelo, no lograba que algo me saliera bien, la ineludible herencia de mi padre. Por lo que a grandes males, grandes soluciones. En lugar de ropa común, unas bermudas, playera y crocs, que hacían ver más cool al octagenario y más fácil de cambiar y lavar. La contienda que implicaba que aquello que tuviera en la boca lo expeliera al estómago y no al piso, lo reduje a lo indispensable, limitando la afrenta tan sólo a la comida, total, el doctor nos había dicho que probablemente los fármacos no sirvieran, así al menos tendría más dinero en la bolsa, porque vaya que era caro ese sucedáneo de placebo. Después una disposición de los muebles a modo de tetris, para dejarle el campo libre y evitar que se tropezara. Todo eso, al menos parcialmente, hacía que mi vida fuera un poco más fácil.

    Al principio mi madre fue una escéptica de mi plan maestro, por supuesto que no fue informada del incremento en mis ingresos derivado de la ausencia de los inútiles medicamentos, pero fuera de esas minucias, no le quedó más remedio que aceptar, al final ella tenía que seguir pendiente de mi abuela en el hospital, y mi abuelo se veía igual de mal que siempre, aunque con una apariencia más alternativa.

    A los pocos días de la autónoma suspensión de los psicochochos, mientras jugaba a que el cereal era un avión y la boca de mi abuelo el hangar, se arrancó a contarme una historia sobre su mascota de la infancia, a la que retaba con una camiseta para que lo correteara como si de San Fermín o la Huamantlada se tratase, casi me infarto cuando comenzó a reírse, jamás en la vida lo vi siquiera sonreír. Así que las estruendosas carcajadas me preocuparon en sobremanera, en especial cuando seguía contando la anécdota y no paraba de reír, por un momento pensé que era una estatus epiléptico de felicidad. Al terminar el arroz y frijoles ya no recordaba nada y se volvía a hundir en su mundo de tinieblas.

    Conforme pasaron los días, las anécdotas florecieron y la mayoría retoñaban, pero era fascinante conocerlo feliz, sabiendo que su infancia fue buena y que todo indicaba que la había olvidado, o tal vez la realidad del mundo la sepultó, pero ahora que su cerebro era una carambola parece que esos momentos salían a la realidad. Nunca supe si lo que decía tautológicamente era verdad o fruto de su mente.

    Una noche tras escuchar la anécdota completa y tirara al suelo la mitad de la cena, lo dejé en su cama, sabiendo que me despertaría puntual a las dos y veinte de la mañana. Sonó el despertador, eran las seis, ya se veía el sol por la ventana, no lo podía creer, por fin dormí una noche entera sin sobresaltos. Pero contraviniendo la fama que mi madre difundía sobre mi falta de intuición y otras funciones elementales, supuse lo peor.

    No se había movido ni un centímetro de como lo dejé en la noche, seguramente murió muy poco tiempo después de que apagara la luz, y para sorpresa de todos los deudos y acompañantes, tenía una sonrisa que ni el embalsamador logró quitarle.

    Como si hubieran podido comunicarse, a los pocos días murió mi abuela en el hospital.

    Mi madre no supera la tristeza, porque aunque le conté lo que había pasado con el comportamiento de su padre, exceptuando lo del dinero de las medicinas, no lograba tener en su mente más que imágenes de tristeza.

    Yo creo que donde estén, si es que están, mi abuela ríe con tremendas carcajadas, escuchando las anécdotas de la infancia de mi abuelo.

    Contra la Kodak – José Emilio Pacheco

    Cosa terrible es la fotografía.

    Pensar que en estos objetos cuadrangulares

    yace un instante de 1959.

    Rostros que ya no son,

    aire que ya no existe.

    Porque el tiempo se venga

    de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,

    las fotos se resquebrajan, amarillean.

    No son la música del pasado:

    son el estruendo

    de las ruinas internas que se desploman.

    No son el verso sino el crujido

    de nuestra irremediable cacofonía.

    La hermana, la otra – Audre Lorde

    Ser mujer negra, lesbiana, feminista en la segunda mitad del siglo pasado no era tarea fácil, si a eso le sumamos que era una entusiasta activista con una profunda sensibilidad, la ecuación se complica; y por si lo anterior no fuera suficiente tenía un sentido muy agudo, poco esmerilado sobre la injusticia. Por lo tanto, los escritos recabados para esta antología son profundamente reveladores, exponiendo la realidad a la que se enfrentan las mujeres como Audre Lorde, pero atención, no intenta explorar otras mujeres afectadas, lo cual me parece muy subversivo, exponiendo la individualidad de la injusticia, que no es igual para todas, y por lo tanto su análisis y potencial respuesta debe ser diverso.

    Me encanta su postura alejada de la victimización, casi sonando a un buen ajuste de cuentas, pero sin serlo. Su postura totalmente anti-colonialista es suprema, estimulante y por supuesto intrépida.

    Frase robada -Pablo Muñoz Covarrubias

    Un camino que puede seguirse es aquel que busca entender por medio de la lectura de los textos cómo la vida alcanza nuevos significados y sentidos durante esta etapa.

    Bonus track
    19 min
  • Mi perra vida temporada 2025, episodio 37.
    Relato – El tercer negroni | Poema – Liebre de Cola Negra II – Tal | Reseña – The right not to use the Internet – Varios | Frase Robada – Elvira Sastre – Bonus track
    El tercer negroni

    Juliana había llegado antes al restaurante, normalmente así ocurría, su soltería le ahorraba la monserga de tener que dejar un par de hijos y un marido en condiciones de supervivencia por las próximas tres horas, tal como le pasaba a Alicia.

    El lugar estaba abarrotado, había sido casi imposible que las constelaciones se alinearan para que todas las agendas coincidieran. Así que, llegó con la paciencia en límites máximos, esperando que la atención del lugar fuera ineficiente, incluso petulante. Alicia le había sugerido el lugar, las mamás de la escuela de sus hijos no dejaban de hablar de ese nuevo sitio, al que no podían ir, porque no era del estilo de sus aburridos maridos. Así que la arrogancia que da la popularidad pasó a segundo término para darle gusto a su amiga.

    Después de unos minutos de estar sentada escuchó el teléfono el sonido que la identificaba solo a ella, -llego en diez minutos-. Considerando lo que el mesero tardó en acercarle la carta de bebidas, calculó que podría ir pidiendo los tragos, que junto con Alicia llegarían puntuales.

    -Dos aguas minerales y dos negroni -el tipo miró al asiento vacío frente a ella de manera inquisitiva.

    Juliana le dijo que su amiga se estaba estacionando. De verdad deseaba fervientemente que la comida fuera la antítesis al pésimo servicio.

    Mientras esperaba miraba las mesas del rededor, le llamó la atención que personas tan jóvenes también estuvieran bebiendo ese trago de viejos, al final las modas regresan, pensó.

    Alicia y Juliana lo descubrieron en la facultad hace más de veinte años, y casi la misma cantidad de kilos. Así cayó en cuenta desde cuándo se conocían, e invariablemente recordaba esa fiesta, tras la que al tercer negroni hicieron una pausa en su amistad inquebrantable, y bastante mareadas se escaparon de la reunión para besarse en la calle por horas, hasta que el frío venció a su pasión, regresándolas a la realidad.

    Un abrazo por la espalda y un beso blando, abundante en la mejilla, le confirmó que ese perfume pertenecía a Alicia. Se sentó frente de ella, a partir de ese momento el mundo y sus vicisitudes se fueron al infierno, solo tenía ojos para esa mujer, y tal como lo había predicho, estaban acomodando las bolsas en el perchero, llegaron sus bebidas.

    Tenía un mes que no se veían, y prácticamente no tenían ninguna interacción digital, salvo para organizar sus encuentros, así que la charla les daba para una buena cena de tres tiempos. De hecho el primer punto a discutir era el menú, lo analizaban al detalle, lo espulgaban. Lo comparaban con otras citas, comentando anécdotas relacionadas, era un mapa de vivencias, tanto tiempo les tomó que ordenaron un segundo negroni sin haber terminado de revisarlo y decidir sus alimentos. Lo que para otras mesas era un trámite, una decisión casi efímera, para ellas era todo lo que habían esperado por treinta días y sus ausencias.

    Tras agregar una botella de vino, dieron paso a la cotidianidad, al intercambio de miradas y pormenores. Siempre pedían entradas o platos pequeños, aunque numerosos, que se convidaban una a la otra. Tenían tanto que comentar que ni siquiera hablaban de los alimentos, esto lo expresaban las facciones que al comerlos despertaban, así sabían cuál platillo era bueno, cuál nada y cuál exquisito, éste último volvía loca a Juliana cuando observaba la satisfacción en la cara de Alicia. La comunión de verlas platicar, sus miradas excitantes ante un plato único, similares a las que ocurrían cuando se encontraban sus pupilas dilatadas, era digno de un cuadro renacentista.

    El postre se deslizó sin prisas, pero ambas se pusieron nerviosas al ver que menguaba, sabían lo que eso significaba, más aún sabían de la incertidumbre, de esos nervios de primeriza, del posible rechazo; cada gesto, cada ademán decidían el resto de la velada.

    -¿Pido la cuenta? -adelantó Alicia.

    Por un momento Juliana sintió un sabor amargo, y una ínfima pausa en el corazón.

    -¿No quieres otro negroni? -reviró.

    Alicia cerró los ojos dos segundos, desbloqueó el teléfono, vio la lista de mensajes y sonrió sutilmente.

    -Deja aviso que voy a llegar un poco más noche.

    Liebre de Cola Negra II – Tal

    Bastante

    preocupación

    y empeño

    por mi bienestar

    para morir

    malnutrido

    (no declaro culpables)

    declaro

    buenas intenciones

    con ceguera

    severa

    al instinto nato.

    The right not to use the Internet. Concept, Contexts, Consequences – Dariusz Kloza, Elżbieta Kużelewska, Eva Lievens and Valerie Verdoodt

    En el momento en que pensábamos que ya no se podía incrustar más Internet en nuestras vidas, surgen los grandes modelos de lenguaje o LLM (por sus siglas en inglés), mejor conocidos como inteligencia artificial, que junto con sus correligionarios profetizan una revolución como ninguna.

    En este contexto pensar, pero más que pensar, documentar cómo en la praxis no usar Internet y sus dificultades para ello modifica nuestra vida; esto es bastante contestatario, interesante y muy provocador. Este libro incluye ensayos y escritos académicos con casos prácticos en los que Internet no ha sido visto como la solución panóptica, y lo colocan bajo la lupa como una herramienta tecnológica más, permitiendo analizarla sin pasiones, ni lugares comunes. Esta perspectiva social abre la puerta a lo ya sabido por muchos, la inmensa injusticia intrínseca de este utensilio, que al ser controlada por una oligarquía bajo el amparo de todas las democracias y gobiernos mas totalitarios, más que ser una revolución, es una evolución sin precedentes del sistema económico, de producción y consecuentemente de consumo, así como de dominación de la sociedad, que refleja la misma capacidad destructora de otras formas de extractivismo y colonialismo.

    Al no ser precisamente una obra de divulgación, tiene sus aristas áridas, pero superando el dogma académico es un gran trabajo que generará mucha reflexión, y expectativa por ediciones futuras.

    Frase robada – Elvira Sastre

    Me aterroriza enamorarme por si contamino otro corazón al abrir el mío.

    Bonus track
    21 min
  • Mi perra vida temporada 2025, episodio 33.
    Relato – Superman ha muerto | Poema – En la pirámide – David Huerta | Reseña – Mandíbula – Mónica Ojeda | Frase Robada – Carlos Alvahuante | Bonus track
    Superman ha muerto

    Las primeras planas de todos los periódicos y revistas publicaron la foto, por supuesto absolutamente todas las redes sociales desbordaban por la noticia.

    Tras casi dos años de una inexplicable ausencia, que inicialmente asumieron al fracaso de su última película, por fin aparecía Superman. El escándalo era mayúsculo, apenas reconocible, el otrora hombre arquetípico de la nación que lo acogió, se le veía con una barba rala de semanas, emaciado, lo que le confería un aspecto tétrico a su piel grisácea. El cuadro remataba con el súper héroe tirado en el suelo con un torniquete en el brazo y una jeringa colgando de su vena.

    Sus nuevos patrones estaban más que satisfechos por la pólvora mediática que habían regado alrededor de la mayor marca registrada de sus odiados y amados socios comerciales. La conmoción había alcanzado las altas esferas de la casa blanca, y tal como se esperaba, su principal inquilino en otro de sus pueriles arrebatos, escribió en su red social que, dado que Superman no había nacido en la tierra de la libertad, y dado que su comportamiento va en contra de los valores de tan elevada sociedad, se le revocaba su residencia, y se le impedía su estancia en el país que tanto le había dado. Ahora que el súper hombre perdía el amparo de sus antes protegidos, sus jefes en el lado mexicano de la frontera tenían luz verde.

    …

    Apenas habían dado los resultados que confirmaban su reelección, y contraviniendo todos los consejos, el próximo presidente decidió organizar una fiesta “como en los viejos tiempos”. Tras las fotos de protocolo con magnates tecnológicos y su prefabricada familia, tal como si supiera de memoria la lista de Epstein, se encargó de invitar a sus socios reales a una mansión que no se sabía bien a quién pertenecía, pero se rumoraba que era del capo del monopólico cartel que, una vez cruzando el Río Bravo, se encargaba de la distribución y venta de los principales bienes ilegales: drogas, piedras preciosas y seres humanos.

    Lideres demócratas y republicanos, millonarios de todas las industrias, terratenientes que fuera de esas paredes cruzaban guerras intestinas por el territorio, aquí brindaban cordialmente por el brillante futuro de los que negociaban al margen de tratados comerciales con el recién elegido presidente. Si eso no fuera suficiente motivo de euforia, el rumor de que Superman sería el invitado especial de tal festejo, le confería a la celebración mayor entusiasmo.

    Antes de su esperada aparición, el super invitado estaba en una de las estancias de la mansión que el reelegido presidente había dispuesto para platicar con él, el cual ademas de insistir en la importancia de hacer renacer a la nación que le había dado abrigo y fama; le pareció prudente explicarle la naturaleza de la gala y lo que ahí vería, para evitar sin sabores. Al término de la conversación y antes de dirigirse al salón principal donde los esperaban, conminó al súper héroe a inhalar cocaína para ir poniéndose en ambiente, Superman se negó en automático, pero cuando observó a su anfitrión hacerlo dos veces seguidas con bastante maestría, se animó a dar ese paso.

    Ya con la euforia y excitación al límite, el hasta entonces aburrido y puritano Superman fue el alma de la fiesta. Todo cuanto le ofrecieron aceptaba, incluso se percató de que la estandarizada heterosexualidad que se autoimponía como Clark Kent, le había impedido explorar facetas más innovadoras del placer erótico.

    Las palmas de su debut en sociedad, fue el concurso de inhaladas, en la que le arrebató el campeonato que por décadas había detentado su anfitrión, ya que no contaban con el hecho de que así como su súper aliento podía apagar hectáreas de incendios como si fueran las velas de un pastel, el fenómeno inverso le permitió inhalar cantidades ingentes de cocaína, lo cual también dio fin a la fiesta, ya que se terminó hasta las reservas que hubieran servido para sobrevivir hasta el fin del mundo, y a él lo dejaron girando alrededor del globo terráqueo por un par de días continuos, alterando las corrientes de aire y ocasionando destrozos mundiales por tifones y huracanes nunca vistos, pero fuera de eso, el festejo por hacer grande a la nación otra vez había sido un éxito.

    Grandes negocios se forjaban en tales eventos y para Superman no fue la excepción, algunos días después, y bajo su disfraz de Clark Kent, recibió un mensaje de texto de sus amigos mexicanos. Lo invitaban a una carne asada, le explicaron que era como la fiesta donde se conocieron, pero más divertida, querían proponerle un negocio.

    A las pocas semanas, los sábados por la mañana Superman transportaba materias primas de un lado al otro del mundo, llenaba almacenes fastuosos en la tierra de la libertad, lo suficiente para abastecer el mercado por años, en los cuatro sábados del primer mes de su acuerdo comercial habían movido toda la droga de un año, sin inconvenientes, sin sangre de por medio, y con mejores márgenes de ganancia al no sobornar a centenas de gobernantes alrededor del mundo. El negocio había cambiado radicalmente y lo controlaban ellos.

    El nuevo modelo de negocio también tenía sus retos, abastecer el súper consumo de Superman no era tarea fácil, y conforme la adicción aumentaba era físicamente imposible darle abasto. Así que viendo este reto como área de oportunidad, sus químicos comenzaron a trabajar en formulaciones que sólo alguien de otro planeta toleraría sin morir, ya que multiplicaban por miles su potencia, así una raya que Superman inhalaba como un ser humano convencional, era suficiente para abastecer a varios miles de clientes por semanas. Habían logrado una formulación tan potente que uno o dos gramos podrían diluirlo para tener incontables dosis, facilitando su comercialización; pensando en el momento en que su nuevo socio ya no les fuera de utilidad, lo cual sabían que iba a ocurrir tarde o temprano.

    Durante casi un año, la asociación de Superman con el cartel mexicano había sido un éxito. Al tener abastecimiento en niveles máximos, los distribuidores lograron bajar los costos y aumentar la oferta, democratizando su consumo que se triplicó.

    Sin embargo el ahora presidente veía como sus ingresos en sobornos habían bajado drásticamente, y cuando el servicio secreto le informó del trabajo de fin de semana de Superman, se enfureció tanto que le marcó de inmediato a la presidenta mexicana, para que pusiera orden en su casa o se atenía a las consecuencias, a lo que como siempre, la presidenta obedeció y le marcó a los empresarios de la frontera en el lado mexicano, para que arreglaran ese asunto cuanto antes.

    Los jefes del cartel, como siempre, ya tenían todo contemplado, no necesitaban más a Superman, la nueva formulación que desarrollaron ex profeso les abriría nuevos canales de distribución, y con el dinero que se ahorrarían en alimentarle el súper vicio al socio, el balance sería, como siempre, muy positivo.

    …

    Superman ya se había habituado a inyectarse todos los sábados por la tarde, después de cumplir sus diligencias. Así que administrarle una nueva fórmula no fue tarea difícil, la inclusión de dosis pequeñas de kryptonita que le llegaban directamente al torrente sanguíneo lo dejaban dócil como un gatito recién alimentado, mientras experimentaba las reacciones más extrañas de toda su inmortalidad. La tercera dosis de ese sábado de trabajo, tenía una cantidad excesivamente alta de kryptonita, así cuando perdió el conocimiento tomaron la foto que recorría el mundo, y cuando el súper corazón no toleró más la sustancia que lo envenenaba, ocurrió lo inimaginable, Superman murió.

    Los periodistas y agencias de gobierno se encargaron de destrozar su imagen ante la sociedad, y los coyotes despedazaron su cadáver al encontrarlo abandonado en el desierto fronterizo.

    Y, como siempre, vivieron felices para siempre.

    En la pirámide – David Huerta

    El vértigo de las alturas lo envolvió: punzadas en las corvas, cosquilleos, un velo sedoso de mareo. Estaba en la punta de la pirámide; el ascenso había sido laborioso; el sobrepeso lo atormentó minuciosamente en cada escalón. Se miró la punta de los zapatos; luego examinó sus manos, sucias de polvo y del sudor que le había goteado del rostro. No quería mirar alrededor ni mucho menos las alturas, diáfanas y azules, de ese mediodía deslumbrante. Sabía perfectamente lo que le sucedería: el vértigo lo doblaría al punto del desmayo. Un susurro apenas oíble lo distrajo. Pensó en una hoja desprendida de los árboles que veía en esos momentos allá abajo. Pero no era una hoja: era un colibrí. El diminuto pájaro estaba a menos de un metro de su cara y parecía verlo directamente a los ojos. “Imposible”, pensó; “estoy soñando.” La microscópica voz del ave le dijo que sí, que estaba soñando. Que no era ese hombre, obeso y acezante, que casi se había odiado a sí mismo durante los agónicos, interminables minutos del ascenso. Que era alguien diferente. Alguien con responsabilidades sublimes. Dejó de escuchar al colibrí y miró hacia lo alto, hacia el sol rojo de sangre, y sintió en la mano el volumen afilado de la obsidiana y descubrió alrededor, en medio de un temblor de miedo, los rostros de los vencidos.

    Mandíbula – Mónica Ojeda

    Al perro más flaco se le cargan más las pulgas, decimos para referirnos a que al mas desprotegido le tocan más los palos, y en Mandíbula, la autora nos lleva por el camino de una maestra que, es pateada primero y figurativamente por su madre y luego de manera carnal por sus alumnas, hasta que un día cansada del acoso, decide tomar cartas en el asunto y así da inicio la novela. A través de personajes que inicialmente son arquetípicos de los extremos socioeconómicos de una sociedad altamente castiza, se representan las injusticias históricamente impostadas, donde ademas de la maldad, se muestra una complejidad que me parece fantasiosa, cayendo así en el realismo mágico moderno. Ya que las alumnas malditas de un colegio profundamente elitista del opus dei, una perogrullada, se acercan a un misticismo sustentado en la literatura.

    En tales circunstancias las situaciones y sus personajes son complejos y juegan constantemente con los límites materiales e intangibles, insertándonos en una fantasía oscura.

    Esta novela solo me hace aumentar mi admiración para los docentes que lidian con adolescentes, algo así como trabajar al borde del precipicio.

    Frase robada – Carlos Alvahuante

    Caigo en las garras de uno de los enemigos más insidiosos que puedan tener las personas de mi edad: el hubiera.

    Bonus track
    24 min

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Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida