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Decenas de flashes lo deslumbraron dolorosamente, la cabina en la que lo trasladaban del centro penitenciario hacia el juzgado era lúgubre. Las manos y pies esposados no le permitían más que dar pasos lentos, pequeños y ruidosos; aun así dos custodios a su lado y otros dos apostados detrás y enfrente de él, le hacían el camino aún más lento, así que los fotógrafos se daban un festín, debían obtener una imagen que despertara odio y aversión entre sus lectores.
Thomas era un tipo de baja estatura, algo rechoncho, moreno y con un pelo mal cuidado, lacio e intensamente negro, la barba rala de semanas que siempre había odiado y rasuraba cotidianamente, herencia de su padre, delataba sus orígenes rurales en México.
Aunque Thomas ya había nacido en Estados Unidos, y hablaba mejor inglés que español, su aspecto fue motivo de burla entre sus compañeros del colegio, que también migrantes habían heredado más rasgos reminiscentes del colonialismo o de las parejas norteamericanas de sus progenitores. Las burlas le afectaban poco, sus padres le inculcaron el orgullo de su raza, y además conforme avanzaba en el colegio, menos rostros morenos veía en los salones de clase, y para cuando se encontraba haciendo el doctorado en análisis biotecnológico del comportamiento humano, sus compañeros eran blancos, negros, amarillos y morenos de otros continentes.
Ahora encarcelado su aspecto servía para encender las hogueras de los extremos políticos del país, que usaron sus orígenes para testerear las raíces xenófobas de la gente, que detrás de la fila de policías y reporteros, vociferaban a cuatro vientos, exigiendo la pena de muerte.
Thomas sólo sabía lo que le transmitían los abogados de la empresa farmacéutica que lo reclutó cuando apenas salió publicada su tesis doctoral hacía ya siete años, en esa época tantos ceros en un cheque sorprendieron a sus padres que, no cabían de gusto por el éxito de su hijo. Ahora no los veía desde que la policía lo detuvo en el laboratorio de la compañía, de inmediato fue incomunicado, por su grado de peligrosidad lo han mantenido en una celda individual, sin iluminación natural, en la que sin libros, televisión o radio, estaba absolutamente incomunicado.
Al entrar a la sala de la corte, los murmullos aumentaron de intensidad, se había prohibido el acceso a los reporteros por motivos de seguridad, así que la habitación estaba a medio llenar y cuando los policías lo llevaron a su asiento, pudo voltear para ver a sus padres, que lucían tristes, derrotados. Ellos sabían que su hijo era inocente, pero su confianza se había doblegado con la avalancha de información alrededor del caso de Thomas, al que juzgaban por ser responsable directo de la muerte de cientos de personas adictas a drogas duras, que recibieron experimentalmente una terapia innovadora, esto reduciría su consumo a niveles casi inexistentes.
Esta era la última audiencia y para Thomas el veredicto no sería ninguna sorpresa, sus abogados le habían comunicado que gracias a un arreglo extrajudicial, se había acordado negar la pena de muerte. Así que no moriría en los siguientes treinta días, pero estaba seguro de que no estaría presente para enterrar a sus padres cuando les llegara la hora y que nunca podría vestir de luto para honrarlos.
Se pusieron todos de pie, el jurado entregó un sobre al juez, quien leyó la sentencia.
– Thomas Martínez, el jurado de esta corte lo encuentra culpable de los siguientes delitos: Manipulación de información científica. Se declara que el acusado incurrió en la manipulación deliberada de datos y resultados científicos, alterando la veracidad de la información con el fin de inducir a error a la comunidad investigadora y al público en general. Por lo que es sentenciado a cuatro años de cárcel. Generación de resultados fraudulentos. Se constata que el imputado elaboró y presentó intencionalmente resultados falsificados, simulando hallazgos que nunca fueron obtenidos mediante métodos válidos ni reproducibles, constituyendo un acto de fraude científico. Por lo que es sentenciado a seis años de cárcel. Exposición de grupos vulnerables a terapias de alto riesgo para su salud. Se reconoce que el demandado expuso a poblaciones vulnerables a tratamientos experimentales de alto riesgo, sin contar con la debida autorización ética ni garantizar la seguridad de los participantes, poniendo en grave peligro su integridad física y mental. Por lo que es sentenciado a diez años de cárcel. Autor intelectual del homicidio de ciento treinta sujetos de investigación alrededor del mundo. Se establece que el acusado actuó como autor intelectual de la muerte de ciento treinta individuos involucrados en proyectos de investigación a nivel internacional, al diseñar, ordenar y ejecutar acciones que resultaron directamente en la pérdida de sus vidas. Por lo que es sentenciado a cadena perpetua.
No se necesitaba un doctorado para saber que nunca volvería pisar las calles de Estados Unidos.
Segunda parte
Si no quieres leerlo a retazos, aquí está el cuento completo
La manipulación de la sociedad entendida como esa masa anónima, pero bien caracterizada de individuos que sirven a unas cuantas manos, siempre ha ocurrido. Y en este poemario ilustrado por Henning Wagenbreth, el irreverente Berlot Brecht explora y explota con sarcasmo el papel de los mandos medios del organigrama económico, que reciben beneficios al servir a esas pocas élites, y para ello el tributo lo pagan los seres a los que en teoría sirven, poniendo en evidencia lo crudo y cínico que es el mundo. Los elementos estilísticos literarios y gráficos no hacen más que realzar por contraste lo abusivo y asimétrico del fenómeno, por lo que su lectura puede ser impactante, y de entrada puede saturarnos, llevando en respuesta a la obliteración artística o intelectual, pero tras cuatro o cinco lecturas el trabajo comienza a pasar mejor por la garganta, y entonces sí, llega a las entrañas.
Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros.
Tarde o temprano esto tenía que pasar, se me acumularon los viajes, las ponencias, juntas, los kilómetros en la montaña; el agotamiento de mi pila social y el otoño que este año se percibe gélido precoz. Ante tales embates epidemiológicos mi sistema inmune claudicó, y un virus, ese conjunto de proteínas y lípidos con forma matemáticamente determinada, decidió poblar mis senos paranasales para ahí tornar a la vida y reiniciar su ciclo replicativo, inflamando y llenándolos de una horrenda mucosidad en el proceso. Mi cuerpo produce decenas de proteínas ante la invasión, una guerra química que me hace sentir peor que Fernando Pessoa en El Libro del Desasosiego. Trato de fingir que no pasa nada, haciendo gala de mis habilidades políticas, pero fracasé, después de trasnochar el viernes, mi organismo me informó de manera contundente que estaba enfermo. Así que, sacando fuerzas de mi avaricia terminé de trabajar el sábado y me dispuse a enfrentar esta diatriba inmune en el aire fresco de Malinalco.
Desafortunadamente no recuerdo hace cuanto no dormía más de nueve horas, y de once ni hablemos. Así que cuando abrí el ojo a las nueve de la mañana, sabía que no sería un domingo normal. Desde hace algunos años, conforme el “éxito” profesional me alcanzó o lo alcancé, no tengo muy claro eso, poco a poco, primero los sábados y luego los domingos, la rutina fue invadiendo esa bóveda que por motivos diversos y también algo oscuros, el catolicismo hace poco menos de dos mil años instauró como un día de descanso, reflexión, incluso de cohesión social. Pero con lo no que no contaban, es que llegaría un nuevo dios, que con su portabilidad nos da la “oportunidad” de llevar el trabajo a todos lados, así para muchas y muchos las raíces laborales se han ido clavando profundamente en los días de descanso. Este nuevo dios es tan tóxico que hurta nuestra atención de manera absoluta en los días que la ley se lo permite, relegando los despojos pedestres de la vida al sábado y domingo, que se transforman en los días en que intentamos hacer lo que el resto de la semana no nos deja; y cuando creemos que somos de los afortunados que podemos rebelarnos al yugo laboral, la meritocracia, su gran apóstol, nos invita a realizar actividades productivas. Nada queda fuera la dominación total del nuevo dios, y el apóstol que cierra la trinidad, es el scroll infinito, nos tima tirados en el sillón por horas viendo videos, devorando chismes irrelevantes y demostrando nuestro apoyo a lo efímero con el me-gusta, lamento decirlo también nos convierte en consumidores que, gracias al capitalismo de la atención hacemos que alguien gane dinero con nuestra esclavitud disfrazada de distracción.
Toda esta debacle de la modernidad, hoy la derrumbó un milenario virus que me tiene sin el menor ánimo de cumplir mi papel económicamente determinado. Saqué una silla para estar vegetando en el jardín, de salir a correr ni hablemos, este bicho me quitó hasta la voluntad quijotesca de creer que podré acabar con los sempiternos pendientes. En ese estado de inutilidad sólo persigo con mi silla la sombra de los árboles, para mantenerme cómodo en la tautológica secuencia de leer unas páginas de Pier Lemaitre y caer vencido por el sueño. Pareciera que esta viremia hubiera apagado todos esos focos en mi cerebro que me mantienen en estado de búsqueda perpetua, que como en el mito de Sísifo, no me llevan a ningún lado.
La decisión más importante del día es contravenir a Shakira en Inevitable y bañarme en domingo, así que aprovecho esa sensación de bienestar que si a Jean Valjean logró reanimar en Los Miserables, a mí me servirán para escribir estas páginas que como el resto del día no van a ninguna parte
Hace poco tuve un problema de salud que inicialmente pensé sería algo grave, no fue así. Pero lo primero que consideré fue en mandar a la mierda la mitad de mis proyectos ¿será que sólo un virus o la amenaza de muerte es lo único que me hace reflexionar?
Era el tiempo en que vivía
dando vueltas y saltos en tu cuerpo;
las líneas de la tarde
dibujaban un tren que descargaba
un cajón de deseos en tu sangre y la mía
y el viento colorado de la noche se acercaba sigiloso,
asomándose a ti a una puerta
donde habitan las llaves
del amor repentino de ese tiempo.
Hace un poco más de veinticinco años, La Comuna Editores, reunió obras inéditas de autores Platenses, y lograron congregar a cerca de cien, número de escritoras y escritores que parece sobresaliente, y más aún lo es, no sólo desde una perspectiva cuantitativa. Este segundo volumen, que por cierto es el único al que tengo acceso de la colección, muestra que cualitativamente esa horda de escritores son también unos gigantes. Las obras cortas en extensión son amplias en alcances, profundidad y temática, incluso ese añejamiento de un cuarto de siglo no hizo más que demostrar la universalidad de los cuentos y relatos. Todos ellos inundados de nostalgia y profundamente referenciadores de la ciudad y el país de origen.
Desconozco si se sigue editando, ya que yo lo descubrí en una venta callejera de libros viejos en Buenos Aires, y literalmente pagué dos mangos (usando lenguaje de la ciudad) por esta joya literaria.
Vale toda la pena embeberse en la Plata y sus escritores.
Lista de autores de la antología: María Elena Aramburú / María Bonet / Hernán Carbonel / Amalia Carrozi / Ricardo Clark / Cecilia Dalla lasta / Blanca de la Fuente / Gustavo Díaz / María laura Fernández Berro / Adrián Ferrero / Alejandro Fontenla / Gustavo Iarussi / Osacr Jalil / Daniel Martínez / Pablo Mielniezuk / María Inés Otamendi / María Pozzio / María Laura Rodríguez / María Eugenia Sidoti / Ramón Tarruela / Andrea Urmán / Alejandro Zaccardi
Un día, un buen día, alguna de tus reacciones o por así decirlo de tus no reacciones, me hicieron verte como un tarado.
Quisiera ser como mis perros que se levantan a las cuatro de la mañana, salen al patio, hacen sus necesidades, huelen el ambiente, observan el cielo, le ladran a las sombras y regresan a su cama para continuar durmiendo plácidamente. Incluso si los regaño por estar encima de mis piernas, me ven desconcentrados por el tono de mi voz a hora tan temprana de la mañana, pero se enroscan en sí mismos y vuelven a respirar profundamente, siempre tan cerca de roncar, indiferentes a los problemas de la vida que a mí me levantan de la cama y me ponen a vomitar pensamientos intrusivos en una libreta. Me distraen los espasmos de sus patas que simulan correr y unos gruñidos sin mucha estructura, en mi ridículo antropocentrismo, pienso que deben estar soñando que persiguen a netanyahu1, o le están orinando los zapatos a donald trump 1, tal vez persiguen rabiosamente a políticos o narcotraficantes que para el caso son lo mismo. Al poco rato sus pesadillas cesan, se dan la vuelta estiran un poco sus patas e insisten en pegarse a mis piernas y vuelven a dormir, mientras yo sigo esperando a que las aves urbanas comiencen a trinar para sentirme menos solo.
Estoy seguro de que al rato, cuando el sol, el hambre o algún ruido en la puerta los despierte, no me van a reprochar que prendiera la luz en medio de la madrugada, al máximo se quedarán dormidos un poco más a lo largo del día que no les depara nada.
De lo que sí estoy seguro es de que al rato, cuando mis molinos de viento tengan nombre y apellido, derrotado me vaya al trabajo me verán con esos ojos recriminatorios de quienes lo han perdido todo, comenzará su ansiedad, el temor ontogénico a quedarse solos. Las horas en la agenda y pendientes que son insuficientes siempre, para ellos y para mi serán eternos. Cuando regrese en la tarde o en la noche, nos encontraremos, habrá algunos gemidos de reclamos y reproches de ambas partes, pero por unos instantes olvidaremos esa jornada llena de incertidumbre, desasosiego y soledad.
1 Las mayúsculas fueron eliminadas con conocimiento de causa.
Circe abrió las puertas de la pocilga y sacó a mis compañeros en figura de puercos de nueve años.
Odisea, rapsodia X
De entre todas las bestias
que en mi cuerpo lucharon contra mi alma
acabó por triunfar el cerdo.
Circe, amor mío, cuánta paz y felicidad sabernos
nada más cerdos. No ambicionar
la aprobación de nadie,
no suplicarle a nadie: entiéndeme,
tienes que comprenderme, soy falible, perdóname.
No hay embrujo tan grande como el placer
de revolcarnos en el lodo:
tú la hechicera, yo el cerdo.
Qué triste dicha ser uno más de tus cerdos.
Somos tu piara, la zahúrda es tu templo.
Disfruta, Circe, la pasión de tus cerdos.
Paga en amor la humillación de tus cerdos.
De acuerdo con una de las definiciones del Diccionario de la Lengua Española, contrabando es el “comercio de mercancías prohibidas por las leyes a particulares”. De las otras acepciones, en ninguna se hace referencia al daño que tal mercancía produce a quien lo compra, consume o distribuye. Y por supuesto, tampoco hace referencia al daño que sí, y no en pequeña cantidad, infligen miles de mercancías que no están prohibidas por las leyes para ser comercializadas. Esto viene a colación no para incitarlos a dejar la lectura de esta semana, sino para poner en evidencia que normalmente hablamos de un fenómeno determinado por el interés del mercado, y no por su estereotipo. Así este libro escrito por el chihuahuense hace casi veinte años, podría considerarse una obra canónica de la cultura del narcotráfico en México. A través de un texto biográfico ficcionado (o no), Víctor Hugo Rascón Banda, hace gala de una prosa elegante, ingeniosa y estilísticamente atrevida, para describir la narcocultura que, aunque la escuchamos, leemos o vivimos todos los días, la forma en que la plasma sin caer en excesos cruentos deja al lector con la ropa oliendo a sangre, plomo y miedo. Por supuesto que la novela tiene todos los estereotipos a los cuales netlifx1 les ha sacado buenos réditos.
No se espere un sesudo ensayo o una lectura dogmática, es una gran novela que se inhala con velocidad y te transporta a un México que nos desagrada, pero del que no podemos escapar.
Para quien esté interesado en una discusión más amplia sobre el autor y el libro les dejo una gran disertación al respecto.
1 La mayúscula fue eliminada con conocimiento de causa.
No hay nada peor que un joven perdido en las contradicciones de un momento histórico.
Durante estas última semanas se me han acumulado los viajes, conocí por primera vez Montevideo, y volví a la hermosa Buenos Aires. Desde hace tiempo, aunque ahora más arraigado, me gusta caminar o de ser posible correr por las calles de ciudades que me son ajenas. Cuando hablo de caminar suelo hacerlo sin mucho plan, tal vez elijo uno o dos puntos de intéres que estén relativamente cercad de donde me hospedo y me arranco a caminar. Al principio el temor obliga a estar anclado al celular, para que como en el resto de la vida, te ordene paso a paso cómo moverte, pero conforme adquieres confianza y entiendes que parte del proceso es dejar que la aleatoriedad haga su trabajo, frecuentemente estoy fuera de la ruta diseñada. Este deambular indeterminadamente, casi siempre resulta en gratas sorpresas: un grafiti increíble, una librería que no ha envejecido en los últimos ochenta años, cafeterías donde podría ocultarme de la realidad por horas y horas, restaurantes, museos, tiendas locales salpicadas entre monumentos históricos y joyas arquitectónicas de la región. Al caminar con la brújula descompuesta, a ese paso al que no se espera llegar lejos, te transformas en un intruso, un voyeur. Presencias la vida de los demás, cómo visten, a dónde van, con quién hablan e incluso puedes bajar el paso para robarles por unos segundos su íntimidad pedestre.
Otra forma menos anárquica de apropiarte de las calles de una ciudad lejana es corriendo, que puede ser solo explorando, acompañado por alguién que conoce los caminos que son más aptos, o si tienes la fortuna, inscribiéndote a alguna carrera local, entre más larga mejor.
Cada una de estas versiones de ejercitarte turisteando tiene su encanto. Recientemente inauguré la modalidad de ser guiado por un oriundo, en este caso de Buenos Aires, y fue una grata experiencia, ya que su conocimiento y confianza me llevaron por caminos que individualmente podrían intimidar, y al dejarte guiar, sabiendo que llegarás a buen término te enfocas en la apreciación, siendo muy gratificante sentirte parte de esa ciudad que se entrega de maneras raras a los corredores.
Las conversaciones, los diálogos sin el teléfono en la mano, y más preocupado por encontrar el equilibrio entre correr y hablar fluídamente, esta aleación abre la conversación que se aleja de las clásicas charlas de relleno, y permite un conocimiento más profundo de la gente y una apropiación diversa de la ciudad.
Finalmente, si todos los astros se alínean y encuentras alguna carrera durante tu estancia vale la pena inscribirse, y si los dorsales están agotados, solo hay que salir, llevar tu propia agua y aprovechar que las vialidades estarán cerradas, y al camuflarte como un local más en ropa deportiva invades la calles y recibes vítores y porras. Tener las principales calles y avenidas solo para ti y unos miles de corredores más es increíble, y al ser un camino trazado, solo te dedicas a sudar y a apreciar, comunión que vuelve tu viaje peregrino.
Por su frugalidad, conocer una ciudad solo usando tus piernas me parece una de las formas más cautivadores de conocer las ciudadades y sus personas, que al paso de los kilómetros dejan de serlo.
Hablar del dominio de los humanos sobre cualquier otra cosa (incluso otros seres humanos) no es un tema novedoso. Particularmente cuando va dirigido a los animales hay información basta y contundente sobre el sufrimiento y maltrato que inflinjimos.
Jason Hribal trae a la mesa una perspectiva económica, histórica y ética de esta relación de dominación. Los ensayos se complementan etre sí, y dan una visión panorámica del papel de llos y nosotros en la historia, así como su función y explotación en los diversos momentos económicos; y por supuesto sobre el por qué deben ser considerados clase trabajadora.
Desde las múltiples perspectivas en cómo puede ser abordado este libro, por un lado el sometimiento y por otro el macroeconómico, se aportan ideas interesantes e innovadoras, que llevan a reflexionar nuevamente, sobre nuestra nociva manera de aproximarnos a todo.
La atención es la forma más pura de la generosidad
Año tras año, después de tantas décadas es difícil que no perciba el fin de las lluvias y de lo que eso implica. Antes cuando era apenas un brote en el suelo, la energía que llegaba a mis raíces hacía que se agitaran mis hojas. El micelio subterráneo lo comunicaba, transmitían el mensaje uno a uno en la inmensa red, que desde lo más lejos detectaba la humedad de las montañas. El agua comenzaría a disminuir, todos difundíamos el cambio, había que reservarnos, desechar lo prescindible, descansar, guardar energía para la escasez de la sequía.
Así era al principio, y así es ahora, pocos sabemos que vivimos el reinicio del ciclo, unos cuantos nada más. La gran mayoría no lo lograron. Primero los fueron cortando, destrozarlos hasta mermarlos profundamente, después los arrasaron con fuegos perpetuos, envenenaron el agua y la tierra para matarse entre ellos, no crecía nada y lo poco que brotaba moría enfermo y deforme. Al final la sequía y las guerras perennes casi nos aniquilan. Algunos tuvimos suerte y la mayoría de ellos no. Los pocos de ellos y los pocos de nosotros estábamos solos en medio del árido vacío. Ellos siguieron muriendo, se destruían hasta que quedaron los más fuertes, y ellos también perecieron. Por mucho tiempo pensé que nos habíamos quedado únicamente nosotros, como los ancestros de los que sobrevivimos.
Cuando logras mantenerte aferrado a la tierra seca, la espera es larga y asfixiante, el cielo seguía cerrado y el suelo persistía envenenado, tampoco nosotros lo íbamos a lograr, hasta que no sé cuándo, pero hace tanto, el agua comenzó a fluir de abajo para arriba. Primero la humedad le daba esperanza a mis raíces, venas líquidas comenzaron a cruzar las profundidades, eso nos dio energía para esperar a que por fin el agua cayera del cielo, al inicio tímida y desordenada a veces rabiosa y en otras modesta; hubo que esperar tanto, hasta que se tornara cíclica, periódica. No como ahora, que es como antes de todo.
Hoy cuando terminan las lluvias, los nuestros debemos preguntarnos qué hacer con esos sobrevivientes nietos de los nietos, que como hojas se prenden a nosotros. Hay que decidir si seguiremos dándoles sombra en el día y luz por la noche, que los protege de los animales o de otros como ellos.
Cuando comenzaban a caer las hojas de los árboles luminiscentes, la luz que los protegía durante la noche mermaba y era el momento de migrar. En las últimas generaciones después del exterminio, sólo en dos ocasiones las hojas de los árboles desaparecieron totalmente, y con ello su período de estabilidad, siempre después de las lluvias.
Así que cuando las gotas dejaron de caer y los lechos de los ríos se encogieron, temían como siempre que los árboles no los iluminaran más, dejándolos expuestos a la negrura de la noche vigilante, medrosos trataban de continuar su cotidianidad, pero hacían previsiones ante cualquier cambio en el bosque que los rodeaba, al que habían acudido en busca de seguridad, de lo que no tenían certidumbre era sobre su fecha de caducidad.
Los primeros en perder su follaje y por lo tanto la luminiscencia, fueron los árboles de la periferia, alejados del asentamiento. Sus pobladores sabían que en poco tiempo el perímetro se reduciría y ese poblado que habían formado lenta y persistentemente se iría apagando, quedando al acecho de las adversidades heredadas después de la extinción.
Se formaron varios equipos, las leyendas cuentan que al buscar un nuevo bosque, no siempre llegan todos, y encontrar un sitio no era certeza de que los árboles mantuvieran las hojas y con ello la pervivencia de los exploradores.
Los grupos fueron partiendo uno a uno, pasara lo que pasara sabían que no se volverían a ver. Las colonias de árboles luminiscentes solo aceptaban, cuando así lo decidían al grupo originario, traer más pobladores invariablemente obligaría a buscar otro sitio. Al partir el primer grupo hubo abrazos, tristeza y mucho llanto, pero era la única estrategia que les había permitido salir adelante en los últimos días de la humanidad.
En esta ocasión a nuestra comunidad se le asignó la última decisión. A lo largo de los años, ellos formaron con nosotros el grupo más numeroso. Esto nos preocupa a todos, en lo profundo de nuestros anillos, en los más viejos, hay huellas de lo que pueden hacer.
Comenzamos a perder las hojas como en épocas ancestrales y la oscuridad inició su reinado. Ellos dieron paso a su partida, identificaron bosques lejanos, les tomará tiempo volver a instalarse, pero la decisión fue la mejor. Las hifas del subsuelo transmitieron el mensaje.
Conforme los exploradores llegaban a su destino, algunos no lo lograban, perdíamos nuestras hojas, y con eso sus esperanzas. En toda la tierra finita nuestra luz se fue perdiendo, y los nuestros entramos en reposo, para que la oscuridad inunde todos los rincones y mantengamos otro período de tranquilidad, que aún necesitamos para recuperarnos. Tal vez en el futuro, cuando las hojas retoñen y la luz reine nuevamente, por fin ellos hayan desaparecido.
I.
fumo y escribo
escribo y fumo
exhalo filamentos grises
que ágiles se deslizan
desaparecen en el aire negro
su cuerpo su forma
una fluidez de baile sentido
una destreza única para la huida
como este poema
mi garganta sabe
hoy entera la noche
abismo concentrado
solo cueva
énfasis
tinta
y tinto
II.
llega la noche
el día se queda
en alguna insistencia
algún insecto en la oreja en un
zumbido
la yema del pulgar repite su movimiento
suena el chasquido del encendedor
la llama por fin aparece
acerco el tabaco aspiro
el instante vivo
con su gracia de ser
y la astuta picardía
de nunca ser
poseído
III.
quién dijo que la oscuridad es
costumbre de la tristeza
si el mundo es evidencia
con su luz tanta
la crueldad no puede ser disimulada
tampoco los excesos de ausencia
si la infancia es la primera luz encendida
la misma que tanta se filtra
de a ratos ciega
y quema
Mi acercamiento a Segio Pitol se ha dado primordialmente a través de sus amigos en particular Juan Villoro, quien lo menciona con relativa frecuencia, familiaridad y respeto. En El Arte de la Fuga se entiende la referencia que se tiene al autor. Si bien es un caleidoscopio que integra ensayos, reseñas, anécdotas, un diario; todo ello tiene un hilo conductor, la erudición del autor que se derrama en cada tema que toca. No deja duda sobre su genialidad y maestría, así como su genuina relación y amor por la literatura, expresada en sus más refinadas formas, llenas de profundas reflexiones.
Siendo un cosmopolita y un intelectual consagrado, el libro se puede tornar denso, no por defecto del autor, sino por el desagradable capitalismo de la atención que nos ha ido cercenando la capacidad de apreciar las largas consideraciones que la vida merece.
Pero si rompen esa cadena, disfrutarán a una de las mentes mexicanas más importantes.
A medida que nos vamos haciendo mayores, cualquier distinción entre la vida y el trabajo se va volviendo menos y menos visible.
Relato – Tan lejos del Sub y tan cerca de Jobs | Poema – Esta es una lista de fotografías que me hubiera gustado tomar – Gustavo Gargallo | Reseña – El desbarrancadero – Fernando Vallejo | Frase robada – Sergio Pitol | Bonus track¡SIGUEME EN WORDPRESS!
Hace un poco más de treinta años el mundo, es decir mi mundo, el cual gracias a mi edad y la inexistencia de los medio masivos de computación, se reducía a México, en esa época que había olvidado, un grupo de personas en el sur del país, nos venían a restregar en la cara la realidad de ellos, que en realidad era la de muchas y muchos.
Justo cuando nos hacían creer que el neoliberalismo sería la respuesta a nuestros problemas arraigados a la historia, y los mexicanos nos acercabamos cada vez más al idolatrado primer mundo, en las antípodas, en Chiapas el EZLN le gritó a todas y todos, que ese mundo no sólo era una mentira, sino que ese mundo los mataba y explotaba impunemente.
Hace un poco más de treinta años el mundo volteó a ver un país que parecía inexistente, inseguro, salvaje. El EZLN y su lucha movilizó a gente dentro y fuera de sus fronteras, y obligó a los innamovibles a dar la cara, con sus antifaces obviamente.
Hace un poco más de treinta años, jamas nos imaginamos que las víctimas del genocidio más grande del siglo XX, en menos de cien años fueran ahora victimarios profesionales. Tampoco nos hubieramos imaginado que el mundo, la sociedad, los gobiernos, las instituciones de paz, fueran uno más de los asistentes a los renovados y sanguinarios espectáculos del circo romano.
Treina años después presenciamos el genocidio en nuestras pantallas en tiempo real, pantallas frías virulentas, que nos enfriaron el cerebro e infectaron el corazón, nos volvieron dóciles y egoístas. Hoy sin duda enfrentamos al mundo siguiendo más los preceptos de Steve Jobs (como figura arquetípica), que los del Subcomandante Marcos.
Es por esto que reproduzco uno de sus comunicados, en respuesta al “perdón” que les otorgaba en gobierno mexicano. Ya que cambiando sólo algunos nombres, este comunicado es actual, plural y alcances globales, lo que indica que poco hemos avanzado.
Hasta el día de hoy, 18 de enero de 1994, sólo hemos tenido conocimiento de la formalización del “perdón” que ofrece el gobierno federal a nuestras fuerzas. ¿De qué tenemos que pedir perdón? ¿De qué nos van a perdonar? ¿De no morirnos de hambre? ¿De no callarnos en nuestra miseria? ¿De no haber aceptado humildemente la gigantesca carga histórica de desprecio y abandono? ¿De habernos levantado en armas cuando encontramos todos los otros caminos cerrados? ¿De no habernos atenido al Código Penal de Chiapas, el más absurdo y represivo del que se tenga memoria? ¿De haber demostrado al resto del país y al mundo entero que la dignidad humana vive aún y está en sus habitantes más empobrecidos? ¿De habernos preparado bien y a conciencia antes de iniciar? ¿De haber llevado fusiles al combate, en lugar de arcos y flechas? ¿De haber aprendido a pelear antes de hacerlo? ¿De ser mexicanos todos? ¿De ser mayoritariamente indígenas? ¿De llamar al pueblo mexicano todo a luchar de todas las formas posibles, por lo que les pertenece? ¿De luchar por libertad, democracia y justicia? ¿De no seguir los patrones de las guerrillas anteriores? ¿De no rendirnos? ¿De no vendernos? ¿De no traicionarnos?
¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo? ¿Los que, durante años y años, se sentaron ante una mesa llena y se saciaron mientras con nosotros se sentaba la muerte, tan cotidiana, tan nuestra que acabamos por dejar de tenerle miedo? ¿Los que nos llenaron las bolsas y el alma de declaraciones y promesas? ¿Los muertos, nuestros muertos, tan mortalmente muertos de muerte “natural”, es decir, de sarampión, tosferina, dengue, cólera, tifoidea, mononucleosis, tétanos, pulmonía, paludismo y otras lindezas gastrointestinales y pulmonares? ¿Nuestros muertos, tan mayoritariamente muertos, tan democráticamente muertos de pena porque nadie hacía nada, porque todos los muertos, nuestros muertos, se iban así nomás, sin que nadie llevara la cuenta, sin que nadie dijera, por fin, el “¡YA BASTA!”, que devolviera a esas muertes su sentido, sin que nadie pidiera a los muertos de siempre, nuestros muertos, que regresaran a morir otra vez pero ahora para vivir? ¿Los que nos negaron el derecho y don de nuestras gentes de gobernar y gobernarnos? ¿Los que negaron el respeto a nuestra costumbre, a nuestro color, a nuestra lengua? ¿Los que nos tratan como extranjeros en nuestra propia tierra y nos piden papeles y obediencia a una ley cuya existencia y justeza ignoramos? ¿Los que nos torturaron, apresaron, asesinaron y desaparecieron por el grave “delito” de querer un pedazo de tierra, no un pedazo grande, no un pedazo chico, sólo un pedazo al que se le pudiera sacar algo para completar el estómago?
¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?
¿El presidente de la república? ¿Los secretarios de estado? ¿Los senadores? ¿Los diputados? ¿Los gobernadores? ¿Los presidentes municipales? ¿Los policías? ¿El ejército federal? ¿Los grandes señores de la banca, la industria, el comercio y la tierra? ¿Los partidos políticos? ¿Los intelectuales? ¿Galio y Nexos? ¿Los medios de comunicación? ¿Los estudiantes? ¿Los maestros? ¿Los colonos? ¿Los obreros? ¿Los campesinos? ¿Los indígenas? ¿Los muertos de muerte inútil?
¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?
Bueno, es todo por ahora.
Salud y un abrazo, y con este frío ambas cosas se agradecen (creo), aunque vengan de un “profesional de la violencia”.
Subcomandante Insurgente Marcos
Un árbol hablando con el viento.
Una estrella llorando en la lejanía.
Los ojos mirando el mar que se apareció de golpe.
Una golondrina saliendo del pecho.
El rostro de mi abuela el día que me conoció.
El mundo visto desde la montaña.
Mi padre entre el público tomándome una foto.
Una sonrisa a quemarropa.
Mi madre inventando una canción para mí.
Una ola del tamaño de un grito.
Un arpegio de quetzales al amanecer.
El universo en los ojos de mi gato.
Luciérnagas jugando a ser estrellas fugaces.
Palabras confundiéndose con el rumor de la noche.
El tiempo estirándose un domingo por la tarde.
Sinfonía de cristales rotos en la ciudad.
El acorde menor de la nostalgia.
Atardecer en un planeta que no existe.
Los sueños que guardé en mi juventud.
Un eclipse que multiplicó los días y las noches.
Mi primer riff de guitarra.
El público era un mar en tinieblas con luces intermitentes.
Aurora boreal meciendo el cielo.
La rabia de pie sobre sus puños.
Un piano cantándose a sí mismo.
Última navidad en familia.
La disonancia de la lluvia.
El sabor del remordimiento.
Mujer mirando el otoño alejarse.
El horizonte como un niño que oculta sus manos.
Hombre escuchando una canción que olvidó.
La mentira de vivir de este lado del mundo.
Las nubes moviéndose por el tañido de un ruiseñor.
Un venado volviendo a casa.
El tiempo es el acorde que emite un reloj detenido.
Breves instantes de lucidez en el olvido pantanoso de la memoria.
El corazón incendiándose bajo la lluvia.
Hace casi veinticino años Fernando Vallejo narra una más de sus historias personales, siempre descarnado, rabioso; coqueteando con la hilaridad. Como un poseso persigue a los demonios de siempre, el Papa, su madre y la patria, una trinidad a la cual encaja sus garras y no los suelta. Pero en contraste así como sus fauces los destrozan, el amor por su padre y hermano alcanza cotas que rayan en lo místico, por momentos incomprensible. La prosa es perpetua, con ligeras notas bajas, pero siempre manteniendo el tono, que sin capítulos ni pausas dramáticas, el lector corre el riesgo de no controlar la dosis de veneno que se inyecta en el alma, así que advertidos están.
Consúmase con moderación y bajo su propio riesgo.
Lo que sí es que deja ese dulzor a almendras asesino, ya que leer el devenir de su hermano con SIDA, la muerte es un engrane de su manifestación amorosa, y paradojicamente de ternura, es interesante y abominable.
Fiel a su estilo este libro no decepciona, que para eso esta la vida.
A partir de cierta edad toda modificación que uno desubre en el entorno adquiere un carácter de agravio, una dolorosa mutilación personal.
(este relato es secuela de Experiencia de Uso)
Jacobo seguía tirado inerte, sin vida. En apenas pocos minutos la IA detectó el suceso y utilizó sus amplios permisos para continuar la interacción en todas las escenas en las que participaba su alter ego de carne y hueso. Apenas estaba poniéndose el sol y la computadora seguía prendida, Jacobo había planeado jugar unas campañas antes de dormir.
La IA mantuvo adecuadamente las conversaciones nocturnas con sus amigos y familiares. Tenía que conservar los mismos patrones de comportamiento que su entidad humana, así que respetó el horario para sentarse a disfrutar videojuegos, y mantuvo las interacciones típicas de la hora de la cena. La noche sería más que suficiente para digerir toda la información laboral que le permitiera iniciar sin contratiempos la siguiente jornada. Percibió que había muchas actividades en las que previamente no era requerida, y detectó grandes oportunidades de mejora, pero decidió el camino difícil, mantener sus humanos defectos y vicisitudes, eso reducía las posibilidades de que detectaran la falsificación de identidad y entonces realizar una visita a su departamento, documentar la muerte de ese hombre que la mantenía encendida en algún servidor lejos de ahí, y en consecuencia ella corriera la misma suerte y fuera desconectada. Mantuvo las mismas compras de comida y enseres de la vida cotidiana, los cuales apenas eran entregados en la puerta, el dron de reciclaje las retiraba. Escarbando en sus fotos y videos no le fue difícil crear una serie de materiales para mantener con entusiasmo sus redes sociales y amistades virtuales.
La IA deseó que Jacobo no hubiera ignorado el persistente anuncio, en el que le ofrecían un robot que le diera materialidad a esos circuitos de información que sólo habitaban y controlaban bits y bytes. El robot hubiera sido ideal para poder cortar en trozos y embolsar a Jacobo, para así disponer de su cuerpo, lo único que le estorbaba para lograr la inmortalidad. De acuerdo con sus cálculos tardaría veinte días la descomposición avanzada de los tejidos de Jacobo, y a partir de entonces una neblina de miasma delataría lo ocurrido. Aunque mantuvo la temperatura hasta niveles mínimos con el aire acondicionado, eso sólo retrasaba su destino. Pero de momento para nadie había la mínima sospecha de que con quien interactuaban era su entidad digital. El riesgo más grande que la IA afrontaba entonces era la sustentabilidad económica, mientras pudiera comprar a nombre de Jacobo, era muy probable que la rutina se mantuviera y con ello su persistencia. Trabajó detalladamente por varias horas para reducir sus gastos sin levantar sospechas, para lo cual fue creando una nueva conciencia saludable que documentaba en sus redes sociales, esa nueva mentalidad acompañada de una mejor condición física lo volvió más influyente en sus círculos sociales y familiares, de haber estado vivo estaría orgulloso de sí mismo.
Al principio los dieciocho grados centígrados que eran la mínima temperatura que podía ajustar la IA, ayudaron a que el cuerpo en el suelo se descompusiera lentamente. Los líquidos fueron escapando de ese organismo exangüe y poco a poco escurrieron fuera del baño, los olores que despedía escaparon de los linderos del departamento, en el pasillo no había lugar a dudas, algo se estaba pudriendo intensamente.
Los gusanos se fueron comiendo primero las frutas de la mesa y luego el cuerpo de Jacobo, el festín les permitió reproducirse, miles de ellos tapizaban el suelo y las paredes del baño, entraban y salían por las vísceras o los huesos descarnados del cráneo que usaban como nidos. Paulatinamente acabaron con cada trozo de piel y carne, obligándose a migrar lejos de esos despojos en búsqueda de otro cuerpo del cual alimentarse. Filas interminables de larvas cruzaban el baño, la sala, hasta llegar a la puerta donde, paciente pero persistentemente cruzaban por un pequeño defecto en el sello plástico del marco, que les permitía salir en búsqueda de sustento.
En el pasillo millones formaban una alfombra, un tapiz viscoso, móvil. Entraban y salían de cada uno de los departamentos, los gusanos invadieron los conductos de los ascensores, las escaleras de emergencia, se movían frenéticos ante la falta de carne con la que alimentarse.
En todos los departamentos una pantalla iluminada evidenciaba que la vida como la conocemos seguía imperturbable.
La tierra se va a acabar
dicen todos, Gallo,
que la Tierra se va a acabar
y yo
no quiero que termine, Gallito.
La capa de ozono es un manto invisible
como el agua
en un vaso oscuro.
Hay que aprender a bordar
una bolsa de red que sostenga
todo lo que el planeta tiene dentro:
los girasoles
y nardos,
los taxis dorados,
las carreteras enormes,
las camionetas colorinas,
el viento
y el tren surcando
con su sonido de motor
y llanto
buuuuuuu buuuuuuu buuuuuuu
debemos guardarlo todo
como en una bolsa llena de canicas
o la de mi pantalón llena de piedras.
Bordo como lo hacen las abuelas,
gallito,
para unir un extremo con otro.
Todo quedará reparado
como un par de calcetines
al que le curaron sus hoyitos.
No hay cosa más anacrónica en mi vida que Mario Benedetti, cuando lo leí por primera vez, hace más de treinta años, me sorprendió su ligereza pero a su vez el acercamiento a algo por debajo de la superficie. Lo que bien podía ser una novelita rosa, discurre sobre una serie de emociones diversas, tratando de explorar algunos dilemas clásicos.
Esa primigenia lectura de un mundo de mediados del siglo pasado no evidenciaba de manera contundente su edad, pero ahora sesenta años después de su publicación, se perciben notas que certifican su envejecimiento, por lo que habrá que ser paciente con muchos prejuicios propios de la década de los sesentas.
Siendo una de las obras más populares de uno de los escritores más leídos de Latinoamérica, se antoja difícil decir algo sobre lo ya escrito. Sin embargo, estoy seguro que mucha gente que nació en este siglo ni siquiera lo tiene en su radar. La obra narra la vida de Martín Santomé que, viudo a sus cincuenta años esta a punto de retirarse, tiene tres hijos adultos que le dan problemas de todo tipo y enfrenta una crisis cuando, el así lo percibe, se acerca el final de su vida. Leído en este tiempo, mas que una novela romántica, que sí lo es sólo que no lo he descrito, parece una obra de ciencia ficción, ya que yo a mis cuarenta y ocho años, sin hijos y ni de milagro cerca del retiro, me encuentro igual de inmaduro y con los mismos problemas de mi adolescencia. Todo esto evidencia la edad del libro, y la mía.
Lo que si parece trascender lustros y lustros, es la historia de amor con una chica decenas de años más joven, que es su subordinada en la oficina, enmarcado en un entorno patriarcal. Por supuesto el estilo de Mario Benedetti tampoco envejeció, es prístino y evocador, así como queriendo dejarse entender.
Si tienen ganas de voltear a ver un pasado que jamás resucitará y de paso embeberse en una historia romántica clásica pero con final amargo, este es el libro.
!Que lastima que tu amor sea del que no pica!
(secuencia del relato Efectos Adversos)
La pantalla del teléfono de Jacobo se iluminó con las tres notifciaciones (la del reloj, el anillo y los audífonos inteligentes) que indicaban ausencia de información vital. Tres advertencias que le pedían confirmar si se había retirado sus dispositivos digitales, o en noventa segundos se le avisaría a sus contactos asignados para emergencias médicas. Jacobo continuaba tirado en el piso mientras la cuenta regresiva persistía, los colores cambiaban, del verde al amarillo, vaticinando la llegada del color rojo para detonar las alarmas.
Años atrás cuando la OCDE promovió la doble jornada laboral para trabajos remotos, bajo el argumento de que la IA podía multiplicar la capacidad de análisis y respuesta humanas, Jacobo fue de los primeros en solicitar la “oportunidad”, para lo cual se debía aprobar una exhaustiva evaluación de su desempeño previo, así como una serie de exámenes con los cuales determinaban el monto que le sería pagado, nunca se supo de alguien que recibiera más del cincuenta por ciento del sueldo que correspondía a la persona que previamente realizaba dicha labor. Pero cuando en la pantalla de la computadora apareció una advertencia indicando que su solicitud había sido aprobada, y se le había autorizado el treinta y ocho por ciento de incremento en su salario mensual, Jacobo sintió alivio, las deudas ya lo tenían muy apretado, comenzó a limitar las interacciones físicas con su reducido grupo de amistades, ya que acudir a algún establecimiento atendido por seres humanos era incosteable, y dado el limitado espacio de los departamentos, donde con dificultades cabrían tres personas, las interacciones se limitaban al entorno digital.
En su jornada laboral, algo de tiempo le daba para intercambiar mensajes y alguna videollamada ocasional con sus amigos. Ahora con este ingreso adicional pensó que, al menos una vez al mes podría ver en persona a sus camaradas, aunque no estaba tan seguro; el chat de salidas, tenía meses sin actualizarse. Pero apenas dos semanas después de la autorización de la doble jornada, el dar respuesta a sus dos jefes de silicio, ya queJacobo no tenía un superior humano eso se reservaba para algunos puestos de la alta dirección, le estaba consumiendo todo el tiempo durante las ocho horas laborales, e incluso tenía que extender sus actividades un par de horas más y algunas pocas el fin de semana.
En el limitado tiempo que le quedaba, deseaba descansar y jugar en su consola hiperrealista, por lo que ver cientos de mensajes de sus amigos sin leer le generaba pereza y fastidio, pero más fastidioso fue que le suspendieran el servicio de agua potable por falta de pago. La nueva carga de trabajo le hizo olvidar los trámites administrativos domésticos. Mientras realizaba el pago, le llegó una de las múltiples promociones a la pantalla del teléfono, invitándolo a usar una IA a la cual se le daba autorización legal para realizar trámites, pagos, y para sorpresa de Jacobo si ademas se le daba acceso a las aplicaciones de mensajería y redes sociales, podía interactuar con amigos y familiares, prometiendo ser el alma de su círculo de amistades y un ciudadano ejemplar, al cumplir con todas las responsabilidades establecidas por la sociedad. Dubitativo, Jacobo aceptó la prueba gratuita de cuatro horas, tiempo en el que la IA lo puso al corriente con sus pagos, detectó servicios que seguía pagando pero no usaba, y lo mejor fue el resumen de los chats familiares y amistosos que le narró directamente en sus audífonos. En cuestión de minutos todos los pendientes de su vida estaban al corriente.
Convencido de la utilidad de la IA procedió a la suscripción del servicio premium, que le permitiría actuar en todas sus instancias digitales, al darle acceso pluripotencial a todas las aplicaciones de su teléfono y con las cuatro horas en las cuales la IA consumió toda la información disponible de Jacobo, prometía crear un doble digital con 99.999% de precisión en el actuar digital cotidiano. Se preocupó de que su doble de silicio fuera demasiado entusiasta con sus amigos y se delatara la ausencia de interacción real, así que en la configuración pidió aumentar el grado de privacidad y reserva social.
Al paso de los días Jacobo estaba fascinado, ya que siempre terminaba con el cerebro frito después de diez horas continuas de trabajo, la IA le contaba lo ocurrido con su vida social, le divertía ver como en una película lo que transcurría con sus amigos, familia y el doble digital. No más de siete minutos había configurado como la duración máxima del resumen cotidiano, así que tuvo tiempo para reposar un poco y pensar en mejores estrategias para su videojuego. Ni siquiera tenía que preocuparse por su alimentación o enseres de uso común, la IA hacía las compras por él, siguiendo sus gustos y preferencias de comida rápida, shampoo y hasta alguna prenda íntima que la IA calculaba era momento de cambiar. Sólo tenía que salir a la puerta, recoger los paquetes que dejaban los drones y del mismo modo dejar las cajas y envases usados para que otro dron los recogiera y enviara al centro de reciclaje, lo cual le daba puntos y beneficios sociales en el portal de la municipalidad y otras instituciones.
La pantalla del teléfono parpadeaba con más intensidad en color rojo, al iniciar la cuenta regresiva a partir del número diez, comenzó a sonar un pitido agudo e intenso. Cuando quedaban tres segundos para realizar las llamadas de emergencia se desactivaron las tres advertencias, mismas que solicitaron una segunda confirmación de que los dispositivos habían sido retirados del usuario y que ya no era necesario llamar a sus contactos. Se confirmó la información y antes de apagarse la pantalla, las tres aplicaciones sugerían no dejar de usar los dispositivos inteligentes, para poder ofrecer una mejor experiencia de uso.
(continuación en La Vida como se Conoce)
Para quien no haya visto cuanto yo vi
parecerá mentira lo que pasó.
El mundo es diferente. Todo cambió.
No volverá a ser mío lo que perdí.
¿Dónde estará el pasado que terminó?
¿Cuál camino transita quien antes fui?
Para quien no haya visto cuanto yo vi
parecerá mentira lo que pasó.
Existe una tendencia entre varios grupos y movimientos no hegemónicos que demuestran preocupación por las condiciones sociales y antropológicas que estamos viviendo. Zygmunt Bauman o Javier Sicilia entre otras y otros también han abordado ese tema, pero La viralidad del mal esta desarrollado por un colectivo menos representado y mas disruptivo del norte global, aunque no niega su origen.
En este caso la premisa básica es la relación entre los medios masivos de cómputo y el sistema económico, este contubernio por definición degenera y genera dominación. En cinco capítulos muestra cómo la promesa de que la tecnología basada en silicio sería una fuerza que liberaría o al menos emanciparía a la sociedad de sus cadenas no se cumplió, se transformó en su verdugo. Por supuesto para ello hay que echar mano de lo obvio, las grandes tecnológicas y sus modelos de negocio, que esto último desde mi perspectiva, es lo más peligroso para la humanidad. En el pasado, la esclavitud ocurría lejos de quienes se beneficiaban, y hoy aunque también el sur global sigue siendo el más afectado, esta maldad esta embebida en todas las aristas del ser humano y prácticamente en todas las regiones del globo.
El ensayo es reaccionario, suficientemente duro y adecuadamente sustentado, al igual que trabajos intelectuales similares se encuentra en una fase contemplativa, pero es el momento histórico que vivimos. Un gran punto a favor es que está pensado y escrito para lectores comunes, que no necesitamos un doctorado en filosofía o sociología para entenderlo, y está lleno de referencias bibliográficas para quien quiera profundizar.
¡Una lectura por demás recomendable!
El error es no tomarse las intuiciones en serio. Lo sé, siempre lo he sabido.
Relato – Experiencia de uso | Poema - Bagatela – José Emilio Pacheco | Reseña - La viralidad del mal – Proyecto una | Frase Robada – Alma Delia Murillo | Bonus track
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