Mi perra vida

Mi perra vida

Download on the App Store

Mi perra vida episodes

  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 17.
    Relato – Como te ven te tratan | Poema – Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli | Reseña – El monte de las furias – Fernanda Trías | Frase robada – Santiago Alba Rico | Bonus track – Espergesia – Cesar Vallejo
    Como te ven te tratan

    Seré sincero, no sabía si tocar este tema o no. Se presta a miles de prejuicios, estereotipos, racismos, entre otras tantas formas de discriminación.

    Pero si uno decidió autoalojar su blog es para tener libertad, pero también responsabilidad de sus palabras. Aclaro que esto no es un ensayo, sencillamente es algo que me ha estado molestando los últimos meses y así que me decidí a escribirlo.

    Le dí este título porque haciendo memoria, la primera referencia que tengo del tema data de mucho tiempo atrás. Cuando era muy pequeño, pienso que entre los seis y diez años, casi seguro que a consecuencia de mi pertinaz deseo de no limpiar mis zapatos para la escuela, en casa me decían la fatídica frase. Pero no piensen que desde la perspectiva del ejecutor, sino del ejecutado. Mi condición económica me hacía susceptible de verme juzgado por la forma en que me vestía, en particular por los que tenía los medios para vestirse con muchos más recursos.

    Si me pongo muy emotivo considero que para nada era buena idea decirle eso a un infante, pero entiendo que a ellos les aplicaran esa regla y buscaban domar mi rebeldía, para evitarme sinsabores en el futuro, pero les voy avisando que no funcionó del todo.

    Sin embargo, este fracaso tuvo latencia. Pienso que hasta la pandemia el mantra racista funcionó, y traté en la medida de mis posibilidades de adherirme a los usos y costumbres de apariencias que mi entorno dictaba, con bastante poco éxito ya que, para sorpresa de nadie, nunca me he sentido genuinamente atraído a dedicarle tiempo y dinero a mi apariencia personal, intentaba solo cumplir, pero sin expectativas. Obviamente en algunas ocasiones recibía comentarios “bromistas” sobre mi desinterés en demostrar un gran, o al menos mejor, estatus socioeconómico a través de mi atavío. Pero bueno, quién me manda meterme donde me meto.

    Pero volviendo a la pandemia. Tres cosas sucedieron: se relajó la etiqueta entre el gremio médico ya que todos usábamos uniforme quirúrgico (aunque al paso de los años, otra vez los pasillos parecen pasarelas); me adentré profundamente en la literatura, labor que confirmaba mis convicciones antes el postureo y su papel de control social y alineación; y alcancé cierta estabilidad económica y profesional, dotándome de seguridad que no dependía de florituras.

    Estas tres variables se amalgamaron para que fuese una anacoreta, misántropo y nihilista, con una amplia y notable excepción, mis pacientes, mi leitmotiv; el resto de mis actividades son accesorias. Fuera de la relación médico-paciente, que tampoco requiere de grandes adornos gracias a la bendita bata, sí que me he ido olvidando de cumplir con las normas de apariencia que de mí se esperan, y me he ido mudando a sus antípodas, obvio dentro de ciertos límites. Pero si he notado cómo en congresos científicos, reuniones de trabajo, actividades de “integración” laboral y otros eventos académicos; este desinterés sobre mi apariencia causa una especie de rechazo y porque no, un sutil racismo. Cumpliéndose así de manera profética las palabras escuchadas en mi infancia “como te ven te tratan”, o al menos te tratan diferente. No niego que en más de una ocasión si me afectó este comportamiento, pero a todo se acostumbra uno, y desarrollé un alto sentido de la ataraxia.

    Este desenfado primero fue en lo verbal, después en la apariencia y recientemente en el tipo de compromisos que tiendo a aceptar.

    En estos momentos se estarán preguntando ¿por qué si tan a gusto está, viene a hacer catarsis en Mi Perra Vida? Pues porque hace unos días tenía que dar una conferencia organizada por la Academia Nacional de Medicina, y me pareció razonable alejarme del aspecto fodongo y desembarazado, para ponerme saco y corbata, tampoco nada del otro mundo.

    Así ataviado de tan extraña manera, muchas personas manifestaron su aprobación, que entiendo era con buenas intenciones (o no), pero eso no deja de confirmar el título de esta entrada en mi blog.

    A partir de entonces he estado pensando cómo buena parte de mi círculo laboral invierta cantidades ingentes de tiempo, trabajo y dinero en mantener un estatus y apariencia para que los traten bien.

    Honestamente no planeo dedicar más horas al trabajo, que ya de por si parezco malabarista, ni planeo que los pacientes paguen mis inseguridades de las que se aprovecha la sociedad de consumo. Y no puedo negar que al estar consciente de esta situación mi forma de postureo también es una expresión de motivos.

    Así que, ni se emocionen, este fodongo seguirá llegando en bicicleta a trabajar con los mismos trapos que de costumbre.

    Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli

    Mis amigos, los poetas malditos,
    lo dieron todo por la poesía,
    no tengo palabras para explicarlo,
    siguieron su feroz instinto día a día,
    no transaron en ningún momento
    con sus ideales, su vida, su poesía,
    no se hicieron querer por el poder,
    como dijo Enrique Lihn sin anestesia,
    no fueron bufones, ni diplomáticos,
    ni adictos a los premios de ocasión
    ni oficiales, o a becas internacionales.
    Fueron poetas que no se escondieron
    detrás de las palabras, dijeron
    lo que pensaron, lo que corría
    por sus venas, fueron fieles a su tiempo,
    a sus sagradas palabras que acompañaron
    paso a paso sus días, los años intangibles
    de unos sueños inconfesables.
    Les agradezco haber compartido
    el rayo misterioso de la poesía.

    El monte de las furias – Fernanda Trías

    Ante un mundo hostil, incomprensible, donde todo te da la espalda. Donde la historia de quienes te precedieron te persigue y se convierte más que, en una herencia, en un saco que debes arrastrar como un lastre. En este escenario el ostracismo no parece descabellado. Especialmente cuando tu destino, de un modo u otro, dialoga contigo sin prejuicios. Bajo estas circunstancias la montaña, personaje vivo y participe de la novela, impone reglas elementales de convivencia, que por mucho son preferibles a las canónicas socialmente determinadas.

    La montaña y la montañesa (nuestras protagonistas) hablan. La humana escribe de manera catártica, sin más alcances, sólo ahí se entrega de algún modo y descarga el peso que la somete. La montaña por su lado observa, pero comprende o al menos lo intenta, pero lo más relevante es que siente y es consciente del daño de la humanidad.

    Hasta que un día aparecen cuerpos sin vida, a los que hay que cuidar (porque también lo que no tiene vida hay que cuidarlo). El significado y veracidad de este fenómeno es una herramienta muy interesante de la novela, ya que es el cartapacio que nosotros podemos rellenar.

    Estas apariciones mortecinas se torna la sustancia de aquello que nos vuelve humanos; no las máquinas, la religión, el dinero, ni siquiera el amor; tan sólo el cuidado del otro, incluso en los últimos momentos, donde la cruda realidad indica que, ante el evento final ya nada es relevante. Incluso ahí, o más bien ahí ante lo contundente, la alteridad se torna un valor revolucionario y por lo tanto susceptible de ser aniquilado.

    Es una novela interesante que, explora recursos para subrayar sus intenciones, y que nos enfrenta con la naturaleza, pero en especial con su némesis, nosotros mismos.

    Frase robada – Santiago Alba Rico

    Al lugar donde vivimos podemos llamarlo realidad; al lugar donde se decide nuestra vida podemos llamarlo verdad.

    Bonus track
    Macchiato defendiéndome de mi fobia, los pulpos.
    Esta foto me dejó confundido (lo cual no justifica su desenfoque), si algo así se viera en Berlín pensaríamos que, es una instalación de algún artista de vanguardia. Me gustaría saber si ningún infante salió lastimado, o de dónde sale es silla. Y lo más importante cómo llegó ese carrito de juguete a una vía de alta velocidad. En fin, enigmas de la Ciudad de México.

    20 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 16.
    Relato – Un mundo raro | Poema – Indeseable – José Emilio Pachecho| Reseña – El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Tibuteac | Frase robada – Fernanda Trías | Bonus track – Lo fatal – Ruben Dario
    Un mundo raro

    Este mundo se está poniendo agresivo o puede que siempre haya si así y que mi percepción ha cambiado.

    La hostilidad aparece en cada esquina, incluso en los lugares que pensaba eran santuarios. Familia, amigos, trabajo; ya no hablemos de redes sociales o aplicaciones en el teléfono, cine, periódicos y mucha literatura.

    Intentando leer El Quijote, es patente que el mundo hace más de cuatrocientos años ya era así, o él también así lo veía. Parecía que alucinaba, pero servía para subrayar o hacer notar a través del contraste, lo factual de la violencia cotidiana, normalizada, pero particularmente anestesiada.

    Paradojicamente en esta modernidad se consolida la felicidad, la comodidad y el bienestar como la industria que mueve y justifica todo. A lo largo del día somos principalmente un medio para transferir de un lado al otro, normalmente hacia quién ya posee cantidades groseras de recursos.

    Dejamos de ser ciudadanos, para convertirnos en consumidores. Desde que sales de casa, ya sea en el transporte público, en el auto, en bicicleta o caminando, todo el tiempo buscan tus ojos y oídos para venderte algo, hasta cuando crees que sólo te estás divirtiendo escuchando un podcast, u observando la idílica vida de tus contactos, incluso ahí, o predominantemente ahí, cientos de empresas están crean un perfil superior a tu imagen y semejanza para que, tarde o (más bien) temprano te vendan algo, o le venda a alguien tu perfil a alguien que te venda algo.

    Todo el día esquivando el equivalente virtual de una o miles de minas antipersona, aquellas que en la praxis buscan herir gravemente, mutilar, de ningún modo matar, tan sólo desmoralizar al enemigo; eso buscan con nuestra libertad de pensar o actuar.

    Apenas abro los ojos, normalmente cansado, y tengo que hacer mi mayor esfuerzo por no decirle al teléfono que ta me desperté. Camino al trabajo donde antes solo había casas o en el peor escenario grafitis, pintas, hoy está lleno de anuncios brillantes y coloridos. ¿Sólo para mí son molestos, excesivos, intrusivos?

    Imposible tolerar el silencio, así que escuchas o pero aún lees mientras manejas, mensajes o ideas de segunda mando, simples y sencillos; pero altamente eficaces cargados de irracionalidad, apenas regurgitados de boca en boca, sin alma ni pensamiento. Los mismos que usará para llenar el vacío en el elevador, antes de una innecesaria y burocrática junta, o en esos ejercicios de postureo con tu selecto grupo de amistadaes. Vivir una vida de segunda opiniones, pensamientos y sentimientos de segunda mano, una subsistencia fugaz.

    Si eres de los privilegiados, o anormal, o anacoreta que intenta encontrar un huevo para escucharse, para permitir que la nada le roce la mano, tendrá una, dos o más pantallas advirtiéndole del pecado de la improductividad, te hace recordar que todo se puede mercadear.

    Miedo tengo y por tanto apago el interruptor (ojalá el botón funcionara) para no ver cómo tus cercanos cada vez están más lejos de ti y más cerca de esa pantalla que nos muestra un universo absurdo, innecesario, polarizado, intolerante. Así que sólo queda escuchar con tristeza cómo se te han desquebrajado los referentes, y sales más sólo de lo que entraste.

    ¿En qué momento la interacción con los otros se transformó en un monólogo? ¿Cuándo dejaron de enriquecer las conversaciones? Para solo ser ahora la confirmación del absurdo. Infeliz este mundo en el que la gente convive, te drena, ta cansa, te seca. ¿Cuándo fue la última vez que saliste estimulado, animado o esperanzado de una reunión?

    Sólo espero el ocaso deseando que en mis sueños haya tristeza, sufrimiento o felicidad y pasión, pero mías. Espero que a nadie se le ocurra un “revolucionario” dispositivo que optimice el sueño, y así seas más productivo y de pasada, así como llevaron nutella a la luna; ahora promuevan la champions mientras te duermes. De momento ya llevan el camino andado, no por nada el número de adolescentes que duerme menos de cinco horas cada noche aumenta, en la misma proporción que se reduce el número de personas que lo hace ocho horas o más. Pero también, aún no sé a quien culpar o culparme, a las cuatro de la mañana un pensamiento absurdo en su diurno habitat, se me injerta en el cerebro para rumiar escenarios y pensamientos que no llevan a ningún lado.

    Estoy, o estamos en realidad no sé, en un laberinto de topología y teselaciones aberrantes. Lo que sí sé, es que quiero y no encuentro la salida, un atisbo de absurda y pueril esperanza, un mensaje simple eficaz y contundente. Algo como ese mensaje en una botella en medio del mar que le escuche a Juan Tallón dedicando un libro con la siguiente frase “con la esperanza de que el futuro tengamos más tiempo para hacer menos cosas”.

    Indeseable – José Emilio Pachecho

    No me deja pasar el guardia.

    He traspasado el límite de edad.

    Provengo de un país que ya no existe.

    Mis papeles no están en orden.

    Me falta un sello.

    Necesito otra firma.

    No hablo el idioma.

    No tengo cuenta en el banco.

    Reprobé el examen de admisión.

    Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.

    Me desemplearon hoy y para siempre.

    Carezco por completo de influencias.

    Llevo aquí en este mundo largo tiempo.

    Y nuestros amos dicen que ya es hora

    de callarme y hundirme en la basura.

    El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Tibuteac

    El cuarto mandamiento indica “honrarás a tu padre y a tu madre”. Tal como se esperaba, el uso de reglas para la contención del orden social (pueden llamarlo leyes, religión, código de conducta, etc.) genera conflictos, pareciera que el enfrentamiento es una cualidad intrínseca al pensar y sentir humanos. Ojalá Alan Turing hubiera usado el conflicto como una de las capacidades a superar en su famosa prueba, y así hoy por hoy, no llamaríamos IA a la bazofIA que nos inunda hasta en el retrete.

    Pero regresando a los conflictos maternos-paternos-filialales, existen incontables casos reales y bastante cotidianos sobre la herejía ejercida ante el cuarto mandamiento. Algunos de ellos francamente inhumanos y otros hasta comprensibles, es decir hay de todo en la viña del señor (siguiente el tenor religioso).

    En esta primer novela de la moldava Tatiana Tibuteac se explorar una relación materno-filia muy tortuosa, determinada en buena medida por el trastorno psiquiátrico del hijo y seguramente un entorno social y cultural que llevaron a la madre a tomar algunas decisiones que no ayudaron.

    Propiamente no se explora la génesis de la desastrosa o ausente relación madre e hijo. Tiene un inicio in media res que progresa continuamente hacia futuro (muy) finito de ella que, tiene “un cáncer rabioso” y su único deseo es morir intentando apagar el infierno que la separa de su hijo. Esto hace que el inicio sea cruento y perturbador, pero una vez establecido el escenario, en la campiña francesa, en la que pasarán sus últimos días juntos, el cáncer crea metástasis, pero no solo de células que devastan cada uno de sus órganos, sino también de las pocas emociones que existían entre ellos, potenciándolas en búsqueda de redención.

    Desde esta perspectiva el argumento es un cliché, en el que el amor perdona y puede todo, y que sucesos tan determinantes como la muerte pueden ser el detonante. Pero el hecho de que el hijo sea un enfermo psiquiátrico y que a partir de esta mezcolanza encuentra la exención en el arte, transmutando de un apestado a una figura notable, le torna de cierta excentricidad.

    Sin embargo, y más allá del lugar común, la capacidad de Tatiana Tibuteac para explorar los personajes está bastante bien lograda, permitiendo introyectar al lector en lo que todos, en mayor o menor medida experimentamos. Al final del día no hay familia perfecta, aunque parezca.

    Es una novela que lleva a la reflexión y espero me sea de utilidad, que buen falta me hace. Al final el corolario de la obra está en una frase perdida, donde ella le dice “te he querido como he podido”.

    Frase robada – Fernanda Trías

    Para la vida no se necesita diccionario, dejamequetediga, se necesitan conocidos y obediencia.

    Bonus track

    Les dejo el podcast de gente aburrida, donde hablamos de la película de Mario Bros de hace cuarenta años

    Señor insecto en la puerta de la casa, este sí que se veía grande, muy perseverante, subió dos pisos, pero no me quedó claro el objetivo de la travesía, tal vez sólo estaba entrenando.

    Vean esta creatura tan inocente, tiene hecha pedazos la tortuga, pero me mira como si no hubiera hecho nada. Pero se le perdona por hermosa.

    18 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 15.
    Relato – Réquiem por la redes sociales | Bonus track
    Réquiem por la redes sociales

    Desde que nací y hasta los veintitrés años, me enteraba de lo que ocurría en mi círculo familiar y amistades a través de la presencialidad. Para informarme sobre mis intereses, pasatiempos y educación, recurría a la materialidad; libros, revistas especializadas, algún fanzine o publicación independiente. Y de lo que pasaba más allá de esas fronteras, me arropaba en una primitiva virtualidad, en dos connotaciones. Virtualmente me importaba poco o muy poco lo que superaba mis límites físicos. Y si la sociedad “te obligaba” a interesarte por estos lejanos sucesos, los resolvía con la radio y televisión.

    Hoy, para sorpresa de muchos, se podía vivir, y no en la época de las cavernas ni en la ignominia, es más, décadas y cientos de años antes esos eventos lejanos eran comunicados aún más despacio y con menos eficacia. En esas circunstancias se sentaron las bases de los medios digitales de comunicación que usamos desde hace veinticinco años.

    Esto viene, no a modo de nostalgia, que honestamente puede oler a choquía e incluso ser inerte. Lo comento por el hecho puro, duro y tácito de que el 98.75% del tiempo de la humanidad después de Cristo, ha transcurrido sin redes sociales, tal como las conocemos actualmente, no en su sentido social o antropológico.

    Es innegable que estas tecnologías han perfilado nuestra realidad, pero siguen siendo jóvenes en una perspectiva más amplia, y sólo para la generación zeta y las que le siguen, se pueden considerar totalmente nativas, para todo el resto han sido tecnologías de transición, adquiridas, esto es para cerca del 75% de la población mundial. Toda esta diatriba es para pedirles (salvo a los nacidos desde el años 2000) sensatez cuando comenten con tono asombrado, ofendido y voz chillona “no sé que haría sin redes sociales” o peor “el mundo es inadmisible sin redes sociales”, porque su paquete de nacimiento y crecimiento no las tenía incluidas.

    Algo que no ha cambiado desde que la humanidad es lo que es, ha sido su interés por saber lo que ocurre a su alrededor, ya sea con fines puros o perversos, es algo muy atávico. Cumpliré entonces con esa tradición y contaré, cómo a cuentas gotas han ido muriendo las redes sociales para mi.

    Juan José Millás en el periódico El País dice “no [hay] que poseer cosas que no [seas] capaz de cuidar”. Perspectiva que no considera al operario, usuario o humano que toma esa responsabilidad, pone la perspectiva utilitarista del objeto (aunque luego ahonda sobre el impacto que esto tiene en la sociedad) . Pero incluso esa perspectiva pasa desapercibida cuando llenamos el teléfono (que básicamente es una extensión de nuestra vida) con las innumerables aplicaciones para mantenernos en contacto y comunicación con los que queremos. Vale la pena acotar esto último, todas las aplicaciones y sus modelos de negocio están diseñados para generar ganancias (no pocas) a sus dueños, no buscan un avance o mejorar de nuestras relaciones sociales. Ya instaladas y habiéndoles dado autorización total sobre todo el contenido del teléfono, comenzarán a hacer de manera cotidiana (o mucho más frecuentemente) lo que por ejemplo, tu automóvil hace cada tantos miles de kilómetros, pedir tu atención para que “las cuides”.

    De este modo nos llenamos de cosas a la que hay que cuidar, hay que alimentarlas, informarlas; y no porque mi madre y mi padre (que tengo abandonados) estén preocupados por ver la foto de mi desayuno o esperen con ansia y devoción mi cuidada selección de memes. No, la aplicación quiere atención y cuidado porque mientras más lo hagas, el modelo de negocio cumple su propósito.

    Pero si piensan que soy un ludita de principios del siglo XXI, no es así. Así como en sesión de Alcohólicos Anónimos, debo confesar que tuve muchas de las aplicaciones de redes sociales (primero en su versión para computadora y después su edición adictiva para el teléfono). Hi5 o myspace (no recuerdo exactamente con cual me inicie), facebook, instagram, pinterest, youtube (si, también es considerada red social), linkedin, snapchat, vine, tumblr, twitter (cuando así se llamaba), swarm, threads, medium y substack; tal vez se me escape alguna pequeña o que no tuvo tanto impacto, pero mi freno fue tiktok, que ahora que lo pienso, abrí un perfil y no recuerdo exactamente para qué (creo que para poner poesía, fracaso asegurado); sobre esto último agregaré a mi currículo la insignia de “sobreviviente del tiktok”, una de las redes más adictivas.

    Como era esperable todas me gustaron, que para eso le meten millones de dólares y contratan a las cabeza mas brillantes. Pero tras varios años me afinqué en youtube, instragram, facebook y linkedin; no poca cosa. No me pregunten qué demonios esperaba de ellas, porque la respuesta puede ser extensa y seguramente confusa, pero lo que empezó como medio de expresión y/o comunicación, terminó como forma de buscar obtener reconocimiento efímero (es decir un me gusta qué significa realmente, pero cuanta paz otorga); pero además también e ilusoriamente cumplir con la primera ley de la meritocracia, monetizar todos incluyendo tu vida, profesión y familia.

    En mayor o menor medida todas me “regalaban” reconocimiento, pero como decía Juan José Millás, hay que cuidarlas, incluso contratando a un tercero (tercera en mi caso) para que me ayudara, y honestamente en mi debacle así fue como se hicieron cargo de ellas por al menos un par de años. La única que cumplió la promesa de monetización directa, osea recibir dinero en la cuenta del banco, fue youtube; tampoco era que me entregaran las joyas de la corona, unos cien dólares al mes (insuficiente para pagarle a la community manager), juntando dos canales, uno de gastroenterología y otro de hepatología, con cerca de 100,000 seguidores y un poco mas de 300 vídeos. Pero este aparente beneficio venía cargado de un número basto de comentarios a los que alguien “tenía” que dar respuesta. Todos ellos; exagero, el 99% de ellos; variaban entre mensajes de odio y la evidencia empírica de que a un gran porcentaje de la población le faltó ácido fólico durante la estancia en los vientres de sus progenitoras. De este modo el trabajo, que claramente no pagaba ni la gasolina, implicaba crear vídeos, es decir varias horas invertidas y encontrar una cantidad ingente de eufemismos para evitar decirle a mis seguidores que sus comentarios eran una rotunda idiotez.

    En facebook con 16000 seguidores ocurría algo similar. Y bueno, en instragram intentaba que fuera “mas personal”, lo cual implicaba ser políticamente correcto e intentar cumplir con el estereotipo de blanquitud y bienestar que norman lo cánones. De los casi 1000 seguidores recibía esos me gusta (cerca de diez o doce por publicación) que eran como un bálsamo para mi autoestima clasemediera.

    Finalmente linkedin, con casi 7000 contactos, creía que era mas neutral o al menos profesional, pero al final se transformó en un twitter o instagram de la oficina, siendo la única diferencia que había menos mensajes de odio; bueno hasta que se me ocurrió criticar al bodrio de donald trump, y un whitexican se transformó en su adalid y confirmó que era un racista de enciclopédica ignorancia.

    Sería muy difícil y largo explicar los motivos de mis decisiones; esta relatoría ya de por sí se esta alargando demasiado; pero fueron muriendo una a una, dejé de interesarme primero en facebook, luego youtube, linkedin e instagram. Esto se fue dando en los últimos dos años (tal vez más tiempo con facebook). Inicié quitando las notificaciones de en el teléfono o por correo, luego desinstalando las aplicaciones e incluso ya ni en la computadora las veía.

    ¿Y saben qué pasó? Nada, osea no me sentí liberado del yugo de las megacorporaciones, ni mucho menos con renovada autoridad moral, pero tampoco me siento en la edad media (y eso que hasta spotify abandoné).

    Llegados a este punto tendremos la esperada sesión de preguntas y respuestas.

    ¿Cómo te enteras de lo que pasa con tu familia y amigos?

    Como puedo, en general cuando me encuentro con la gente cara a cara me actualizan, sé que no con el detalle ni la inmediatez de antes, pero no siento que me esté perdiendo de algo relevante.

    ¿Sabes algo del mundo o la misantropía te devoró?

    Leo casi a diario el periódico El País (no es comercial) y a través de una aplicación que lee RSS me llega información de medios periodísticos directamente y sin interpretaciones, ni intermediarios. Y si algo es lo suficientemente importante para saberlo en tiempo real, alguna persona me lo hace saber, pero de manera espontánea.

    ¿Y tus aficiones o intereses personales cómo los satisfaces?

    Esta es la noticia más importante, una anatema, tengo (en algún modo de posesión) una red social que se llama Mastodon, pero aún no están preparados para tener esa conversación.

    ¿Sigues usando alguna red social popular aunque sea en secreto?

    Uso los estados de whatsapp, cada vez menos, pero ocasionalmente tengo mis caídas. Y subo imágenes o enlaces siguiendo la estrategia meme->meme->mensaje anticapitalista. Pero sólo estoy esperando que pongan publicidad y también dejaré de usarlos.

    Pues bien esta fue la triste historia de mis redes sociales, que no intenta ser una fábula, sino la descripción de su agonía, muerte, entierro; y por supuesto su réquiem.

    Nota: el uso inadecuado de algunas mayúsculas es completamente deliberado y es una expresión de motivos.

    Bonus track
    Así se encontraba la montaña el fin de semana pasado, nublado, y aunque ha llovido el pastizal aún no reverdece y el viento lo “peina”. Cabe aclarar que iba con las perras y nos toco lluvia y truenos.

    Aquí la evidencia de que estaban tratando de escapar de la tormenta.
    Este video requiere mucha atención lo grabé porque me llamó la atención que hubiese una escalera para subir a un árbol en una de las avenidas más importantes del sur de la Ciudad de México (Viaducto-Tlalpan) lo interesante es que hasta el final esta una persona, que asumo vive ahí, desafortunadamente no pude enfocarlo bien, me pareció una intromisión.

    15 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 14.
    Relato – El espejo (5) | Poema – Alas de páginas – Kellyath Clementine | Reseña – Antología fantástica – Anna O’Malley – Valentina Marini | Frase robada – Juan Villoro | Bonus track – Las alas del colibri – Norma Lazo
    El espejo (5)

    -episodio anterior-

    Nada más alejado de la realidad pensar en una vida normal tan sólo deshaciéndome de mis reflejos. En la cotidianidad era más o menos sencillo esquivarlos o evitar verme directamente a los ojos por más de un par de segundos. A los pocos días de haber creído que lo había logrado, poco a poco, con paciencia el destino encontró esa grieta por la cual cobrarme las facturas de lo que soy e hice.

    Comencé despertándome agitado, siempre alrededor de las tres de la mañana. Conforme la verdad se me iba acumulando, ese despertar se convirtió en una tortura, mi cuerpo trémulo, sudoroso, febril, con la boca seca, arenosa y mis movimientos lentos desordenados que intentaban escapar de mis sueños; tras un par de horas terminaba vomitando, no sé cómo pero siempre algo gris, como si hubiera cenado puños de cemento. Al vaciar por completo mis entrañas por fin descansaba un poco y dormitaba máximo una hora más y me tenía que ir a la oficina. Conforme las noches y el malestar se acumulaban, mi cuerpo iba pagando a cuenta gotas cada una de sus facturas.

    Aunque trataba que mis despertares nocturnos no afectaran mi vida laboral, no dejaba lugar a dudas.

    -¿Estás bien? -me preguntó Poncho una vez que subimos solos en el elevador.

    Me excusé diciendo que padecía insomnio y que eso me tenía muy mal. Poncho puso cara de fingir creerme.

    -Pues mejor ve con el médico o has algo, si sigues así no vas a durar mucho.

    Pensé que sus palabras algo forzadas, tenían cierta verdad, ya que estas pesadillas no respetaban cansancio, jornada laboral o día de la semana, apenas maldurmiendo tres o cuatro horas diarias y con un apetito casi extinto, mi cuerpo y la psique estaban muy deteriorados.

    No había madrugada en la que no buscara una solución a esta situación. Después de vaciar violentamente el estómago, en esos minutos que preceden al sueño inundado de días de fatiga, eran uno de los instantes donde perdía por completo la lucidez. En ese momento, ante la debilidad no sólo física, el suicidio era una de las respuestas a la que llegaba. Pero mi lógica elemental no me dejaba seducir por la idea de terminar mis días, sabía que todo esto había comenzado en El Pueblo de las Brujas.

    Me afané en buscar a alguien que me pudiera ayudar. Tal búsqueda fue infructuosa, pasé semanas visitando brujas, chamanes, mediums, cualquier variante de lo paranomal, pero la respuesta era la misma; cara de susto y negativa a ayudarme. Siempre había visitado mujeres, hasta que una de ellas me envió con él.

    -Él trata con fuerzas de otras tierras -me dijo la chamana que no pudo hacer nada, más que escuchar mis historias.

    Encontrarme con él no era tarea fácil, demasiadas negativas, evasivas y desconfianza. Hasta que después de varios intentos por fin pudimos concertar una cita. Para mi sorpresa fue en un hotel de paso en la periferia de la ciudad. Yo no sabía que pensar, aunque por supuesto lo obvio; que el tipo fuera un pervertido. Pero mi extenuación terminó por domesticar mi sentido común, y saliendo de trabajar un viernes me dispuse a encontrarme con el mentado brujo.

    El encuentro fue muy extraño, verlo esperando en la recepción y saludarme como si fuera una reunión de negocios, no solo a mi me pareció anormal; los empleados acostumbrados a reuniones más ocultas, endosadas de vergüenza o culpa, no daban crédito a lo que presenciaban; un tipo de aspecto algo suigéneris acordando reglas con alguien de mi aspecto tan venido a menos.

    Me dio un apretón de manos que duro y se sintió más de lo usual.

    -Tenían razón -me dijo mientras me miraba fijamente, estrechando la mano -tu no perteneces a este sitio, no va a ser tarea fácil volverte de donde te sacaron. Me voy a adelantar, te marco a la recepción para que pases.

    Me quedé sentado esperando, consternado. No sabía exactamente que pensar. Los minutos pasaron, hasta que al final y con algo de malicia, los encargados de la recepción me dijeron que pasara a la habitación.

    Entré sin tocar a la puerta, el cuarto estaba en penumbra, movió los efímeros muebles, con una distribución parecida a la de la casa en El Pueblo de las Brujas, la pequeña mesa, dos sillas en el centro de la habitación y espejos distribuidos en forma de pentágono. El recuerdo me puso nervioso y dudaba si sentarme o no. Él lo notó e insistió en que tomara asiento.

    -Sé lo que estás pensando, ya me contaron lo que pasó. Desafortunadamente mi colega no estaba preparada, y se le salió de las manos, lamentablemente lo pagó caro. Trataré de ser cauto y lograr desenquistar eso que corroe el alma.

    Al sentarme colocó una mascada negra que me cubría la cara, mientras escuchaba una oración que se repetía una y otra vez al ir descubriendo los espejos colocados en la periferia. Mientras rezaba escuchaba que algo derramaba a mi alrededor.

    -Voy a descubrirte la cara, no importa lo que veas, quiero que permanezcas sentado.

    Asentí, mientras me descubría el rostro, en lo que mis ojos se habituaban miré en el suelo un círculo de arena que me rodeaba. Levanté la vista con miedo y el espejo frente a mi tenía mi reflejo que, como en otras ocasiones, a los pocos segundos comenzó a sangrar.

    -Tranquilo, apenas vamos comenzando -me dijo con tono sereno.

    Voltee a los espejos laterales, y en cada uno de ellos el reflejo obedecía mis movimientos, pero la imagen no me representaba. Diversos animales antropomorfos; la cabeza de una cabra, un cerdo, una serpiente, un toro y una mosca inmensa; se reflejaban en donde debía aparecer mi figura.

    -¿Te das cuenta? -dijeron a mi espalda- cada animal es un demonio, normalmente vemos uno o dos, pero tu caso es especial, estás infestado. Déjate llevar por uno de ellos, ahí encontraras las respuestas que buscas.

    Volteaba sudoroso a cada uno de los espejos, aterrorizado de lo que observaba, sin saber cuál de ellos era el adecuado, la imagen del cerdo se quedó estática por dos segundos, era una señal. Me le quedé viendo fijamente y me hundí en sus ojos llenos de fuego, fulguraban, al persistir en ellos, menos presente me percibía, hasta que logré verme sentado frente a la mujer que sostenía mis manos, cuando vio mi rostro porcino frente a ella, el miedo afloró. Sentía su miedo en las venas, me acerqué para olfatearla, sabía que se sentía perdida, así que la ataqué con la mandíbula en su cuello, bebiendo su sangre hasta que se vació.

    -Cada uno de los demonios que ves en los espejos debe tener una historia parecida -me dijo una voz que me rodeaba distante.

    Volví al cuarto de hotel y me levanté de la silla, giré hacia atrás, él se retrajo al verme. A modo de defensa miro el círculo de arena que me circundaba mientras pasaba las cuentas de un rosario entre los dedos y rezaba ansiosamente.

    -¿Crees que tus vulgares malabares me detendrán? -le dije con una voz desconectada de mi cuerpo, y de sus emociones.

    Como si no hubiera nada crucé el círculo marcado en el piso y me acerqué, tomé su cuello entre mis manos y comencé a sujetarlo contra su voluntad, sus movimientos convulsos no me detuvieron, hasta que cedió y su cuerpo quedó tendido en el piso.

    Algo dentro de mí me obligó a golpear los espejos, uno a uno hasta hacerlos pedazos, los rostros animales desaparecían, el cerdo fue el último en ser escombros de vidrio.

    Estaba hincado en medio de la habitación con las manos ensangrentadas. No supe cuánto tiempo había pasado ni cuánto tiempo estuve tirado llorando, pero cuando decidí escapar de ese cuarto, la noche estaba muy avanzada.

    Desde entonces, y de esto ya hace bastante tiempo, vivo esperando que la policía venga a buscarme, por esa mujer o ese hombre, a los que les arrebaté la vida.

    Y como desde el inicio, todas las noches son una pesadilla, mi cuerpo se agita, reniega se maldice por lo que le ocurre durante las madrugadas, y se desgasta por mantener ocultos a mis demonios.

    Evito cualquier situación que implique mi reflejo en un espejo, lo que de momento sé fue la puerta de entrada a sus mundos. Esta tarea no ha sido tan difícil, ya que mi aspecto se deteriora día tras días, meses de no dormir, me han conferido un aspecto enfermo, lúgubre.

    Mis colegas insisten en que vaya al médico, pero no saben que esos demonios no se extirpan con una cirugía, así que me están consumiendo noche a noche, pero espero seguir manteniéndolos en su lado de el espejo.

    Alas de páginas – Kellyath Clementine

    Una niña, de espalda encorvada y esquelética

    abrió un libro a la mitad

    y lo cosió a sus escápulas.

    Le salieron alas

    de letras saladas.

    La niña leía y ya no lloraba.

    Se hizo una escalera con peldaños

    de papel y de madera

    para subir a lo más alto de la ladera

    de esta vida y así hacerla más llevadera.

    Cuando cayó en aguas profundas

    torció letras rotundas y se hizo una balsa de ideas

    que le llevase a buen puerto

    y así sobreviviera.

    Nevase o lloviera

    tenía un techo de tapa dura

    con paredes de hermosas letras.

    Su alimento está escrito en negro sobre siena.

    Bebió y bebió más verbos,

    esa era su tarea;

    construir mundos a base de signos

    que no entienda cualquiera,

    solo aquel necesitado de salvación y guía

    podría entender

    esta obsesión que fue mi salvación

    escondida entre poemas.

    Antología fantástica – Anna O’Malley | Valentina Marini

    Debo decir que este libro lo escogí accidentalmente, ya que su portada ilustrada con una calavera, serpientes, lobos y ángeles, me hizo pensar que compraba el título “Antología Satánica”, que tampoco era un rótulo atractivo, pero bueno, gustos son gustos.

    El caso es que, al verlo detalladamente noté que se antologaban cuentos de fantasía; un proyecto iniciado por las editoras, para que en junto con ilustradores formaran un interesante volumen; bastante conciliador con el género y muy poco ortodoxo, ya que, la fantasía es explorada en sus diversas vertientes, desde el dragón que cuida la torre de la princesa, hasta lobos que se hacen pasar por humanos para salir a copular con mujeres en bares y discotecas. Hay para todos lo gustos, pero tal vez no del agrado de los puristas.

    Normalmente me mantuvo entretenido, aunque durante su lectura estuve bastante enfermo, y no sé si eso haya influido en que mi percepción y gusto por el género son muy limitados, no logro que me termine de convencer. Paradojicamente sus manifestaciones menos fantasiosas son las que me agradaron un poco más.

    Pero bueno, el libro cumple su función, reunir buenos escritores, al parecer no todos consagrados, que exploran la fantasía y nos brindan diversas pinceladas, que tal vez en otras manos lleven a una experiencia más placentera.

    Frase robada – Juan Villoro

    El éxito es la estadística de los cretinos.

    Bonus track
    Para sorpresa de nadie, los semáforos de la Ciudad de México son una vergüenza, viejos, fundidos, a veces se sostienen por obra y gracia del espíritu santo, y cuando hace mucho viento dan ganas de rezar un rosario para evitar que se caigan y se cobren la vida de los transeúntes. Pero, so pretexto del partido inaugural del antes conocido como Estadio Azteca (ahora Banorte) se han dedicado a chulear lo más posible los alrededores. Esta foto tomada en la calle que lleva el nombre de uno de los grandes poetas mexicanos, vean el amor con este hombre a) esta lavando el semaforo o b) le está hidratando porque el calor esta bravo; el caso es el esmero que desencadena una campeonato de futbol.

    25 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 13.
    Relato – El espejo (4) | Poema – Mi casa III – Jazmin Campos Díaz | Reseña – Mujeres amores y otras rarezas – Soledad Arellano | Frase robada – Robert Penn Warren | Bonus track – El viudo – Diego Velázquez
    El Espejo (4)

    -capítulo 3-

    Esa primera noche fue el preámbulo del resto de todo. El cansancio de lo ocurrido auguraba que caería rendido. Pedí algo para cenar, no tenía deseos de ir al supermercado, me di una ducha más por compromiso que por deseo y me dispuse a dormir. La mentira se hizo patente, cerré los ojos y las ensoñaciones comenzaron a descender, trozos de recuerdos de todos los tiempos que, como los rayos de una tormenta me despertaban con espanto, sudando con el corazón en el cuello.

    Intentaba volver a conciliar el sueño pero la fórmula se repetía, en cada intento un recuerdo retorcido, transmutado me despertaba.

    Tuve que ver el reloj, no quería hacerlo, sabía que aún faltaba mucho para levantarme. Eran las tres de la mañana, la que se convertiría en mi nueva hora de despertar. Fastidiado de dormir a retazos me levanté por un poco de agua a la cocina; de regreso encendí la luz del baño, aproveché para enjuagarme la cara, con la esperanza de que se aplacaran los pensamientos. Me apoyé en el lavabo y dejé correr un poco de agua, me hipnotizaba el pequeño remolino que se formaba en el desagüe, me enjuagué tres o cuatro veces la cara, y al mirarme al espejo mi espanto me obligó a ahogar un grito, de mi cara escurría sangre, gruesas gotas, rutilantes que caían de mi reflejo. De inmediato tomé la toalla y me limpié la cara, para mi sorpresa estaba blanca y húmeda, pero en el reflejo persistía la sangre embarrada que se arrastraba con cada intento por limpiarme, froté con intensidad pero la sangre se empeñaba, vi el agua corriendo y me volví a mojar la cara; para mi incomprensión el agua era pura, limpia y al verme en el espejo mi reflejo otra vez estaba empapado de sangre. Volví a restregar la toalla que solo absorbió el agua de mi piel, pero me observaba con la sangre embarrada.

    Estaba temblando y agitado, observaba la cara en busca de heridas, pero sólo estaba la sangre que se comenzaba a secar y cuartear, me tire al suelo y abrazando las rodillas comencé a llorar con odio, con ahogo. No sé cuánto tiempo estuve así, pero desperté hecho un ovillo en el tapete felpudo del baño, todo me dolía y la cabeza apretaba fuerte, fui directo hacia la regadera no quería saber si mi reflejo seguía ahí, en una pesadilla.

    Me bañé mirando con atención el agua, el jabón en mis manos al lavarme la cara, nada fuera de lo usual. Tomé la toalla y me sequé, todo normal, pero mi temor era observar el reflejo, el miedo tomó le decisión por mi, y pasé directo a la recámara, prácticamente cerré los ojos al pasar frente al espejo encima del lavabo.

    Al salir al pasillo me pasé las manos por la cara, secas, sin rastros de nada. Comencé a vestirme y prepararme para ir a la oficina. Afortunadamente nunca he sido muy esmerado en mi apariencia personal, por lo que el otro espejo de la casa estaba en la habitación que uso como biblioteca y sala de televisión; antes de salir normalmente me veo rápidamente, más que por vanidad es para confirmar que lleve lo que tenga que llevar, el descuido me ha jugado malas pasadas con zapatos impares o combinaciones excesivamente eclécticas. Pero hoy confiaría en mis hábitos, no quería saber qué era lo que deparaba mi reflejo en esa luna de cuerpo entero.

    Mientras desayunaba, cada tanto me tocaba la frente y las mejillas, para corroborar que mis manos seguían limpias. Saqué mi cepillo de dientes y la pasta dental de la maleta de viaje, para asearme en la cocina.

    Al llegar a la oficina fui el centro de atención, todos estaban desconcertados por lo ocurrido en El Pueblo de las Brujas, en especial con lo que me había pasado. Al parecer para los otros no fue nada sorprendente; leerles la mano, lanzarles el Tarot, algunos rituales con hierbas e incienso, pero nada mas; bastante “normal” decían, así que, lo que yo les dijera era motivo de interés nacional.

    A la hora de la comida se dispusieron a darle coherencia a los fragmentos de la historia que repetían. Llegaron a la conclusión de que me habían drogado, sin tener un motivo claro; por algún momento mientras me llevaban al hospital, pensaban que me iba “a quedar en el viaje”. Antes de volver a nuestras actividades el corolario fue que me veía pésimo, muy demacrado, y la amnesia a partir de que me quedé atando las agujetas de mis zapatos, les impidió satisfacer su curiosidad y ser contundentes en sus opiniones. Decidí que no les contaría lo ocurrido al interior de la casa y lo que estaba sucediendo con mis sueños, mucho menos lo que pasaba con mi reflejo.

    La vida en la oficina anestesia el espíritu, la imaginación y porque no, hasta las maldiciones. Cursé la tarde casi con normalidad, pero conforme mis compañeros levantaban sus cosas para emprender el regreso a casa, mi temor aumentaba, aún no encontraba una solución al pánico de volver a mi departamento. A cuenta gotas se despedían con inusual entusiasmo. Terminé siendo el último en todo el piso, hasta que llegó el personal de seguridad para saber si me quedaría más tiempo y avisar al resto del equipo. Era absurda mi estrategia de evasión, así que, tomé mis cosas y volví sin afán a casa.

    Entré y me tiré en el sillón, estaba rendido, no sabía si deseaba más dormir o cenar algo, al final el sueño venció, y sin percatarme me recosté en el sofá.

    El frío me despertó o eso pensaba, decidí levantarme para irme a la cama, fui a la recámara a ponerme el pijama, volví a la cocina por agua y vi el reloj de pared, las tres de la mañana, la peor hora para la indecisión entre dormir o lamentarme del sueño que se alejó. Tomé el teléfono celular para distraerme pero la batería se había agotado. No lo pensé, la costumbre me hizo entrar al cuarto de televisión donde tenía el cargador y lo conecté, mientras me sentaba en la silla del escritorio a esperar que encendiera. La maldita duda me obligó a levantarme y acercarme al espejo de cuerpo entero. Me paré frente a el y todo parecía natural, mi cuerpo correspondía con la versión reflejada, hasta que tras unos segundos mi imagen dejó de moverse, estaba estática, desobediente a mis mandatos, no sabía qué hacer, algunos movimientos sutiles, temeroso de lo evidente. Se me ocurrió la absurda idea de mover mi dedo índice y apoyarlo en el pecho de ese otro, de la figura que no se movía, el dedo chocó con el duro vidrio, pero al verlo parecía que lo hubiera hundido en el pecho del inerte reflejo, estaba lleno de sangre.

    Absorto, buscaba el origen de esa sangre tibia, volví a observarme esperando la obediencia que finamente imitara mis actos, pero mi reflejo no sólo desobedecía mis mandatos, su semblante, los ojos y nariz sangraban; era lo único que se movía en el mundo del espejismo, ansioso pasé las manos sobre mi cara, permanecían secos, repetí la maniobra desordenadamente deseando que se llenaran de sangre, eso tendría más lógica que lo que estaba ocurriendo. Al ver mis manos limpias, lo único que se me ocurrió fue usarlas para golpear el espejo hasta romperlo, cedió a los primeros puñetazos, pero perseveré hasta que decenas de pedazos se me enterraran en los nudillos, y ahora si las manos se me llenaron de sangre. Desistí en el deseo de acabar con mis puños o mi reflejo cuando en los pocos fragmentos que permanecían, por fin tornó la obediencia, mi yo fragmentado en pedazos emulaba perfectamente mis movimientos.

    Decidido, con las manos ensangrentadas, tomé mi vaso con agua y fui al baño, antes de enjuagar las heridas, golpeé el espejo con el vaso hasta hacerlo pedazos, los fragmentos pegados a la pared finalmente sometidos me mostraban mis puños cerrados llenos de sangre. Esa sumisión me dio la tranquilidad para volver a la cama después de curarme las heridas y dormir por unas horas al fin.

    Mi casa III – Jazmin Campos Díaz

    La cucaracha jamás ha sido testigo
    de la risa que se despliega en las cortinas de la casa,
    se oculta despreocupada
    en los puntos ciegos de lo cotidiano
    del cuerpo, los azulejos sarrientos.

    Como hoja en blanco
    ella espera la posibilidad
        la caída, el desperdicio
    que mantenga su mordida
    la expresión del deseo
    traducida en un pedazo de membrillo
    una nube de huevo revuelto en el comedor
    restos de galleta debajo de la cama.

    La más astuta de todas
    resbala entre los pies
    no teme que la pisen
        teme que la encuentren.

    Mujeres
    amores
    y otras rarezas – Soledad Arellano

    Sé que es una visión romántica y profundamente cursi, esa de que lo libros son los que nos eligen, que están esperando en las estanterías de bibliotecas o ahora en las ofertas que, implacablemente te lanza amazon; independientemente de su génesis, el objetivo es encontrarte en el momento preciso.

    Ya alguna vez lo había experimentado, pero en esta ocasión sí que fue evidente el trazo inequívoco del destino, del cual soy un fiel escéptico, lo que me llevó a comprar lo que de momento parece el libro del año.

    Hacía tiempo que no iba a mi universidad, pero fui invitado a ser sinodal de un examen doctoral. Dado que en bicicleta el tiempo y la distancia son algo predecible, llegué considerablemente temprano, así que, decidí sentarme en los bancos del edificio central conocidos como “los ceniceros”, por su forma cuadrada y estar parcialmente enterrados. Lugar donde te podías encontrar con tus amigos y que se encuentra al lado de la librería. Después de ejercitar mi voyerismo y darme cuenta de que los paseantes no ofrecían nada interesante, me decidí a entrar. En mi pasado algunas veces además de libros de fisiología y bioquímica, encontré algún libro interesante, pero en ese entonces la medicina era lo que guiaba mis lecturas.

    Pero ahora iba con ojo explorador, que por cierto es bastante miope, porque no superé el primer estante. No tenía tiempo (nunca tengo tiempo) de explorar con detenimiento, ese primer montón de libros tenía una selección muy sincrética de obras editadas por la Universidad Autónoma Metropolitana.

    En un principio los vi con recelo; sociología, arquitectura, algo de literatura; estaban sellados, así que sólo me orientaba la portada y contraportada, tomé varios de formato pequeño que asumí eran poemarios. Mi atropellada forma de elegir y el hecho de que el título esté escrito en forma de verso y no en prosa, me llevaron a comprar esta hermosura de Soledad Arellano, que tras varios meses en mi librero, una noche en que la poesía de José Emilio Pacheco ya me había fastidiado y no andaba de ánimos para las cursilerías de Albert Camus y María Casares, lo tomé pensando que era poesía.

    Ya estaba entre las cobijas cuando me disponía a leerlo y me percaté que era un libro de cuentos, no tenía ganas de buscar algún otro, así que me puse a leer. Lejos de ayudar a tranquilizar el espíritu de un chilango abrumado por el absurdo, los cuentos cortos, muy cortos, resonaban como cartuchos de dinamita abriendo una mina.

    Son unos cuentos bárbaros, bárbaros en todas y cada una de las siete definiciones que provee el diccionario. En máximo tres o cuatro páginas arroja una historia que cumple con el formato, ya que al final de cada uno, un gancho al hígado, al corazón o al alma te lanzan a la lona. Ataviados de oscuridad, tristeza e ironía, están perfectamente escritos.

    La mala noticia es que no los he encontrado en las librerías convencionales, algo me hace pensar que era de las últimas copias en remate. Me estoy queriendo quitar la pereza e ir a comprar todos los ejemplares, pero de momento la holgazanería va ganando la batalla.

    En definitiva encontré o me encontró uno de los libros que será finalista para mejor libro del año.

    Frase robada – Robert Penn Warren

    Si de algo se puede estar seguro es de que ninguna historia termina realmente.

    Bonus track
    En camino al Desierto de los Leones o sus alrededores, la realidad es que no me quedó muy claro dónde estaba exactamente, pero el camino estaba increíble, paisajes que no parecen parte de la Ciudad de México.
    Hablando de la Ciudad de México es todo ese monstruo detrás de los árboles que parece extenderse hasta el infinito. Somos supervivientes como ratas, sólo vean esa nube de contaminación que nos cubre, y que de milagro no nos asfixia.
    Como siempre los hongos omnipresentes, este era interesante además de la forma y los colores, sino por la dureza, no sé desde cuando ha estado ahí, pero tiene una dureza bastante inesperada, resiliencia pura.
    Pero por otro lado un campo lleno de musgos, que como alfombra cubrían el paisaje.

    28 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 12.
    Relato – El espejo (3) | Poema – La casa parecía cansada, como si rehusara ser vivida de nuevo – Anaclara Muro | Reseña – Los once de la tribu – Juan Villoro | Frase robada – Ekaitz Cancela | Bonus track
    El espejo (3)

    -episodio 2-

    Cuando abrí los ojos mi espanto fue mayúsculo, estaba recostado en una cama de hospital, enchufado a un suero en un brazo y cables por el pecho, con un monitor sobre mí cabeza que confirmaba que seguía vivo. La luz fría, blanca, estéril sobre la cabeza me deslumbraba, como si apenas hubiera salido de la oscuridad de la casa de los espejos. Estaba agitado y confundido, mí último recuerdo era el de una anciana con ojos totalmente negros cuestionándome.

    Entró una enfermera que, al verme despierto sonrió discretamente y se apresuró a tomarme la presión y registrar en su bitácora el resto de signos vitales.

    -Buen susto les dio a sus amigos -me dijo mientras anotaba las últimas cifras en el expediente.

    -¿Pero qué pasó, no recuerdo cómo llegué aquí?

    -¿Si recuerda que estaba en el Pueblo de las Brujas verdad? -asentí- yo no sé para que se meten en esos lugares. Pues sus amigos dicen que lo encontraron como drogado, vagando por el pueblo, cabizbajo en silencio, y con las uñas sangrando ¿pues qué les hizo?

    En ese momento me percaté del vendaje en mis manos, aún con algo de sangre. Por más que intentaba recordar, no avanzaba más allá del momento en que mis manos estaban sobre las de la mujer de cabello oscuro.

    -¿Mis colegas, saben que estoy aquí?

    -Si, bueno, el menos uno de ellos, los demás tenían que regresar, ya tenían sus vuelos comprados. Pero no se preocupe, se hospeda en un hotel cercano, nos dejó su número para que le avisáramos cualquier cambio en su estado de salud. Ahorita no es hora de visitas, pero en un rato más seguro ya le contará detalles.

    Entró un médico que me estuvo lanzando infinidad de preguntas, y más allá de las que se relacionaban con mi estado de salud, todo lo que ocurrió al interior de esa casa lo tenía bloqueado. Me dijeron que estaba en un cuadro de desorientación aguda, tal vez inducido por algún alucinógeno. No sé por qué, pero preferí omitir la parte del ritual en la que intercambiábamos tragos.

    Tocaron la puerta casi como trámite, y entró Alfonso, el mismo que me despertó a media resaca para iniciar todo esto.

    -¡Pero que pinche sus nos diste! No te vuelvo a sacar sin correa, te pones muy mal -decía a modo de broma y no tanto-, oye si estás más solo que perro enfermo, no encontramos a quién avisarle. Así que por andar organizando la excursión todos decidieron que me quedara hasta que estuvieras bien.

    -Gracias Poncho -le dije apenado, como adolescente después de su primera borrachera-, no sé qué paso, en teoría me iban a predecir el futuro o algo así.

    -Entonces ¿no recuerdas qué paso? -negué con la cabeza- todo está muy raro, el chofer te encontró caminando como sonámbulo, escurriendo sangre de los dedos, te fue llevando hasta la camioneta y comenzó a llamarnos por teléfono a todos, teníamos que salir cuanto antes, “la cosa se había complicado” nos dijo. Pero no fue nada fácil, andábamos todos regados por el pueblo y se desató una polvareda que no dejaba ver ni avanzar, hasta el cielo se nubló; honestamente daba miedo. Pero cuando te vimos, ahí si que nos espantamos. No sé si antes no nos fijábamos tanto, o era la palidez pero hasta te veías más canoso, y luego con las manos sangrando, parece que te querían arrancar las uñas a mordidas. Algunos quisimos regresar para que nos explicaran qué te habían hecho, pero el chofer nos dijo que ni le buscáramos, que ya todo se había complicado y que era mejor ya no volver y agitar el avispero, “esa gente es muy vengativa” nos advirtió. La verdad no sé que les hicimos, pero en fin, el caso es que ya te trajimos al hospital y pues creo que los doctores ya te explicaron qué te paso.

    -Pues mas o menos -le respondí- tampoco tienen muy claro qué ocurrió, creen que me dieron algún alucinógeno, pero no se explican cómo se me cayeron las uñas a pedazos. Pero ya me quiero ir, ¿te han dicho si ya me pueden dar de alta?

    -Antes de entrar a verte, pasé a preguntar, y que mañana temprano, que quieren vigilarte una noche más. Yo creo que sólo nos quieren sacar dinero, pero pues también tenía reservada la habitación hasta mañana, así que ahorita en el hotel compro los boletos y nos vamos en cuanto amanezca. Por cierto, espero que tengas ahorros, porque esta va a ser la borrachera más cara de tu historia.

    Esto último me lo dijo mientras cerraba la puerta de la habitación al salir, y yo asentí resignado.

    Esa última noche en el hospital la pasé muy agitado, me sentía mareado, inestable, me esforzaba por recordar lo que había pasado, dormitaba y despertaba siempre al ver mis manos derretidas con la carne de ella.

    No supe en qué momento por fin el cansancio me venció, y dormí hasta que la enfermera acudió a tomar mis signos vitales y comenzar a desconectarme cables y mangueras.

    Llegó Poncho con el resto de las cosas que había dejado en el hotel y bajamos juntos a liquidar la cuenta. Se había equivocado en su pronóstico, no era la borrachera más cara de mi historia, eran varias de las mas caras juntas, pero en fin, esa factura era mi ingreso a la abstinencia total.

    Mientras íbamos camino al aeropuerto Poncho me preguntaba continuamente cómo me sentía, le mentía de manera optimista.

    -Pues yo si te veo jodido -afirmaba.

    Algo inexplicable me ocurría, sentía que pensaba con medio segundo de anticipación, o mi cuerpo actuaba con medio segundo de retraso, en especial la mirada. Sentía que con el rabillo del ojo arrastraba las sombras que las persona proyectaban a mi alrededor. Continuamente volteaba hacia ambos lados siguiendo esa oscuridad, pero nada, solo el pobre Poncho que deseaba dejarme en mi casa.

    Aterrizamos y recogimos las maletas, en el camino le dije que ya me sentía bien, y que me podría ir en taxi, al principio dudó, pero su cara era de alivio al aceptar tras mi insistencia. Sólo le pedí que me esperara para salir juntos, tenía que pasar al sanitario y no me sentía tan bien como para andar al pendiente de mis maletas y mi órgano reproductor.

    Mientras me lavaba las manos que aún me dolían bastante me observé en el espejo, no había caído en cuenta de que la última vez que vi mi reflejo fue en el Pueblo de las Brujas. Efectivamente me veía jodido, muy jodido, no sé de donde me salieron canas y la mirada algo extraña, como perdida en el vacío. El agua enjugaba el jabón de mis manos que aún sangraban un poco, y vi pasar tres pequeñas sombras corriendo por el suelo, brinque del susto, juraba que habían sido ratas, pero al voltear se habían ido, me mal sequé las manos tomé mas toallas de papel para limpiar la sangre que intermitentemente salía de las heridas y fui en búsqueda de Poncho.

    -Te tardaste muchísimo ¿qué te estaba haciendo la vasectomía o algo más sucio?

    -Mejor ni te cuento -le dije con una sonrisa forzada- este aeropuerto esta lleno de ratas.

    Salimos a la fila de los taxis, el salía antes que yo, le agradecí infinitamente.

    Mientras llegaba el siguiente auto buscaba ratas por todos lados.

    No sé si sea cierto o no, pero alguna vez escuché que el asiento detrás del piloto es el lugar más seguro en caso de un accidente automovilístico. Pero dentro de un taxi no es el lugar más cómodo ni el mas inusual para quien viaja solo. Desde esa perspectiva también puedes verte directamente en el espejo retrovisor.

    El tránsito tenía la densidad perenne de las tardes en las que los oficinistas peregrinan a sus casas. Me encontré la mirada y me fije en las ojeras que me escurrían, a mi alrededor se había nublado y una polvareda agitaba las calle por donde circulábamos. Me dejé ir en esa tormenta de arena no sé cuánto tiempo, pero el suficiente para que el chofer me repitiera varias veces en tono molesto que, ya habíamos llegado. Estaba asombrado prácticamente habíamos cruzado la ciudad y no me di cuenta, además el sol azotaba como de costumbre, sorprendido me bajé del auto.

    -¿Se siente bien? – me terminó de gritar el conductor.

    Tome mis cosas de la cajuela y me dirigí al acceso de la torre de departamentos donde vivía.

    La casa parecía cansada, como si rehusara ser vivida de nuevo – Anaclara Muro

    Luisa Josefina Hernández

    Detrás de la superficie blanca
    la pared se pudre
    la vida crece en el abandono
    como si no hubiera pasado nada en mil años
    como si el proceso de la evolución apenas comenzara:
    un ser diminuto que se retuerce en el agua
    se transforma
    le crecen patas
    pulmones
    se arrastra hacia la orilla
    grita
    mientras tanto lo nuestro
    se estuvo acabando
    desde que empezó

    Lo vivo siempre está muriendo

    Una casa para llorar
    y que nadie te escuche
    una casa para que no ahogues el grito con la mano
    y respires profundo mientras aprietas los dientes
    o corras al baño
    o te congeles en un rincón
    y trates
    inútilmente
    de calmarte

    Si te pudiera contestar por qué lloro
    te diría que por el pastel que se hundió en el horno
    cuando tenía trece años
    porque es imposible regresar el tiempo
    modificar la inflexión de la voz
    no hacer preguntas ridículas
    decidir estar sola
    porque no entiendes ese momento de estar fuera de casa
    sin entender por qué
    ni cómo llegaste a esa cama
    con ese hombre
    que en realidad te odia

    Los once de la tribu – Juan Villoro

    Sorprendería a más de uno, el hecho de que un sibarita del lenguaje, un intelectual moderno, también tenga que ir a pepenar el pan. A diferencia de otras de sus facetas donde él es quien domina el escenario, en su versión de periodista debe descender del pedestal, arremangarse la camisa y hacer el trabajo.

    En este libro reúne varias de sus entrevistas y reportajes periodísticos, demostrando versatilidad, ya que va desde cubrir un concierto de los Rolling Stones, hasta el levantamiento Zapatista en Chiapas, así como una pleyade nacionales y extranjeras.

    Así que, es un libro que tiene para todos todos los gustos, casi como ir a comer tacos de guisado, el problema es querer probar todos demasiado rápido, hay algunos que no se llevan tan bien con otros, por lo que la lectura tiene altas y bajas.

    De acuerdo a los intereses de quien tome el libro encontrará cosas muy buenas y otras menos interesantes, cada nota o entrevista perfila una vertiente del escritor, incluso sus gustos y sinsabores. Hay algunas entrevistas en que las que se nota que juega de local y en otras de visitante.

    Este libro está más pensado para el seguidor de Juan Villoro que, a modo de fanático intenta descifrar secretos que solo él y otros miles conocerán. Por otro lado, es un viaje interesante a épocas prehistóricas sin internet ni teléfono celular.

    Frase robada – Ekaitz Cancela

    Las redes sociales han nacido para salvar al capitalismo, no para hundirlo.

    Bonus track
    Me encontré este insecto en la ventana, el cual honestamente no sé cuál es, pero se dejó tomar una buena foto.
    Los agaves de donde se saca mezcal y en algunos casos tequila; cuando no se cosechan para este fin y tras varios años, que pueden ser lustros o décadas; “avisan” que van a comenzar su proceso de muerte. El tallo floral que puede tomar semanas o meses en desarrollarse, requiere tanta energía que cuando florece, la planta termina por morir. Uno de los más viejos (cerca de diez años de edad) ya comenzó este proceso.
    ADD. En el maguey (de donde se saca el pulque) también existe y se llama quiote y es comestible.
    Pecora cuando se pone de insistente cuando tiene hambre y no deja de exigir atención, hasta que logra sacarme de la cama y servirle el desayuno a la princesa.

    25 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 11.
    Relato – El espejo (2) | Poema – Misifustófeles, pero para los cuates, Misifú – Ana Basilio | Reseña – Rey Lepra – Bernardo Esquinca | Frase robada – Simón Angulo | Bonus track
    El espejo (2)

    –capítulo 1–

    La casa no tenía ninguna característica fuera de lo usual, un pequeño jardín al frente, ventanas mirando a la calle con cortinas coloridas y un pequeño lazo con el que hice sonar la campana. Me sentía más como niño en una kermes ofreciendo galletas que, como alguien en búsqueda de una pitonisa.

    Se instauró el silencio tras el repique de la campana, sólo el viento levantando el polvo de la calle irrumpía la tranquilidad. Pasaron varios segundos y no se percibía ninguna reacción al interior de la casa. Inexplicablemente persistí en mi espera, era evidente que esa dilación tenía un objetivo.

    Dudé entre retirarme o volver a hacer sonar la campana, con una sujetando el lazo y mi mente ordenando la retirada, vi a través del vidrio despulido de la puerta un juego que luces que, indicaba movimiento al interior, hasta que una sombra que parecía distante se transformó en una silueta que se acercaba tranquila a la puerta. El silencio interrumpido por el viento también persistía; noté su mano abriendo el portón sin preguntar quién la visitaba.

    Por fin la vi, era una mujer alta, delgada, con un vestido holgado negro, contrastaba con su piel que hacía pensar en la luna llena a media noche. Mi miró directamente a los ojos, sin parpadear durante dos segundos, en los que transcurrió una vida

    -Te di la oportunidad de retirarte, pero te veo dispuesto a continuar. Sabes a lo que vienes, así que pasa y cierra la puerta -lo dijo en un tono sereno pero imperativo.

    La seguí tranquilo por un pasillo hacía el recibidor, me sorprendía lo fácil que se confundía su cabello con el vestido, como si fuese un velo negro. La casa era hermosa, impoluta, con pocas cosas pero sin minimalismo.

    Me indicó que tomara asiento en uno de los dos sillones colocados uno frente al otro, con una mesa de centro octagonal que los separaba. Permanecí sentado observando a mi alrededor, mientras ella se afanaba en cerrar las cortinas oscuras, gruesas y sedosas que, impedían casi por completo el paso de la luz, dejando la sala en penumbra, apenas capaz de distinguir siluetas.

    Ella continuaba con el acomodo, y comenzó a retirar paños blancos que ocultaban espejos ovalados de medio cuerpo, me habían pasado desapercibidos, pero ahora al descubierto, tenía uno enfrente de mi, dos a los lados y el reflejo del espejo frontal me permitió ver dos más a mi espalda, podían ser los vértices de un pentágono o las puntas de una estrella.

    A pesar de que afuera el calor era implacable y se levantaban polvaredas, la sala era fresca, con un sutil olor herbal.

    Antes de sentarse frente a mi, colocó dos copas tequileras, y de un bufetero de madera sacó una licorera con la que lleno hasta dos terceras partes las copas, con un líquido verdoso; de inmediato el olor a tierra mojada fue contundente. Regresó la botella a su lugar y se sentó frente a mi.

    Sin dejar de observarme tomó su copa y me ofreció un brindis, la imité sin pensarlo, con sus ojos fijos en los míos brindamos, el sonido del vidrio fue intenso y continuado. Bebió la mitad del contenido y me ofreció el restante, así que intercambiamos los tragos. Vaciamos el restante, era una mezcla entre mezcal muy ahumado que, al pasar por la boca sabía a tierra, como haber lamido una piedra húmeda llena de musgo. Se inclinó sobre la mesa y estiró sus manos con las palmas hacia arriba, intuí que debía colocar las mías encima.

    No sé si me miraba a mi, o los espejos a mi espalda, el efecto de la bebida y la oscuridad me impedían saberlo, solo podía ver sus ojos negros profundos, conforme continuaba inmerso en su mirada, el iris comenzó a dilatarse, tapizando de oscuridad totalmente la mirada, su parpadeo lento y ocasional confirmaba que donde estuvieron esos enigmáticos ojos, ahora solo había una densa y completa oscuridad.

    Mis manos encima de las suyas percibían el calor de su cuerpo, que fue incrementándose, subiendo por mis muñecas y codos, sentía que mis brazos comenzaban a arder, nuestras manos entrelazadas estaban derretidas, mezclada su carne con la mía.

    -Deja que tu cuerpo te abandone.

    La escuché decir sin que se movieran los labios, con una voz que procedía de todos lados.

    -Respira profundo y despídete, no sigas luchando.

    Volví a escuchar mientra el calor comenzaba a inundarme el pecho. La obedecí, el aire salía hirviendo quemando mi nariz.

    Subítamente todo cesó, el calor, el miedo, pero también el sonido, el dolor. Percibía paz, mi cerebro apagado en silencio, los cinco sentidos estaban anestesiados, me apreciaba vacío sin referentes.

    La mujer sentada frente a mi había envejecido, la negra cabellera era apenas unos mechones de canas ralos, encorvada sobre su cuerpo me miraba con la negrura infinita, pero ahora opaca, despulida.

    Me sorprendí al ver nuestras manos que seguían unidas, sus antebrazos con colgajos de piel arrugada contrastaban con una manos jóvenes y sedosas, aunque las mías eran un poco más avejentadas de lo que recordaba.

    -Es un pequeño cobro. Algo de tu juventud, apenas imperceptible para ti, pero sólo así puedo permanecer en este mundo.

    Fijé la mirada en el espejo detrás de ella, que mostraba mi cara, pero también su espalda, reflejaba la negra cabellera hasta la cintura, intenté voltear a ver los espejos detrás de mi, pero con tono aumentado me detuvo.

    -No debes verte en esos espejos, son mi entrada a ti, a tu vida, a las vidas pasadas y a las que vienen, ese es mi terreno.

    La anciana sentada frente a mi, y las mujeres de los espejos gesticulaban sincrónicamente, aunque la voz parecía venir de todos lados.

    -Veo que tenemos muchos temas. ¡Finges muy bien! Pero eres un alma vieja y serpenteante. ¿Por dónde quieres comenzar?

    Misifustófeles, pero para los cuates, Misifú – Ana Basilio

    Está allí, entero,
    cerrado sobre sí mismo como una piedra caliente.
    Su mirada es una réplica
    de cualquier movimiento mío.
    En sus ojos amarillos el mundo se recoge
    y se afila. Toca el aire hacia arriba.
    Se asea en el fervor íntimo que le persigue.
    Una pata, la otra.
    Tintinea los bigotes a lo lejos
    hasta quedar satisfecho. El guapo
    de la cuadra, con un moño azul nuevo.
    Cae y camina sin tocar el piso.
    Entre sus patas sueña que el mundo entero le obedece
    y curva el día a su paso. La luz aprende un poco
    del ritmo entre sus patas. Yo calculo su carisma
    muy de lejos, y cuento, algunas veces,
    el número de anillos dibujados en su cola.
    Imagino que la cantidad
    es correspondiente a la cualidad de sus talentos,
    responsabilidades de otra vida
    donde seguramente volvimos a dormir juntos,
    cruzados como nuestras miradas ahora mismo.

    Echado panza arriba con la indiferencia monstruosa
    ante cualquier movimiento o ruido, me siento a tu lado
    y contemplo tu corona gris de pelos.
    El silencio pendiente de una elegancia compartida,
    como yo en estos últimos años desde tu nacimiento.
    Te aprendemos, en el misterio al que perteneces
    tal como una insignia. Llamas a la puerta,
    abres el mosquitero, calculas la forma más fácil
    para escapar en un solo acto de magia.
    Se yerguen bajo estremecimiento los siete nombres
    afelpados que el exilio cósmico marcó,
    cinturón espinado de leche.
    Terciopelo de aire sobre mi regazo de tul.

    Rey Lepra – Bernardo Esquinca

    Esta es mi primera aproximación al tapatío, y preguntando por sus credenciales, parece que he iniciado con el pie derecho. En este libro se reúnen doce cuentos bajo el eje del Rey Lepra que, como figura mítica aparece y desaparece entre las páginas, tomando diversas formas, pero siempre afectando el destino de la historia.

    Pero son cuentos de un suspenso/terror bastante local, con olor a fritanga, llenos de sátira y anclado a las reminiscencias de nuestra mística cultura. De este modo siente un libro muy mexicano.

    Los cuentos vienen de todos los sabores y extensiones, pero todos contundentes.

    A pesar de estas florituras, uno a uno van cumpliendo su objetivo, causar asombro y espanto. Hasta el grado de la sugestión, mientras estás esperando (o mejor no) que algo paranormal ocurra.

    Es una muy buena exploración al terror que no cumple con los clásicos estándares; y entretiene, pero por supuesto asusta.

    Frase robada – Simón Angulo

    La ansiedad es mi estilo de vida que no me gusta.

    Bonus track
    Suscríbete
    Pecora manifestando con esa mirada inquisitiva, su profunda preocupación, por saber ¿quién va a levantar todo ese desmadre?
    Macchiato en un modo donde no queda claro si esta triste, aburrido, o sólo fastidiado de que le moleste con la cámara para lograr que los lectores se animen a suscribirse.

    27 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 9.
    Relato – Reabriendo twitter | Poema – Pretérito imperfecto – José Saed Ayub | Reseña – Una soledad demasiado ruidosa – Bahumil Hrabal | Frase robada – Bernardo Esquinca | Bonus track
    Reabriendo twitter

    No hace falta ser un genio para saber que el título de esta entrada es un franco clickbait (o sensacionalista, le hubiéramos llamado en el pasado).

    Pero si ya superaron el primer párrafo los invito a seguir leyendo. Porque si les voy a contar sobre un experimento ejecutado en la primera persona del singular, para tener “twitter” analógico.

    Pero vayamos por partes, los diarios han existido desde hace siglos, a los humanos nos gusta dejar registros de nuestros pensamientos, muchas veces deseando que nadie más los leyera, un ejercicio de introspección. Situación diametralmente opuesta a la actual, en la que sigue existiendo un deseo obsesivo por registrar de manera muy detallada nuestro acontecer, pero con el deseo de ser leído (preferentemente por hordas de fans que nos idolatren), y más aún, recibir elogios (o mensajes de odio), pero generalmente nos conformamos con algo más efímero, un me gusta o ya de últimas el ser “visto” actualmente se considera una métrica de éxito.

    Bajo esas circunstancias de mercado, el difícil creer que quien escribe lo hace genuinamente, las partes más profundas de su cerebro promoverán relatos, acontecimientos, opiniones o reflexiones que retroalimentan esa validación externa, y evitará aquellas que más que originar reacciones inadecuadas, pasan desapercibidas, no hay mayor desaliento en este siglo que ser invisibles.

    Pues si esto no fuese suficiente, la tecnología nos dio la facilidad de hacerlo en tiempo real y con muy pocos caracteres; recuerdo a los gurús de la publicidad vociferando que en el primigenio twitter los 140 caracteres serían la nueva forma de promover la creatividad, la final no lo fue, se volvió algo irreflexivo. Algo tan inútil, ofensivo y desagradable como escupir en la calle ante cualquier estímulo y sin control.

    El tiempo nos demostró que, a pesar de usar texto, fotos o vídeos el resultado fue el mismo, saturar de mierda esa extensión del teléfono móvil, es decir nuestro cerebro y por ende nuestra atención. No niego que hay cosas brillantes, pero hay que enlodarse hasta el cuello para encontrarlas.

    Por tal motivo (entre otros que no es momento de mencionar), decidí ir cerrando una a una mis “redes sociales” y montar mi blog, sin una sola métrica que me retroalimente o presione. Pero algo me faltaba había un hueco emocional que no se llenaba, ese deseo posmoderno de expresarme en tiempo real.

    Después de varias pruebas fallidas, hace seis meses lo resolví volviendo a los artilugios analógicos, papel y pluma; una alumna (ahora colega) me regaló una libreta pequeña, de bolsillo con una portada relacionada con Gaudí, la había intentando usar para otros objetivos, pero el formato no me dejaba satisfecho. Al final un día decidí que sería mi twitter. Y tal cual, le dí el mismo uso, las mismas cosas que pondría de manera digital, las escribía en la libreta, lo cual solo requirió un reto, hay que traerla todo (o casi todo) el tiempo, si no, se pierde el interés.

    Te permite desahogar esa idea que de repente de ladra en la cabeza o ese sentir arrebatado por la frustración, entre diversos pensamientos que antes hubiera arrojado al universo de ceros y unos. Ahora bien, después de haber llenado páginas y páginas no va a pasar nada (aparentemente), es decir, no vas a cometer un error de juicio, nadie se va a ofender, no te van a apedrear por tus irreflexivas y radicales opiniones, borracho no habrá consecuencias con alguna exnovia. Pero tampoco recibirás tu microdosis de dopamina, por lo que tu cerebro comenzará a actuar diferente, más libre en mi opinión. Esa libreta es una herramienta de expresión y desahogo, pero sin consecuencias deletéreas, porque tampoco es un diario personal donde desnudas tus más profundos secretos, no, es una libreta de ideas y pensamientos rápidos.

    Tal actividad parece inútil (aunque no me digan que las redes lo son), porque en teoría no pasa nada, es inerte, pero si pasa, pasa algo interesante, la personalidad que viertes en esos textos cortos es algo extraña dice cosas que antes de no decía o las dice diferente, pero en mi experiencia lo más llamativo fue tener la curiosidad (y facilidad) de darle una hojeada. Esa retrospección es muy rara, te hace reflexionar sobre lo que ocurrió en ese momento, no sé como explicarlo pero es en cierto modo atractivo, y novedoso, ya que nunca me había puesto a leer todo lo que escribí cuando tenía redes.

    El experimento ha sido muy grato, sé que no me lo van a creer pero es incluso divertido, ya que me encontré enviándome pistas a mi yo del futuro que algún día leerá lo que escribo. Algo que me olvidaba mencionar es que al ser tan maleable se te ocurren cosas, como rayar, tachar, dibujar, garabatear, y todo ello (que normalmente no se ve en un medio digital) tiene significado.

    No es mi intención andar evangelizando adictos digitales, pero si contarles que la experiencia me gusta y ahora es un hábito.

    Pretérito imperfecto – José Saed Ayub

    Cuando te viera por primera vez,
    lenta, sigilosa, cuidadosamente,
    iba a acercarme a ti,
    como, curioso, se aproxima un gato
    a otro gato desconfiado.

    También con lentitud iba a tocarte
    (como se toca un instrumento musical recién nacido),
    a descifrar con prudencia tu sonrisa,
    a desnudar de ruidos, con el reverso de mis yemas,
    el lóbulo de tus orejas.

    Te iba a pedir que musitaras buenos días,
    iba a tañer en tu garganta la oscilación de la mañana.

    Se iba a tratar de arrinconar el tiempo,
    de estrechar la distancia con pequeñas cortesías.
    Y, en esa carretera que conduce hasta tu casa,
    con la tarde coloreada por tu voz durante horas,
    cerrar, despacio, el abismo entre las manos.

    Iba a ser perfecto.
    Pero —con razón así lo nombraron los gramáticos—
    iba es pretérito imperfecto.

    Ya cerca, apuro el paso, me apresuro.
    Tranquila, silenciosa, con cuidado,
    te alejas,
    como se aparta un gato herido
    de un gato desconfiado.

    Una soledad demasiado ruidosa – Bahumil Hrabal

    Hant’a nuestro protagonista vive o ha vivido destruyendo el pensar y sentir humanos triturando y prensando libros, día tras día realiza la misma mecánica actividad, que si bien podría ejecutar de manera automática e irreflexiva, enfrenta ese mundo decadente que no respeta a nada ni a nadie, de la única manera que se le ocurre, atesorando joyas de la literatura, llenándose de toneladas de libros, que lo sacan temporalmente de un mundo asesino que aplasta todo. Pero requiere algo más, las letras y lo más selecto del pensamiento universal no son suficiente. Requiere algo más tangible, el alcohol, que lo tiene anestesiado y así poder realizar su actividad destructiva. Hasta que que como era esperable, para el tirano eso no es suficiente (porque nunca nada será suficiente) y se le exige ser más productivo, menos sensible, lo desean primariamente irracional; al no lograrlo sufre lo que para él es la humillación máxima, trabajar manipulando papel en blanco, sin alma ni pensamiento, el terreno virgen para que se llene de miasmas.

    El final, su muerte, es esperada de un modo u otro, pero no de la forma en como ocurre.

    Es un libro desolador, atascado de impotencia y nostalgia.

    Frase robada – Bernardo Esquinca

    La verdad suele encontrarse en los lugares menos pensados.

    Bonus track
    Esta es la libreta que se ha transformado en mi plataforma analógica de microblogueo
    Tuve en evento de capacitación en Polanco, así que me fui a comer una pizza, que si bien estaba rica, no merita ir tan lejos por ella. El que sí, estaba riquísimo es el negroni que timidamente se encuentra detrás del vaso de agua mineral.
    16 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 8.
    Relato – Invasión extraterrestre – La comuna| Poema – ritual en un instante – Evangelina Vigil-Piñón | Reseña – El anticapitalista accidental – Fernando Díez Rodríguez| Frase robada – Juan Villoro | Bonus track
    Invasión extraterreste – La comuna

    Episodio anterior

    Otro de los apagones ya se había extendido más allá de la tarde. La comuna escondida en medio del bosque se tornaba lúgubre, las velas y mecheros apenas iluminaban algunos trayectos. Instintivamente los pobladores se acercaban poco a poco. Valentina los recibía con té tibio, conforme las familias se reunían, las niñas y niños que nacieron en ese extraradio forestal, no sabían del mundo más allá de los linderos arbolados; por eso le pedían que contara alguna historia sobre el mundo civilizado donde ella creció y del cual fue expulsada, como todos los viejos que ya habían muerto. Sus historias eran conocidas entre los habitantes, sólo existían en su cabeza, pero las relataba con gran detalle, idénticas ocasión tras ocasión. Algunas tristes, otras trágicas, algunas divertidas, pero todas verdaderas. Cuando llegó siendo niña, huérfana, apenas hablaba, sólo podía pensar en los momentos que pasó con sus padres, para no olvidarles, conforme pasaba el tiempo se dedicó a vagar por la comuna y sus alrededores, observando en silencio, registrando mentalmente los sucesos relevantes en su vida y de los demás. Así a pesar de su edad avanzada poseía la historia de su microuniverso, desde que era una niña, intuitivamente sabía que los recuerdos eran la única forma de persistir, de rebelarse ante las versiones oficiales; recordar a Miguel feliz en Europa o Ángela dormida debajo de la cama en el centro comercial mientras estaban escapando, desde entonces Valentina supo que lo mejor que podía hacer era observar y guardar silencio, ya tendría oportunidad de hablar de lo ocurrido.

    Valentina hubiera deseado que su madre hubiera sido igual de precavida que ella, apenas se había separado de su mamá unos minutos, escuchó voces ahogadas alrededor, otros niños igual que ella reptaban entre los pasillos de la tienda, la llamaron a señas y Valentina fue tras ellos, parecía un juego en el que recolectaban algunas cosas pequeñas, pero necesarias para la comuna, eran ágiles y se escabullían por cualquier hueco. Súbitamente sonaron las alarmas, automáticamente todos los niños buscaron la cloaca más cercana para escapar. Valentina estaba aterrada, pero el resto la jalaba de la mano en silencio y la llevaron con ellos, se perdió en la oscuridad del laberinto subterráneo.

    Apenas levantando la tapa de las alcantarillas miraba a lo lejos una patrulla en la que intentaban someter a Ángela, para meterla al asiento trasero, en el forcejeo consiguió soltarse del agente de policía y correr sin ninguna dirección. Valentina aterrada observaba cómo es abatida a tiros, su llanto es apenas audible. La tomaron de la mano y se internaron en los ductos más profundos, caminaron silenciosos, hasta que encontraron la salida fuera de la ciudad. Los niños la abrazaron por un largo rato, sin mediar palabras tomaron rumbo hacia lo profundo del bosque.

    Esa era la única historia que se reservaba, era su tesoro personal, su llegada a la comuna, y sobre la última vez que vio a su madre.

    ritual en un instante – Evangelina Vigil-Piñón

    ves
    estaba este hombre
    sentao
    en una mesa
    en una esquina
    de un cuarto
    y el color de la pared
    era verdecito
    como el color de un cascarón
    ves
    y esto hacía que se le mirara
    el pelo
    y los ojos
    y el bigote
    muy suave, ves
    y luego el bato se sonrió conmigo
    y pues qué pude yo hacer
    más que quebrarle’l cascarón

    El anticapitalista accidental – Fernando Díez Rodríguez

    Paseando en alguna librería de Montevideo, como en otras tantas ocasiones, me enamoré del título. No es necesario ser un sesudo intelectual para saber que el capitalismo nos está llevando no a una, sino múltiples catástrofes, varias de ellas francamente apocalípticas.

    Si existe un mínimo de preocupación al respecto, la lógica diría que el antídoto debería evitar esta debacle. Así, con esa irreflexión te lanzas como El Quijote a pelear contra los molinos de viento, analogía incorrecta, ya que el enemigo es real e inmenso, desde un primer momento parece una lucha perdida, y este libro lo confirma.

    Hay que ir con estómago de acero, ya que, el arranque es duro y derrotista, así que molesta al inicio, trastorna ese deseo de hacer algo. Pero poco a poco, y a base de un análisis detallado del devenir del capitalismo, y por medio de la contrastación con su archienemigo, hace ver cómo el anticapitalismo es (o fue) un movimiento nacido en la desventura, y criado por lo lo más agrio y poco pragmático de las grandes mentes. Demostrando la incapacidad de la lógica elemental para querer domar a un lobo rabioso, es decir, un sin sentido.

    Lo anterior parecería suficiente para el suicidio colectivo, pero siendo un anticapitalista acérrimo sabe que el lector se va a sentir realizado entendiendo mejor su cantada derrota, dado que, es lo único que ha hecho y podrá hacer, entender sin una consecuencia práctica y mucho menos útil. Y a pesar de lo anterior, es un libro increíble, que se perfila para lo mejor del 2026.

    En fin, hay perversiones de todo tipo en este mundo, pero por mucho el anticapitalismo es de las más pérfidas.

    Frase robada – Juan Villoro

    Una biblioteca es un banco de ojos. Allí están las miradas que han donado los lectores.

    Bonus track
    El viernes pasado fue mi cumpleaños número 49 (si, casi los cincuenta, fuertes confesiones) y tuve la fortuna de recibir múltiples festejos y felicitaciones.
    Pocas veces me siento con los residentes, pero siempre que lo hago han un muy buen intercambio de información extremadamente confidencial (es decir chismes)
    Fotos con los graduados de gastroenterología, después de tres años, será extraño no verlos.
    15 min
  • Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 7.
    Relato – Invasión extraterrestre – Pernoctando | Poema – Danza para caballos (20) – Ana Estaregui | Reseña – El último neógrafo – Ignacio Álvarez | Frase robada – Fernando Díez Rodríguez | Bonus track
    Invasión extraterrestre – Pernoctando

    Episodio anterior

    Ángela nunca consideró cuál distante se encuentra un sitio que habías conocido viajando en automóvil; pero cuando la energía que hacer ese viaje posible es la de tus piernas, o en especial las pequeñas extremidades de Valentina; en esas circunstancias cualquier sitio es un punto muy remoto que requiere arriesgar mucho en ello.

    Se lo pensó un poco antes de asumir el riesgo, escapar de la ciudad y buscar una cueva en medio del bosque, en el pasado se hubiera considerado irracional, pero justo ahora que cualquier otra persona podía hacerte daño con tal de robar tus exiguas pertenencias, o los extraterrestres te delataran por mendicidad, delito que meritaba separla de su hija; en esas circunstancia el ostracismo era la única opción.

    Revisó detalladamente las rutas de evacuación sugeridas, y aunque le tomara más tiempo, trazó una ruta que la sacaría de la ciudad pero evitaría al máximo los sitios más peligrosos, dónde sabía que serían presas fáciles. Era consciente de que contaba con poco tiempo antes de aparentar ser unas menesterosas, y por tanto blanco de la policía; así que, fingiendo un paseo común y corriente comenzarían a caminar, no sin antes calmar a Valentina, que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo y había que convencerla de avanzar lo más que pudiera y tomar la menor cantidad de descansos.

    Aparentando normalidad comenzaron a caminar, contraintuitivamente buscó transitar por barrios acomodados, su aspecto aun no sería sospechoso. En los parques donde humanos y extraterrestres convivían, ellas aprovechaban para recargar agua y observar detalladamente si algunos de los terrestres tiraba restos de comida que, podían ayudarle a mantener reservas para los días de incertidumbre que se avecinaban.

    Conforme pasaban las horas, el plan trazado se estaba cumpliendo razonablemente, de momento lo más complicado era insistir a Valentina en continuar el camino, la niña aunque inteligente, se estaba fastidiando de caminar ininterrumpidamente, pero con paciencia, se estaba logrando avanzar a muy buen paso, lo que no se salía de la mente, era resolver el tema de dónde pasar la noche, ya que entonces sí, su presencia en esos civilizados espacios sería una anomalía que de inmediato delataría su estatus. Así que, mientras caminaban y el sol las acompañaba más a sus espaldas, su ánimo también se iba oscureciendo.

    Conforme habían pasado las horas y se alejaban del centro de la ciudad, los barrios iban perdiendo glamour y la proporción de extrateterrestres/humanos se inclinaba por los locales, haciendo la travesía más peligrosa, en la situación actual el peor enemigo de un ser humando era otro igual a él, en particular los que se encontraban en el lado favorecido de la moneda.

    Ya habían encontrado un comercio de víveres para “embajadores del universo” donde su clientela era primordialmente humana, que es encargaban de hacerles sus compras, y algún extraterrestre con ínfulas de indie que acudía personalmente a comprar sus víveres. Decidieron entrar una segunda vez, apenas unos minutos antes de la hora de cierre indicada en la puerta de ingreso. No sabía muy bien cómo lo iba a lograr, sólo se le ocurría el ocultamiento por obviedad. En el carro de las compras iban cargando las mismas cosas que el resto de los clientes, con una pequeña diferencia, traía una frazada que al pasar por la zona de muebles abandonó de manera indiferente sobre el regazo de una cama, haciendo parecerlo casi normal; continuó su trayecto y Valentina ejecutó su parte del plan, iban a jugar a las escondidas, y se iban a meter debajo de esa inmensa cama que, Ángela había seleccionado por estar acomodada para su exhibición sobre una gruesa alfombra que ayudaría a detener el frío del piso. Esperaron a que los vendedores y acomodadores se distrajeran con el anuncio del cierre de las instalaciones y Valentina caminó con naturalidad hacía la cabecera y se metió debajo. Prometió no salir por ningún motivo, hasta que su mamá volviera por ella.

    Cuando escuchó la última llamada para el cierre del establecimiento, Ángela continuaba con su carro de compras a medio llenar y observó que una de las dependientas sacaba la ropa de los probadores, así que dejó las compras sobre el pasillo y se metió en ese diminuto espacio, subiendo lo pies en la silla que se encontraba en el interior y únicamente podía esperar, no sabía muy bien cual sería el momento de salir, pero ahora sólo le quedaba aguardar.

    Estaba tan agitada que pensaba que sus latidos se escuchaban por toda la tienda, la cual se fue oscureciendo y silenciando. Cuando las luces lejanas dejaron de iluminar el vestidor, se atrevió a sacar la cabeza, y confirmó que casi toda la tienda estaba en penumbras, pocas dependientas aún permanecían ordenando las últimas cosas fuera de lugar. Alcanzó a ver hacia donde se encontraba Valentina y la frazada seguía encima de la cama, no lograba a distinguir la silueta de su hija, pero confiaba que todo iría bien.

    Cuando escuchó las cortinas de metal cerrando definitivamente la tienda, aprovechó el estruendo para salir y casi en cuclillas se fue ocultando entre los pasillos, poco a poco se fue acercando a la zona donde había dejado a Valentina. A pesar del frío de la tienda, ella estaba empapada en sudor, escuchaba pasos a lo lejos que dejaban de serlo, lo que le indicaba que tenía que apresurarse. Estaba a pocos metros, realizó un último esfuerzo, alcanzó a colocarse al lado de la cama, tomó la frazada y desapareció.

    Apenas se deslizó por debajo de la cama abrazó a Valentina, mientras le indicaba que guardara silencio. La niña sintió un par de lágrimas cayendo en su pelo, así que dejó que su madre la abrazara, sin moverse. Se quedaron dormidas muy juntas.

    Ángela despertó sorprendida, no sabía cuánto tiempo había pasado, ni en qué momento Valentina la cubrió con la manta. Todo a su alrededor permanecía a oscuras, su hija no estaba entre sus brazos, a tientas buscó sin encontrarla. Se descubrió por completa y horrorizada se dio cuenta de que no estaba, miraba a su alrededor, y no lograba verla por ningún lado.

    Danza para caballos (20) – Ana Estaregui

    si los dientes raspan en las encías
    rechinan la mandíbula por el lado opuesto
    el margen olvidado del habla
    es que fueron hechos para romper las frutas
    los pedazos de las fibras del mango
    si las piernas tienen los músculos firmes
    es que están hechas para escalar
    y si las uñas no cesan de crecer—y ellas no paran nunca
    es que fueron hechas para agarrar con fuerza
    perforar el día
    hasta que un líquido nuevo le escape

    El último neógrafo – Ignacio Álvarez

    En un mundo donde la autonomía está abolida, secuestrada por unas ataduras ahora blindadas por las redes sociales. En esta novela Juan Marín es un bastardo que durante su infancia y adolescencia siempre fue determinado por alguien más o las circunstancias. Al llegar a ser adulto e independiente, tras traicionar a los suyos, pensando en el bien común, ahora decide controlar hasta lo elemental, un voto de silencio que lo dote de invisibilidad social que, es la única forma en que encuentra la paz.

    Pero no puede negar su rasgo más humano, que lo saca de su anacorésis, esperablemente este retorno a la vida social termina catastróficamente, dándose por vencido toma la última decisión que determinará su vida o la muerte.

    Esta novela me la encontré hace unos años viajando por Chile, y decidí que era la adecuada para iniciar el año, lo cual fue un gran acierto. Está escrita de manera impecable y hermosa, es graciosa, reflexiva y cruda; elementos que la hacen disfrutable y mantiene al lector con deseos de devorarla en una sola sesión.

    Si le encuentran vale toda la pena.

    Frase robada – Fernando Díez Rodríguez

    La Inteligencia y la Estética me parecen refugios mentales en estos tiempos de zozobra para no claudicar.

    Bonus track
    Que bonito es lo bonito, más cuando se hace bonito.
    Lucy (la gata de mi hermano) marcando “su territorio” sobre mi rompevientos, para que los perros se vuelvan locos en cuanto llegue a casa.
    Pecora bajo los efectos de un sedante que se le tuvo que dar para poder tomarle las muestras de laboratorio que necesita para cirugía de esterilización. ¡Estaba en un viaje muy extraño!
    21 min

About Mi perra vida

From the publisher's feed

Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida