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Leer la tercera parte
La reunión fue sucinta y con un foro exiguo. El director de recursos humanos, el de finanzas y un par de sus mandos medios, todos con pésimas dotes de actuación. Me transmitieron las disculpas del cuerpo directivo a los que les fue imposible asistir, pero me enviaban saludos y deseaban mi pronta recuperación. Tras el protocolario intercambio de vacuos mensajes fraternales y optimistas, me explicaron que, durante mi ausencia; la cual debió haber sido una terrible experiencia de la cual seguramente salí fortalecido; en esas semanas tuvieron que buscar ayuda para continuar con la operación del hospital. La compañía que proveía de toda la infraestructura tecnológica, al ver nuestro gran avance, ofrecieron en su fase temprana y ultrasecreta una versión del modelo que podía “apoyar” las actividades de posiciones directivas, dada la coyuntura determinada por mi estado de salud, aprovecharían la oportunidad para probar el modelo y comprobar su utilidad en vida real.
No entendí muy bien o no quería entender, pero interrumpí el monólogo del director de recursos humanos, para decirle que, ya me sentía muy bien y no era necesaria la ayuda de la IA para mis actividades.
Tras soterrar parcialmente una sonrisa, continuó explicando que, la prueba había sido un éxito, y el programa se amplió a unas cuantas direcciones más. Su perorata terminó con una sensación de que algo más faltaba.
Antes de que pudiera opinar algo al respecto, intervino el director de finanzas. Explicaba que, con la inclusión de los nuevos modelos directivos de IA se encontraron áreas de oportunidad que permitirían optimizar los recursos, esto daría paz a los accionistas, los cuales estaban muy nerviosos por no ver los resultados financieros esperados.
Una de las áreas que más cambios necesitó fue la mía, entendían que, fue pionera en el gran cambio de la institución, y por lo tanto con más áreas de mejora. Indudablemente era una decisión dura, la cual prometieron haber meditado muchísimo, pero tenían que prescindir de mi para llevar a cabo esas nuevas actividades.
Un hueco invadió mi abdomen, en ese momento caí en cuenta que, nunca pensé en esa posibilidad, me creía imprescindible, y por supuesto tampoco se me había ocurrido revisar mi contrato laboral, en un segundo me percaté de la situación altamente vulnerable en la que me encontraba.
Temeroso pregunté si entonces volvería a mi trabajo clínico. En mi desesperación olvidé lo que ellos gustosamente me recordaron. Les hubiera encantado regresarme a esa posición, pero en el momento actual estaba cubierta por uno de los primeros modelos de IA que, yo, ayude a instaurar.
Antes de que hiciera la pregunta obvia, el director de recursos humanos respondió, iniciando con el amplio reconocimiento que la institución y la alta dirección tenían por mis contribuciones y que por ese motivo recibiría un bono adicional, y por supuesto agradecían infinitamente el apoyo otorgado y me deseaban lo mejor en los proyectos que emprendiera.
Tuve que realizar dos intentos para levantarme de la silla mientras me miraban fríamente, me cubría un sudor fino pero helado con el que luché para no temblar enfrente de todos, me despedí con la mayor formalidad y antes de salir me indicaron que, eran conscientes de mi estado de salud, por lo que se habían tomado la molestia de empacar mis cosas, para evitar esfuerzos en mi condición y me las harían llegar a lo largo del día.
Salí a la calle y con mis últimas fuerzas sentado en una banca de la acera intenté recuperarme, sentía que me iba a desmayar; las manos me temblaban, me di cuenta que estaba hiperventilando. La gente pasaba a mí lado indiferente, una tras otra. Me quedé ahí, sin saber qué hacer, con la cabeza hecha un huracán. Sin darme cuenta pasaron varias horas, en las que estuve en ese estado hasta que, la luz del sol comenzó a alejarse.
Me levanté y me fui a casa, no sabía qué hacer, y no tenía a quién acudir. Al llegar me tiré en el sillón, estaba rendido, era la primera vez que salía después de la cirugía y no había sido nada fácil, sin saber en qué momento, me quedé dormido.
Era más de medio día cuando desperté dolorido, con la boca amarga y la cabeza explotándome de dolor. Traté de poner orden a mis ideas y tras un analgésico, ducharme y desayunar algo ligero, me senté a revisar lo que era una de mis principales preocupaciones en ese momento, mi cuenta en el banco. La tranquilidad de ese bono prometido me daba cierta paz, la cual se esfumó cuando vi los documentos de despido que llegaron a mi correo electrónico.
En la vorágine de mi ascenso, los beneficios económicos fueron marcados como compensaciones, nunca fueron parte de un ajuste salarial, así que, me habían echado a la calle con un sueldo similar al de mi ingreso al hospital, es decir mucho menos de lo esperado.
En ese momento me di cuenta de que uno es esclavo de sus lujos.
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Leer la segunda parte
El tráfico de la ciudad era particularmente denso, hacia donde volteara las calles y avenidas eran un estacionamiento, pensé que, eso me tenía con una sensación atípica de cansancio y malestar general. Me esforzaba mucho para mantenerme atento a la videollamada que hacía regularmente de camino a casa y que, por lo visto todos hacían antes de llegar a sus hogares.
Al terminar aún faltaba para llegar a mi destino, me recosté en el asiento trasero y no supe en qué momento me acomodé en posición fetal y cerré los ojos. Soñaba que, era un protagonista a algo parecido a la serie juego de tronos, pero en la irracionalidad propia de ese mundo imaginario, al correr a través del bosque caía en una trampa para osos mi tobillo sangraba profusamente, y escuchaba caballos jadeando acercándose, a cada intento por escapar los dientes afilados se clavaban profundamente en el hueso que iba cediendo a cada intento. Varios jinetes me rodearon, sin mediación de ningún tipo, uno de ellos vestido totalmente de negro y sin rostro, sacaba una lanza de su espalda y la enterraba en mi abdomen, mientras la machacaba con furia contra el suelo, el dolor me invadía y me hacía temblar, deseando que todo terminara.
Mi nuevo chofer me despertó preguntando ¿si me encontraba bien? Estaba empapado en sudor y temblando, instintivamente me toqué el abdomen y vi que no había pasado nada, todo había sido una pesadilla.
Al bajar de la camioneta las fuerzas me fallaron, por nada caigo en el suelo, me quedé unos segundos apoyado en el asiento con la puerta abierta, no sabía qué me pasaba. Le dije al chofer que, no se preocupara, y con todas mis fuerzas logré que las piernas dejaran de temblar, llegué al ascensor y mientras subía al pent house, me comenzó a molestar el abdomen, para cuando logré acomodarme en el sillón de la sala sentía que algo me taladrara los intestinos.
El departamento estaba solo, mi pareja se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, fue su regalo de cumpleaños, no sabía a quién acudir, el dolor y el temblor iban en aumento. Lo que menos pensé que ocurriera se manifestó, en medio de mi infierno, de manera súbita mi abdomen se infló como nunca y ruidos de aguda corriendo me avisaban que debía ir al sanitario, tomé aire y todas mis fuerzas para levantarme pero, había sido demasiado tarde, el accidente había ocurrido, ya en pie me esforcé en caminar por el pasillo, apoyado en la pared, apenas había avanzado unos pasos y el dolor apretó con más fuerza, me tuve que sentar en el suelo, el ruido metálico en el vientre me volvía a recorrer, otro accidente ocurrió; lo último que recuerdo, es el suelo de mármol en el que se escurrían mis miasmas con sangre llegando hasta los tobillos.
Al intentar abrir los ojos, de lo primero que me percaté es que un tubo invadía mi boca y rasgaba mi garganta, el monitor sobre mi cabeza se aceleró y una alarma comenzó a sonar repetidamente, no pude abrir los ojos, estaban sellados. Una voz dulce y relajada se escuchaba alrededor, sin saber exactamente de dónde provenía, intentaba tranquilizarme, me explicaba porque habían tenido que cerrar mis ojos con cinta adhesiva, y porque un tubo estaba dándole aire a mis pulmones. En los minutos que parecieron horas, logré entender que estaba en terapia intensiva. La voz era de la IA de monitoreo de esa área, la cual me explicó lo ocurrido, una úlcera intestinal se perforó, ocasionando que, la sangre llenara mi abdomen hasta casi vaciarme, igualmente me indicó el tratamiento instituido, quitarme parte del estómago y el intestino; finalmente me explicó lo que tenía que hacer al momento de retirarme el tubo que me ventilaba.
Me parecía escuchar las animaciones de la pantalla del avión con las indicaciones ante una emergencia, todo era claro, congruente, pero parecía irreal. Llegó alguien que nunca supe quién fue, retiró las telas adhesivas que mantenían mis párpados cerrados y la luz del cuarto, aunque tenue dolía, no lograba enfocar nada, ahora sí, una voz humanada me pidió que siguiera las instrucciones que había recibido, porque retiraría el tubo de mi garganta. Sentí algo desinflarse en mi cuello, tras ese segundo de alivio, el dolor como el de una sierra se extendió desde mi pecho hasta la boca, el tubo se despegaba dolorosamente, unas lágrimas se me escaparon mientras el aire del ambiente ardía y quemaba en su trayecto hasta mis pulmones. Tras dos segundos de silencio, la persona se alejó, la voz que invadía la habitación continuaba con su letanía acerca de mi estado de salud.
Durante los siguientes días sólo entraba una persona que me ayudaba a comer y bañarme. Le preguntaba sobre mi estado, pero desconocía absolutamente todo de mi caso, había sido contratada para limpiar pacientes. Le pedí que por favor le avisara al médico quién era yo, que deseaba saber qué estaba sucediendo. La mujer me preguntó asombrada si la IA no me había explicado todo eso, porque desde que ella había llegado, nunca había visto un médico en esa área. Se ofreció a transmitir mi petición a las otras personas que aún trabajaban en esa zona, alguna enfermera, un camillero, un fisioterapeuta, quienes también acudían unos pocos minutos cada día para moverme, hacer curaciones en la herida, moverme al sillón o ponerme hacer algunos ejercicios de movilidad.
Recordé que esas funciones no pudieron ser sustituidas por robots de asistencia, pero actuaban eficazmente como una cadena de producción, seguían las instrucciones de la pantalla que les colgaba del cuello, sin cuestionarse ni saber nada de los pacientes, sabían que la IA estaba a cargo de esas decisiones.
Después de ir mejorando tras varias semanas, una especie de administrador vino a explicarme que se había determinado mi alta, también que la cuenta había sido saldada por los jefes de mis jefes, y me ofreció apoyo para que me llevaran a mi departamento, ya que el teléfono de contacto de mi pareja nunca respondió.
Mientras la sirena de la ambulancia recorría las calles de la ciudad, yo hurgaba en mis pensamientos sobre lo que ocurriría llegando a casa. Al abrir la puerta odie tener la razón, ella me había dejado, no había señal de su existencia. Me senté con dificultad en la sala y le pedí a la IA que actualizara mis pendientes de las últimas semanas, cientos de cadenas de correos, cancelación de reuniones y únicamente una carta del consejo directivo que, lamentaba profundamente lo ocurrido e indicaban que deseaban verme personalmente en cuanto estuviera preparado.
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Leer la primera parte
Me levanté como de costumbre, sin sospechar lo que me esperaba ese día y los siguientes. El sonido del despertador, la luz invadiendo la ventana y los ruidos de la calle son tan rutinarios, nada te hace pensar que, tu vida puede cambiar radicalmente y que al mundo eso le importa lo más mínimo.
Desperté y antes de abrir los ojos, ya había tomado el teléfono, me deslumbró su pantalla, el corazón casi se me sale del pecho cuando vi que, todos los miembros del consejo directivo me buscaban desde la madrugada, mensajes y llamadas perdidas, una catástrofe de la que no me había enterado.
A los pocos minutos de haber cerrado los ojos, llegó un correo proveniente de los cada vez menos empleados que, exigían una junta urgente para discutir el nuevo orden laboral en el hospital, totalmente alterado desde que había llegado la IA, amenazaban con ir a huelga si ignorábamos su petición. Lo que en ese momento era inadmisible ya que no se contaba con la tecnología actual, hoy tal acto de presión sería tan inimaginable como insulso.
En media hora habría una junta extraordinaria que involucraba a todos los integrantes de la alta dirección, me habían advertido en sus mensajes que esperaban una propuesta eficaz que resolviera la amenaza.
Me alisté lo más rápido que pude y mientras iba en el auto, ya que el chofer también firmaba la petición y estaba emplazado a huelga, en esos segundos de ansiedad frente a la luz roja de los semáforos, barajaba mis opciones, nunca pensé que, esto fuera a ocurrir y aunque no era tan inocente como para no imaginar este escenario, era el que menos esperaba, el más indeseable, porque era el único para el que tenía una respuesta, la más miserale de todas.
En la sala de juntas sólo se escuchaban murmullos velados, para la mayoría únicamente era un problema más que les daría tema de conversación en el club, al que llegarían tarde, por lo que no estaban de buen humor.
Tras la innecesaria explicación del director de recursos humanos que, sólo sabía lo que todos habían leído en el correo electrónico; al final de su intervención las miradas apuntaban a mi.
No sé si es algo generalizado, o así interpreto la realidad y la historia de mi vida, pero siempre ubico ese momento en el que, una decisión en su momento intrascendente, se vuelve en punto rector que condiciona un cambio radical en la sucesión de eventos en la vida, transformando el camino hacia derroteros inesperados pero determinantes.
Estoy seguro de que, si hubiera renunciado habría sido la mejor decisión de mi vida, al menos no me hubiera asegurado el abandono y el aislamiento en el que vivo, o mejor dicho, en el que muero.
Mi solución levantó caras de incredulidad y desaprobación. Había que mantener la plantilla a como diera lugar, aceptar sus mejorías salariales y en prestaciones sociales. Para sorpresa de nadie el director de finanzas advirtió del impacto que esta decisión tendría en los rendimientos de las acciones, y que aunque las finanzas del hospital lo permitían, sin duda afectarían las ganancias de los inversores. Tras la ominosa noticia, los ojos de todos pedían incendiar mi alma en el infierno, al final lo lograron. Pero en ese momento terminaron de escuchar mi propuesta y les pareció aceptable, nunca esperé que además, fuera la respuesta a muchos otros problemas de los que deseaban deshacerse.
Las negociaciones se dieron de la forma más cordial, yo sabía cual era la debilidad de mis colegas, no hay mejor heroe que un gran traidor, y saqué partido de ella. Se cumplieron todas sus prerrogativas que incluían mejoras en su plan de retiro, optimización de las condiciones de trabajo y aumento en sus salarios estancados desde hace unos años. Incluso una cláusula, la que más trabajo me costó que aceptaran los directivos. El impedimento absoluto a ser sustituido por una IA. Toda la mesa mostró indignación ante mi tibieza al aceptar tal requisito, pero los tranquilizó mi propuesta que, incluso lograría mejorar los balances financieros.
La transición tomó varias semanas, requirió muchas horas de desvelo para lograr la implementación tras bambalinas, de un espejo virtual de todas las actividades del hospital, para capacitar a toda una nueva plantilla de médicos, técnicos, enfermeras, administrativos; así cuando llegara el momento del recambio de personal tendrían un conocimiento adecuado del día a día del trabajo hospitalario Esta implementación era el mayor secreto de la institución, se acordó una fecha para hacer el movimiento de personal más grande y arriesgado en la historia de una institución de salud, por fin se desharían de miles de contratos anacrónicos, desfavorable para el desempeño financiero del hospital. Aprovechando la precariedad laboral de generaciones recién egresadas, acostumbradas a terribles condiciones laborales, aceptaron contratos que diez años atrás eran totalmente ilegales.
La contundencia, velocidad y prepotencia con la que ejecutamos el plan, paralizó a todos.
Esa mañana al llegar, pensaron que una emergencia masiva estaba ocurriendo, carpas instaladas en el estacionamiento a las cuales tenían que pasar, donde para su sorpresa, docenas de escritorios los esperaban para darles a firmar su liquidación. El talón de Áquiles de su pliego petitorio exigía no ser despedido para ser sustituido por una IA, pero no contemplaba el ser sustituido por otro humano con condiciones laborales muy distintas, tomando todas las ventajas del entorno laboral y condiciones económicas actuales.
En veinticuatro horas se logró reducir el costo de la plantilla en treinta puntos porcentuales, incluso considerando el gasto de compensaciones por despido, además del nuevo contrato laboral que amparaba como nunca los intereses de los dueños hospital; que incluso recibieron subsidios gubernamentales por promover la innovación tecnológica y el desarrollo económico, tan sólo por implantar un esquema donde, los nuevos empleados sí que podían ser sustituidos por una IA sin contemplaciones.
Por segunda vez volví a ser el heroe de mis jefes, y los jefes de mis jefes. Estaba en los cuernos de la luna, su luz no me dejó ver el enroque que me esperaba.
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No puedo negar que yo fui uno de los más entusiastas, genuinamente pensaba que la IA era lo mejor que le había pasado al mundo. No sólo se trataba de hacer tu carta astral o una imagen atractiva, poderla incorporar de manera irrestricta en todo lo que atravesara un chip de silicio fue mi primer proyecto personal, y ojalá se hubiera quedado en eso. Tal vez así habría evitado que, los últimos días de mi vida los pasara lleno de dolor en esta choza en medio de no sé donde.
Hace unos años las cosas eran muy distintas, mis superiores me escuchaban fascinados cuando les mostraba lo que lograba hacer con esta tecnología que parecía magia pura. Ellos sabiendo que estaban en sus últimos años, al menos laborales, veían como niños en navidad, los milagros que estos entes digitales de los que no sabían nada, podían hacer en un sinnúmero de actividades.
Me encantaba ser el centro de atención, en un principio algunos ponían en tela de juicio los avances en la incorporación de la IA en mis actividades. Pero al poco tiempo desistieron de su idea de parecer unos viejos anacrónicos, finalmente, la mayoría también se volvieron unos convencidos. Era un apóstol frente a mi séquito que, cada vez era más numeroso.
Sin que me lo hubiera propuesto me convertí en esa voz que sabía a innovación, cosa que los jefes de mis jefes veían como la tierra prometida. Para nadie era sorpresa que gobiernos y particulares cada vez destinaban menos recursos a la salud que, costosa e inundada de burocracia se convirtió en un gigantesco elefante blanco del que todos buscaban escapar. Los jefes de mis jefes entendían, porque así les habían enseñado, que la innovación era gastar más dinero en una máquina o tecnología que hiciera, de preferencia mejor o más rápido, lo que ya veníamos haciendo.
Un día me llamaron para que les explicara qué era eso de la IA, porque habían escuchado todo lo que yo lograba de manera individual; se quedaron boquiabiertos. La siguiente interrogante fue ¿si eso se podía aplicar en el hospital? Deseaban tranquilizar a todos los inversionistas por “lo poco” que ese ramo de la economía lograba explotar de los avances de la ciencia, “esta bien que la gente se cure más, pero nosotros ¿qué ganamos?”, escuché decir a uno de los consejeros que estaban en la mítica reunión.
Tras mostrarles los primeros ejemplos de lo que la IA podía hacer en el hospital y de la cantidad de gente que se volvería innecesaria, sus opacos ojos volvieron a brillar como lo hicieron en su mocedades.
En pocos meses me convertí en el invitado a todas las reuniones de mejoras e innovación del hospital; desde el estacionamiento, la cocina, caja de cobro, hasta el manejo de los enfermos en terapia intensiva que, era mi actividad primigenia. Esto me obligó a alejarme de los pacientes y a saturar mi agenda de reuniones hasta ya entrada la noche o por videoconferencia el día y a la hora que fuera, había creado un ambiente festivo alrededor de esta gran herramienta de innovación y todos querían ser participes.
No lo sabía, o no quería saberlo, pero en ese momento compré el boleto para ganarme todas estás desgracias que, me tienen agonizando en medio de la nada. Mi vida se volvió glamorosa, era una especie de estrella de rock en mi micromundo, y cada vez que veía mi cuenta de banco, engordaba un poco más. También comía más y en mejores lugares, bebía más y más caro, y mi camioneta blindada con chofer me movía más y más tiempo.
Mi primer gran proyecto fue uno pequeño, que no fuese tan visible, si bien era un convencido, debía ser cauto, o al menos lo fui al principio. Deseaba una prueba de concepto que, me abriera las puertas de toda la organización.
Así que, empecé derrumbando la gran variabilidad de opiniones y errores derivados de la interpretación de imágenes de radiología y análisis de biopsias. Antes ya había arado el camino, radiólogos y patólogos estaban entusiasmados en ayudar en lo que se necesitara para entrenar a la IA que, si bien tenía información de otros hospitales alrededor del mundo, la personalización era una de sus virtudes que requería trabajo humano. Tras unos meses de transición el sistema permitió reducir la variabilidad en la interpretación de biopsias y tomografías, a la par de tres cuartas partes de los entusiastas que, se volvieron innecesarios, se tuvieron que quedar algunos, porque aún se requería que un humano se hiciera responsable en caso de demandas por errores o alucinaciones en el diagnóstico. A esta reducida plantilla les ofrecimos un pequeño aumento salarial para que estuvieran tranquilos y pudieran como en cadena de producción sólo confirmar los hallazgos realizados por la tecnología; nunca pensé que con ese aumento contratarían otra IA que lo hiciera por ellos. Así que, después redujimos la plantilla un poco más, para que sólo firmaran los reportes.
Estas dos primeras implementaciones fueron un éxito, al menos moral y de concepto, financieramente fueron neutros, aunque a la postre dejaron de serlo, una vez que entrar es difícil salir, aunque sepas que te daña, te da satisfactores que te evaden de la realidad.
Este modesto beneficio no satisfizo a los inversores. Tras meditarlo mucho, necesitaba una idea que nos diferenciara del resto de hospitales, los cuales al observar nuestro éxito en innovación que, publicitamos con bombo y platillo, comenzaron a incorporar en sus instituciones.
En su momento el análisis fue valido y por supuesto aprobado por unanimidad y con aplausos. Si en todo el mundo la IA sustituía cada vez más posiciones médicas, no tenía sentido seguir formando recursos humanos en salud. Tras varias reuniones y múltiples escenarios económicos, era más redituable invertir en mejores dispositivos de medición de constantes vitales avanzadas y pantallas inteligentes que interactuaran con los pacientes, en lugar de mantener una plantilla de cientos de estudiantes pululando en el hospital. Temerosos al principio, fue un gran movimiento de mercadotecnia, la gente bien y con bienes prefería que una imagen en una pantalla y un algoritmo alojado en algún lugar pobre del mundo fuera su interlocutor, en lugar de montones de médicos jóvenes que seguro querrían practicar con ellos. Así fuimos los pioneros en cerrar los acuerdos con la universidad; y prescindimos de estudiantes, internos y residentes del hospital.
Al final y por las malas supe que muchos más, menos afortunados, deseaban cualquier tipo de atención médica, ya sea humana o basada en silicio.
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Por razones ligadas profunda y genuinamente con el código postal de mi nacimiento, la historia de mis viajes y turismo comenzó bastante tardíamente. Estoy casi seguro de que, la primera vez que viaje a Europa fue a Barcelona, ahora que le pongo tinta a mis recuerdos, nunca he ido (salvo una ocasión) a ese continente sino por motivos profesionales, si viajé a varios países con motivación meramente turística, pero cuando estuve viviendo una temporada en Italia, en Trieste.
Como decía mis viajes trasatlánticos siempre han estado cobijados por actividades profesionales, estos es un gran eufemismo para decir que siempre he conseguido un mecenas que financie mi estancia. No negaré ante tal evidencia que, podría ser considerado un vividor, pero bueno el mecenazgo ha sido parte de la historia del arte y la ciencia.
En esta vida de sacacuartos científico; después de Venecia que, era una parada obligada siempre que alguien iba de visita a Trieste; la ciudad que más he visitado es Barcelona, en la cual he tenido historias interesantes que merecen ser mencionadas en otro momento. Estos recuerdos se amalgamaron con varias lecturas de ficción que ocurren en Cataluña, pero indudablemente Carlos Ruiz Zafón (1964-2020) en su tetralogía titulada El Cementerio de los Libros Olvidados, representa con nostalgia y misticismo una ciudad que, dejó una impronta muy notable en mi sentir y mi pensar.
Por lo tanto, tras al menos un par de lustros después de mi última visita (bastante fallida porque solo llegué al aeropuerto); el hecho de que un mecenas me ofreciera volver con el pretexto de un congreso médico y una reunión de trabajo, me pareció una gran oportunidad que, no dejé pasar.
Además de las perspectivas profesionales que, estaban bastante bien acotadas, me interesaba volver a recorrer sus calles; con la ilusión de alejarme de las grandes atracciones que ya había conocido en épocas pasadas. Confiaba en que, alejándome de las hordas de gente tomando las mismas fotos que van a los mismos lados, me aportaría una visión renovada y tal vez más genuina.
El itinerario incluía librerías, tiendas de música y fotografía, algún restaurante y algún museo. Tenía algunos puntos de referencia y muchas ganas de caminar. Pensé que para mi buena fortuna el hotel donde me hospedaba no estaba en la zona más céntrica de la ciudad, así que el plan estaba razonablemente trazado; digo esto porque normalmente ocurre que, las ciudades ajenas son como un animal huidizo, te muestran lo que desean muy a su manera y con cierto recelo, esta ofrenda se logra caminándola sin expectativas, cuando menos lo esperas algo te sorprende y lo atesoras.
No sé qué fue lo que pasó, todo pasaba y ocurría de maneras muy extrañas, cantidades ingentes de turistas en todos lados, tanto que, una de las fotos que más me gustó fue de una pequeña calle con apenas un par de personas, algo anormal. Marquesinas demasiado lindas, excesivamente luminosas, pidiendo a gritos (en inglés) que, le tomaras una foto para etiquetarla en redes sociales o le dejaras una reseña en google maps, calle tras calle la escenografía no cambiaba. Tras varias horas una pequeña tienda de discos y una librería confirmaban mis hipótesis, éramos demasiados visitantes, los hemos invadido y ya no pueden ser melómanos o libreros, sino expendedores de productos. Parecía que toda la ciudad se había transformado en un inmenso centro comercial, ya no era solo el corte inglés, todas las aceras eran transiciones de un tipo de productos a otros, siempre ropa, siempre comida, siempre lo mismo. El capitalismo envistió sus calles de un traje de latex negro que seduce a sus transeúntes y asfixia a sus vecinos.
Conforme pasaba el tiempo, porque vaya que insistí en encontrar la ciudad, imaginaba lo terrible que sería lidiar con todo esto cada día en la cotidianidad, es paradójico que hace quinientos años ellos derrumbaran la identidad de pueblos ancestrales y ahora el metamodernismo los deglute.
No se puede ser dogmático y pensar que sólo mi experiencia pueda hacer diagnóstico, pero si creo que, si deseo que la ciudad me muestre su alma, tendría que hacerlo con más precisión e ingenio; mientras tanto me llevo esa impresión de haber visitado un gran centro comercial.
No tengo nada porque no quiero nada.
No creo en el amor ni en los huevos cocidos.
Todo es fugaz y frágil igual que una mirada,
y todo es vano y triste como los tiempos idos.
¿Quién soy, o qué? Nada me importa
saberme un jitomate malherido,
ni llorar por la vida que es tan corta,
o tan larga, según lo sucedido.
Lagarto, o buey, o talismán y hechizo,
cada cosa a su hora, plenamente,
soy y no soy como mi madre me hizo.
En esta esquina, y por detrás y enfrente,
valgo y huelo lo mismo que un chorizo,
eterno y para nunca y para siempre.
Este ensayo explora detalladamente, pero de manera manejable, las interacciones entre las diversas culturas y sociedades ancestrales de México y su dominación por el Estado que, busca acallarlas y destruirlas para homogeneizar el ideario de lo que debe ser este país. No sólo desde el análisis y la descripción, sino a través de la denuncia y la utopía donde todxs podamos convivir y florecer. La narración y análisis no muestra una visión rosa y maquilada de la realidad, ni tampoco una perspectiva catastrófica, aunque lo sea.
Pienso que es una increíble lectura para tratar de comprender el crisol que somos e intentar interiorizar una alteridad de lo que nos hemos olvidado, lo cual nos perjudica como sociedad, dejándonos demasiado vulnerables.
Nadie debería comer lo que no ha matado
Las cosas y sucesos llegan cuando tienen que llegar; así fue mi descubrimiento del fanzine.
A pesar de tener una idea muy superficial y claramente errónea, su develación este año fue muy grata y enriquecedora.
Para poner el piso plano para tod@s voy a intentar definirlo. Es un medio de expresión impreso (o digital) de formato pequeño, con temáticas variadas, aunque normalmente de nicho, con muy pocas o ninguna regla de tipo editorial o creativa, por lo general de producción casera o en pequeñas editoriales. Es decir puede ser una hoja tamaño carta doblada en cuatro partes escritas a mano con un manifiesto punk, hasta un pequeño ensayo fotográfico en impresión offset.
Lo anterior me tiene fascinado, la libertad que implica. Es todo un universo en el que, conviven el cómic, crónica, poesía, ensayo, cuento, relato, crónica, divulgación; cualquier cosas que se pueda imprimir en una hoja de papel, se puede decir.
Por la forma en que se produce, prácticamente cualquiera puede crear uno, con unas cuantas hojas de papel y una fotocopiadora tienes para expresar lo que te venga en gana.
La imprenta transformó la forma en que los libros se producían, permitiendo su impresión masiva, las técnicas modernas de impresión a bajo costo, permitieron no sólo la impresión masiva, sino la disponibilidad masiva.
Para los que venimos de un mundo más anclado a convencionalismos, creeríamos que sólo las grandes editoriales, los autores de culto o figuras que roban la atención de los medios tradicionales, pueden publicar sus creaciones. Pero la posibilidad de que cualquiera pueda expresarse sin ataduras, en este mundo tapizado de candados sociales, comerciales y prejuicios autoasignados; me parece valiente, transgresor y muy interesante.
En este momento en el que incluso poner a hervir pasta, agregarle aceite y rallarle queso es denostado y preferimos pedir comida rápida a través del teléfono celular. El decidir crear algún material gráfico y/o escrito, acomodarlo en las páginas, darle formato, imprimirlo, fotocopiarlo y distribuirlo; sabiendo que no será ni rentable, ni sostenible, que no ganará ningún premio literario, y aún así decidir llevar a la vida tus ideas realizando ese esfuerzo; le otorga al fanzine un peso específico muy importante.
Puede o no gustarnos, pero lo que es innegable es el interés de la autora, autor o autores para realizar su proyecto. Justamente cuando los estereotipos idealizados que, ya se venían gestando por los algoritmos de las redes sociales y que se consolidaron con la “perfección” y sesgos de la inteligencia artificial, en este mundo tan plastificado y aséptico; encontrar el sello puro y genuino de quien elaboró el fanzine, es un rodal. Se siente el amor e interés vertido en esas hojas fotocopiadas
Aunque hay fanzines robustos e icónicos, la mayoría tienen unas cuantas páginas, por lo que si se viene del mundo lector tradicional, devorando cientos y cientos de hojas o del mundo digital de la pantalla infinita; el fanzine puede padecer diminuto, y lo es, pero esa característica lo lleva a apreciarlo de modo distinto, y no pocas veces a releerlo o repensarlo.
Arropándome en la tercera acepción de la RAE, es un producto muy elitista y exclusivo no sólo en su producción, sino en su distribución y consumo. No es fácil encontrarlo, hay que poner algo de esfuerzo en dar con ellos; por su conceptualización no son para todos los públicos y su especialización reduce el número de lectores.
Pues bien, hasta hace apenas unos meses en la Feria del Libro y la Rosa que, exactamente no sé por qué, pero compre bastantes y recientemente en un viaje a Xalapa otros tantos, me he enamorado del fanzine, pero también de sus valores intrínsecos, con los que congenio plenamente; la libertad, la valentía y la dedicación; impulsados por el interés genuino, me parecen muy atractivos.
En esta pequeña incursión que estoy realizando me he encontrado cosas muy interesantes, creativas, inteligentes, divertidas y bellas.
Como todo en la vida, también está el lado oscuro, que ni tanto; uno es el costo, si bien no son caros, para el que no valora el trabajo manual, intelectual y artístico; pagar el equivalente a cinco o diez dólares por unas cuantas hojas de papel, le parecerá absurdo. Pero honestamente la mayoría de la gente gasta eso y más en comida chatarra que, sólo les incrementa el riesgo de diabetes y cáncer. Y el segundo punto en contra es que, la versión digital del fanzine, no siempre transmite lo que gemelo analógico si.
He cumplido con compartirles mi nueva afición, e invitarlos a que si asisten a alguna feria del libro o si por accidente entran a alguna librería, pregunten si tienen fanzines, algo encontraran que les sorprenda.
Algunas personas me han preguntado por qué no escribo sobre mi patológica afición a correr largas distancias. Lo he intentado un par de veces, pero los temas relacionados con los deportes son un terreno resbaloso que, se acerca peligrosamente a la autosuperación personal y la meritocracia.
Es menester decir que, de todas las disciplinas deportivas, correr largas distancias en la montaña es la menos aspiracional. Para la mayoría de los mortales, la llegada a meta nos hace ver más que como un mensajero icónico del mediterráneo; parecemos actores de relleno para una película de zombies de bajo presupuesto, y olemos peor que un buen queso Vieux-Boulogne.
Es buena idea aclarar qué es el ultramaratonismo. En su sentido más literal es, correr una distancia superior a los 42.195 kilómetros del maratón. Algún gracioso dice que, correr desde la meta hasta el estacionamiento es considerado ultramaratonismo.
El mundo de las ultradistancias es vasto, llegando a centenas de kilómetros; aunque los 100 millas y 100 kilómetros se consideran canónicas; e incluye infinidad de terrenos dónde realizarlos; lo característico es el bosque, pero va del desierto a la tundra, pasando por el asfalto de la ciudad. Al combinar estas heterogéneas características se podría correr un ultramaraton dando vueltas a una cancha de fútbol, o una carrera corta en una montaña.
La composición más frecuente suele ser corredor de montaña y ultramaratonista. Pienso que, se debe a aspectos logísticos y de disponibilidad; es más sencillo (o no), meter cientos de corredores en medio del bosque por diez o veinte horas, que lanzarlos a las carreteras, expuestos a la hegemónica fauna del motor de combustión interna.
Ya definidas las distancias y localización donde ocurren estos eventos. Se debe considerar en la ecuación una variable muy importante, la orografía. Lo accidentado y elevado del terreno, ya que subir una cuesta de cinco kilómetros es totalmente distinto a realizar la misma distancia en carretera o camino llano. Ésta es la razón por la que, las carreras de montaña incluyen en su descripción, la distancia y el desnivel tanto positivo como negativo. Subir varios cientos de metros para alcanzar las crestas de la montaña impone una demanda física importante no sólo para el ascenso, se pensaría que, al bajar la gravedad nos ayudará, pero, no pocas veces en particular si no se tiene suficiente técnica o experiencia, bajar una ladera puede ser más difícil, lento y peligroso que subirla. Lo anterior se adereza con portar lo necesario para comer e hidratarse durante el camino, portar la ropa suficiente para afrontar mínimamente las inclemencias del tiempo y no pocas veces correr de noche.
Toda esta explicación además de aburrirles, lleva a la pregunta que, propios y extraños nos realizamos ¿por qué hacer esto?. Algún amigo me decía que incluso en auto recorrer tanta distancia da pereza. Pues las respuestas, cuando las hay, son de lo más variadas y no pocas veces llenas de estereotipos; desde el macho alfa, hasta historias de redención sabor tutti frutti.
Alguna vez un niño de unos ocho años, algo contrariado, al verme corriendo en condiciones deplorables me aventó la pregunta -¿por qué corres?-. Algo tan elemental que aún sigo sin poder responder a cabalidad.
De manera rápida es, porque tengo una fisonomía que me facilita esta disciplina, y por lo tanto no me dejaría ser jugador de rugby. Especulo que, mis genes algo de raramuri deben traer y que, eso me dota de una condición que promueve un adecuado consumo de oxígeno y energía.
La segunda razón es que, desde pequeño me he sentido atraído por la naturaleza. Es un lugar en el que me encuentro muy feliz, me llena en muchos sentidos físicos y espirituales. Desde que tuve la oportunidad de escapar de las toneladas de cemento de la Ciudad de México, para ir a la montaña los fines de semana, regreso con cierto grado de serenidad, algo totalmente opuesto a lo que ocurre cuando por diversos motivos no puedo escaparme, entonces la ciudad me asfixia.
Después viene algo más complicado de definir. Este tipo de carreras implica, entre muchas, dos cosas muy importantes para mi; la soledad y el aislamiento. Sé que una competencia de ultradistancia me llevará a estar muchas horas en soledad, y totalmente incomunicado. Algo tan anormal en la actualidad que, es casi un santuario a las ataduras sociales.
En ese recinto, mi cabeza pasa horas en grato destierro. Me han preguntado ¿qué piensas durante tanto tiempo? En la superficie nada relevante o significativo, pero en el fondo algo ocurre en esos trayectos que no recuerdas, horas perdidas que se borran de tu experiencia, algo profundo se moldea ahí, la mayor parte de las veces sin darme cuenta. Lo anterior se amalgama con una dosis de esfuerzo físico muy importante y una significativa cantidad de sufrimiento y fatiga.
El año pasado fue un annus horribilis en mi vida como corredor de montaña. Tuve que abandonar una carrera porque la diarrea me traicionó y no había manera de continuar. Mi segunda deserción ocurrió porque subestimé la distancia, llegó un momento en que mi cuerpo alcanzó a su límite y no pude dar un paso mas. Estos fracasos se me clavaron profundamente y desde entonces había evitado una carrera de esta índole. Es el precio que se paga por crearme expectativas, las cuales son un verdugo receloso y vengativo.
Pero acá estamos de vuelta, intentado desenterrarme la espina. Mi madre, que me acompaño esta ocasión y yo, nos levantamos a las dos y media de la mañana. Dado que el pueblo está a dos horas en auto, pensé que podía salir muy temprano de casa, para evitar busca algún hotel cerca de la meta. La idea dejó de ser tan buena, cuando me di cuenta que, tenía que llegar a las 4:30 a.m. para recoger mi dorsal. Tampoco calculé que a muchas avenidas principales les dan mantenimiento a esa hora, lo que implica cierres y desviaciones. Finalmente, es el horario en que muchas personas salen de la fiesta y cumpliéndose el vaticinio, un tipo en máxima irresponsabilidad iba zigzageando, poniendo en peligro a tod@s. Algo interesante fue ver localidades que de día son pintorescas, durante la madrugada intimidan. Superando esas adversidades se logró llegar a la zona de salida en tiempo y forma.
Ya con dorsal en mano, me dispuse a desayunar algo ligero, labor que se tornó compleja porque traía un panal de abejas en el estómago, los nervios me revoloteaban por todo el triperio, por un instante pensé que vomitaría.
Tras la cuenta regresiva ciento cincuenta corredor@s abandonamos la carretera y nos hundimos poco a poco en las entrañas del bosque. Mi estrategia era sencilla, hidratar y alimentarme correctamente, evitar caídas, y llevar un paso muy controlado que, aunque no asegurara un lugar en el podium, me permitiera terminar (ahora si) la competencia; la ecuación era soluble, lo que olvidé es que intentar resolverla a un poco más de 3000 metros sobre el nivel del mar la enviste de complejidad.
Durante la primera hora de carrera se observa bastante caos, entre quienes la lideran, los que la quieren liderar y no podrán, lo que no buscamos gloria ni fanfarrias, y en no pocas ocasiones los que aún necesitan más entrenamiento y experiencia para enfrentar no menos de ocho horas en continuo movimiento, cargando dos kilos de equipo en la espalda.
Al llegar al kilómetro diez y siete, en una laguna hermosa, ya se había establecido el lugar que nos correspondía, de ahí en adelante restaba ejecutar la estrategia para rasguñar una mejor posición. Para ese momento el miedo atávico de los fracasos se comenzaba a difuminar.
Como el canto de las sirenas, la belleza de la naturaleza me arrobó el pensamiento. Pero en el tercio medio de la distancia pactada, se comenzó a cobrar la factura. Ya que, era la parte más difícil, trece kilómetros de subida y bajada, los incluyo en la misma categoría porque en este deporte ambos, requieren mucho esfuerzo. Es ahí donde la naturaleza se impone, y anguladas pendientes o eternas bajadas resbalosas nos ponen en nuestro lugar, y no pocas veces es el momento en que unas buenas bofetadas de realidad nos despiertan del sueño meritocrático.
Pude transitar ese purgatorio con bastante decencia, lo que me puso contento, eso significaba que mi modesta y ecléctica forma de entrenar estaba rindiendo frutos. No había comentado que esta es la carrera con menos kilómetros de entrenamiento, aunque con cambios radicales en la alimentación y ejercicios de fuerza.
Merece ser mencionado que, el paso por el centro ceremonial Otomí es majestuoso, y aunque construido apenas el siglo pasado, enviste respeto y otorga cierta energía.
Ya para el último tercio de la carrera, me habían dejado las mujeres que disputaban el tercer lugar con las que compartí un rato trayectos, y un corredor muy joven que bajaba cuestas sin temor a dios ni a la gravedad, pero que, me dio confianza y lo seguí un buen rato; es lo que se llama kilómetros gratis, cuando logras encontrar compañeros que te hacen más grato el camino.
La soledad de las últimas horas bajo el sol en su cenit era el lugar propicio para que, el demonio se ponga a hurgar en mis debilidades y rasque con su pezuña, para que comiencen a sangrar. Afortunadamente un clima bastante benévolo, un final en descenso tenue y la buena ejecución del tramo recorrido, me dejaron correr y escapar del maligno que, me quería seducir.
Siempre la llegada a meta es emotiva y te sientes emperador por diez segundos. Finalicé dos horas antes de lo esperado, y la sorpresa fue haber logrado un lugar mucho mejor de lo que pensaba.
Al final el objetivo era desenquistarme los fracasos previos. En este trance he acotado mi situación de vida, y ser consciente de lo que si puedo hacer y lo que no.
Ya acepté que, en mi epitafio diga “Y nunca corrió las cien millas”.
P.D. Esta crónica fue escrita con un tremendo dolor de piernas y espalda, lo que me llevo a acuñar la frase “me duelen hasta las buenas intenciones”
Mi aseveración es tan absurda como verdadera. La noticia de que un grupo de gente de bien y de bienes; encerrados en un crucero, se trajeron un virus que, convirtió a quienes menos lo esperaban en unos apestados, unos impuros, prácticamente una nave espacial que amenazaba la vida en la tierra como la conocemos; esto ha sido tema de noticieros, periódicos, redes sociales y sobremesas del mundo. Fenómeno totalmente esperado por las reminiscencias del COVID.
La definición de pandemia del Diccionario de Español de México (sí, dejaré de usar el diccionario de la RAE) es: “fenómeno que se extiende a todas las poblaciones, especialmente tratándose de enfermedades”.
No sé si, al estar pedaleando todos lo días o mi aproximación más crítica hacia los usos y por supuesto abusos de la tecnología de consumo, pero, todo el tiempo percibo un suceso que se extiende a todas las poblaciones; traer en teléfono en la mano todo el tiempo, algo tan normal, tan esperado y justificado que, no se nota. A menos de que, tu integridad física e incluso tu vida dependa de ello.
El utilizar la bicicleta como medio de transporte implica varios retos, y la asunción de algunas habilidades. En mi filia por priorizar todas las cosas, tengo una lista de cosas peligrosas al andar en pedaleando, encabezada por los automovilistas usando su teléfono inteligente. Son de lo más peligrosos, ya sea con el vehículo en movimiento, detenidos en un semáforo o estacionados en la calle. Por dos características importantes: 1) la falta de preocupación por su alrededor; verdaderamente tienen toda su atención en la pantalla; y 2) se les olvida que tienen entre sus manos el control de alrededor de una y media toneladas de peso que, dependiendo de la velocidad este valor se multiplica.
Así como en las pandemias un agente minúsculo ingresaba al organismo y podía lesionarlo hasta la muerte; y no conforme, ese fatal comportamiento lo extendía a su entorno más cercano. En perfecta analogía, un dispositivo de menos de 200 gramos y cerca de 6 pulgadas que, sólo requiere el dos por ciento de nuestro angulo de visión, es capaz de transformar en víctimas al usuario y cualquier persona que comparta su territorio: otros automovilistas, ciclistas, usuarios de moto y monopatin, transeúntes, y prácticamente cualquier ser vivo que se atreva a invadir su hegemonía.
Es tan ubicua esta amenazas que, “infecta” a los peatones. Esta es mi segunda amenaza al rodar por las calles de la ciudad, las persona en la calle mirando la pantalla, siempre en posición sumisa, si además traen puestos audífonos, la ecuación es altamente peligrosa, parecen minas antipersona, en cualquier momento podrían detonar.
Esto me tiene con el umbral muy bajo para la identificación de teléfonos celulares guiando a setenta kilos de carne, piel y músculos que, desposeídos deambulan errática y peligrosamente por las calles de la ciudad.
Así como en las historias de fantasía cuando una piedra, un anillo, una espada, transformaba para bien o para mal a la o al protagonista, del mismo modo el dispositivo inteligente en la mano siempre, siempre, y reitero, siempre; transforma al autoconsiderado epítome de la evolución en un ser sin alma, determinación, ni pensamiento.
Esto se reproduce en escenarios variopintos. Me sorprende cómo los acompañantes de un paciente estén atentos a la pantalla y no a lo que ocurre en la consulta médica; aún mas dramático cuando es el propio paciente quién no se puede despegar de su dispositivo, la dominación es tremenda.
Ya ni hablar de reuniones con amigos, familia o pareja, en la que ese bicho de silicio y luz incandescente hace presencia.
Esta situación tiene menos de veinte años, cuando Steve Jobs (que espero se esté dorando a fuego lento en el infierno) lanzó al pionero del teléfono inteligente, pero también algo más importante, el modelo de negocio que, a la postre trajo a la vida a los jinetes del apocalipsis.
En términos históricos es un suspiro, pero así como el COVID transformó en poco tiempo la historia del mundo, de igual manera lo han hecho los teléfonos inteligentes. Aún recuerdo a mi madre limitándome el acceso al televisor, “por que esa caja tonta te envicia y te deja tarado”. Hoy la veo enganchada a tiktok de una manera impensable.
Yo que cambiaba de teléfono cada año, o menos, que tuve todas las redes sociales y me monitorizaba hasta lo impensable, sigo siendo su fiel ciervo; ataviado y adoctrinado de manera distinta no deja de dominarme, de ser una adicción que ocasiona daños físicos (de los mentales mejor ni ahondar), justo ahorita traigo una tendinits del pulgar derecho y dolor de codo por no soltar a ese gente infeccioso que, de una manera u otra hace hasta lo imposible por alimentarse de nuestra atención.
Inocentemente pensé que con modificaciones en mis hábitos de consumo digital iba a lograr emanciparme, pero no fue así. Se comporta como los virus, muta para resistirse a su extinción y mientras se encuentre en el ambiente, son un riesgo para la salud. A diferencia del hantavirus en el que las alarmas internacionales se detonaron, esta pandemia tiene un horizonte sombrío, ya que, ni sus víctimas y mucho menos los victimarios quieren buscar una cura.
Así como Mark Fisher dijo que era más fácil imaginar el fin del mundo que, el fin del capitalismo. Su servidor parafrasea esta contundente afirmación, porque creo que, es más fácil imaginar el fin del mundo, que un día con el teléfono inteligente sin batería.
Un psicólogo de la Universidad de California dice que hay que dejar el café y cambiarlo por meter la cabeza en el congelador para activar el cuerpo y así eliminar la cafeína del organismo para dormir bien evitar pensamientos intrusivos despertarse en mitad de la noche poder pasar los días sin problemas de salud disfrutar el tiempo libre reduciendo la posibilidad de problemas mayores como la depresión medicación y meter la cabeza en el horno.
Al tener este libro en mis manos pareciera que versara sobre la autosuperación personal, ya que mis deseos de establecer diálogos con otros seres humanos es bastante limitado. Pero en realidad es un ensayo y trabajo etnográfico (ambos bastante blandos) sobre el estado actual de la conversación; en contra punto a la epidemia de comunicación digital. Utiliza el recurso de las sillas de Thoreau para darle estructura a la basta información, a ratos repetitiva y aburrida que, demuestra cómo desde hace más de diez años las empresas tecnológicas se nos han metido hasta el tuétano y ahora dominan (y auditan) los aspectos más elementales de nuestra vida.
Es importante mencionar que, la descripción de éste fenómeno de virtualización de la comunicación viene profundamente representado por trabajo etnográfico, lo cual de un matiz muy regional y no debemos olvidar que, si bien lo mencionado puede aplicar a otras sociedades, es una muestra de la sociedad estadounidense.
Me parece que el revuelo que causó el libro justamente se debe a que proviene de este entorno carente de autocrítica. En donde cuestionar su voracidad por lo novedoso parece un acto de rebeldía, lo que refleja lo miopes que están, y que estamos, al ponerlos como referentes para todo. Al ser o intentar ser, un ensayo le falta rigor y profundidad, funge como una no tan pequeña muestra de los problemas de la sociedad de hace diez años que, para sorpresa de nadie se han profundizado dramáticamente. Más que un ensayo, es una descripción unidimensional y bastante cobarde de un problema muy grave, que jamás menciona el contexto. Como suele ser, el texto deja al individuo consciente del problema de la comunicación oral, pero desolado, sin referentes para buscar repuesta, y por supuesto sin subrayar a los culpables de esta debacle.
Esta pasión por lo macro nos impide atisbar otras posibilidades.
Era otro sábado en el que venía arrastrando una semana de cansancio; a pesar de las dos horas de manejo, vale la pena, estar rodeado de monte, del ruido de los animales, aunque también del ruido de los pueblos. Salirme me da aire a la cabeza, que no pocas veces pesa demasiado.
Pero hay que ser honestos, en términos prácticos lo que hago es cambiar una rutina por otra, ese es mi súper poder, transformar todo en una serie de sucesos repetitivos, lo que si bien puede ayudar a que las cosas ocurran de manera más automática y por tanto “eficiente”, también se puede transformar en una asfixiante bolsa de plástico cubriéndote la cabeza. Así que, venir al campo y hacer una permuta de hábitos, al menos por veinticuatro horas, que es la duración promedio de mi fin de semana, me ayuda a seguir adelante en mi semana circense. Lo digo con una connotación de literalidad ¿acaso los payasos, acróbatas y malabaristas, no hacen lo mismo que yo? Tal vez sus rutinas sólo se fracturan por otras rutinas de su vida nómada.
Lo primero que me llamó la atención fue que el vidrio de la ventana estuviera sucio, como si le hubiera salpicado tierra y la lluvia lo enjuagara mal y quedaran los rastros del desastre. Me pareció raro que no lo limpiaran, en especial que el resto de los vidrios estuvieran impecables. También que alrededor había francas evidencias de que las aves habían seleccionado esa zona de la terraza como baño público, e igual de inusual que no lo limpiaran, en fin, todo continuo como de costumbre. Por lo que a las nueve de la noche estaba más destruido que un zombie en la quinta temporada de la serie. Cansado de estar cansado cerré el libro y me fui a la cama, esperando que mi sueño tuviera el valor de ignorar mi vida cotidiana, y cumpliera su promesa de desintoxicarme el alma y el cerebro de los miasmas consuetudinarios; lo cual por cierto se ha incumplido perseverantemente en los últimos años. Pero cada noche es una oportunidad de lograrlo, me lo digo como si lo creyera.
Apenas el sol empuja la noche y antes de que mi cerebro adoctrinado a levantarse a las cinco treinta de la mañana, traicione mi día de descanso o de que las perras me laman la cara indicándome que debo abrirles la puerta para desahogar sus necesidades; lo que siempre me pone a pensar si, la vida no es tener que estarle abriendo las puertas a las necesidades de los demás. Pero antes de que toda esa avalancha de sucesos inaugure mi dominical mañana, escucho tac, tac, tac, tac; primero de manera nebulosa, entre sueños, pero el tautológico sonido no deja de insistir. Aún con los ojos cerrados, creyendo que esa irrupción me va a permitir continuar con mi sueño, comienzo a pensar, primero de dónde viene, quién lo hace, por qué lo hace, tac, tac, tac, tac.
Mi terquedad es congénita y dominante, a pesar de estar apretando los párpados con tanta fuerza que hasta duele la cabeza, insisto en que puedo cumplir la convención de seguir dormido; sin llegar a conclusiones precisas del origen de ese nuevo y obstinado ruido.
Al final las perras que no entienden mis irracionalidades acuden a recordarme mis responsabilidades no escritas; cumplo con ellas y la de mi organismo; regreso a la cama, tac, tac, tac, tac.
Caigo en la desesperación, el teléfono, el correo, mensajes de texto, juntas y pacientes urgentes; ahora hasta la naturaleza reclama mi atención. Me levanto y planeo resolver el enigma. El sonido viene de la ventana sucia, me siento a mirarla y un pájaro, no uno de esos pequeños como gorriones, bastante más grande, totalmente gris y con pico muy largo y afilado vuela frente a la ventana, hace grandes esfuerzos por mantenerse estático y soltar un picotazo en el vidrio, tac.
Me hubiera gustado que hubiera sido un cuervo, pero esto no es de contentillo, aún con un ave menos icónica me siento por unos minutos como Edgar Allan Poe, sólo espero que al impertinente animal no se le ocurra decirme “Nunca más” porque me da un infarto. Me quedo un rato observándolo, pensando qué puede ser lo que intenta, lo que lo mueve a tocar en mi ventana a tan temprana hora de la madrugada. Al final me preparo un café y me salgo a la terraza, el pájaro se para en un árbol, me observa sabiendo que lo veo, que lo estoy invadiendo, impidiendo su labor, la cual es matutina, ya que en el resto del día no vuelve a intentarlo.
Como si no fuera suficiente con los cajones de mi cerebro desbordados de cosas, ideas y tareas; agrego una más ¿qué está deseando el plumífero? que tanto insiste. No lo sabré hasta la próxima semana, mientras tengo algunas hipótesis; de inicio voy a quitar el árbol de navidad, si es mayo y la navidad seguía patente, que pereza e inutilidad ponerla y retirarla, pero bueno, hay que hacer lo que se tiene que hacer. A lo mejor es un ave que se creyó eso de la meritocracia y cree que con esfuerzo puede romper el vidrio a picotazos, dándole acceso a ese árbol frondoso, colorido, con esferas y luces que, aunque artificial, le dará cabida a su descendencia.
La siguiente semana no pude escaparme a la montaña, algún compromiso mas tenía que cumplir entre las cuatro paredes en las que me encierro con otros veinte millones de chilangos, así que, tendré que esperar otra semana para saber que pasó.
Lo primero que noté es que el vidrio seguía sucio y persistían las heces. Así que, para no variar mi plan no resultó, si no me entiendo ni yo, menos los deseos de un pájaro. Antes de entrar a la cabaña por un segundo pienso que capaz el ave ya está adentro, que sí lo logró y se instaló como amo y señor. Obvia y afortunadamente no pasó, aunque esa tarde bastante calurosa, dejé la puerta abierta y se metió una golondrina; demasiados eventos relacionados con pajarracos. Estoy tentado a preguntarle a la IA, pero me aguanto, si voy a estresarme por idioteces, al menos que sean de creación propia.
Me voy a la cama, ahora esperando, que no deseando, que llegue ese instante antes del amanecer, en el que el mundo se vuelva real y vea si aparece mi alada némesis. Tac, tac, tac, tac ¡la puta madre! ¿qué quiere ese pinche animal? maldigo, me desespero, no entender me pone muy mal, y lo único que se me ocurre es tomar una escoba, le monto una camisa y lo planto en la venta, un espanta pájaros, lo veo y me parece tan absurdo, tan inútil, una Quijotada; caigo en cuenta de que se parece más a mí de lo que creo.
Replanteo mis hipótesis ¿qué podría desear un ave? tanto que lo lleva la irracionalidad de querer entrar a través de un vidrio, sólido, frío e inerte, que en su transparencia le permite ver una ilusión; incluso me pregunto ¿cómo ven las aves? ¿a colores, en grises o blanco y negro? ¿cuál es su ángulo de visión? y caigo en lo absurdo ¿qué puede desear un pájaro? Miro la sala con detenimiento, mi última opción es el perchero, podría ser un artista cubista o surrealista e imagina que, ese trozo de madera sosteniendo gorras, sombreros, bolsas y bolsos; es un lugar donde el podría anidar. Rompiendo las reglas elementales de la decoración lo retiro y lo meto en una de las habitaciones. La sala se va quedando más vacía, sin nada que se deba ser útil o atractivo para ese pájaro que se empecina en una tarea tan imposible como fútil.
Pasaron ahora dos semanas, sí, la vida está exigiendo cada vez más tiempo y más atención. Apenas me estaciono voy a ver el vidrio, no me parece más sucio que la vez pasada, prácticamente sin rastros de la estancia del pájaro, el suelo de la terraza limpio. Pienso que lo he logrado, casi estoy seguro. Me urge que sean las ocho de la noche para forzarme a estar despierto dos horas más, e irme a la cama e intentar enterrar mi racionalidad hasta que, abra los ojos con los primeros rayos de sol.
Entonces escucho, silencio, el silencio de la monótona madrugada; he vencido, pienso. Logro dormirme un rato más, así es de efímero el éxito. Hasta que un lengüetazo en la cara me despierta, saco a las perras, regreso a la cama deseando dormir un rato más.
Tac, tac, tac, tac…ahora suena diferente, más espaciado, apenas tres o cuatro veces, más tenue, cansado. Entonces pienso que logré mi objetivo, le he quitado la esperanza a ese pobre pájaro de liberarme.
Me hacía esta pregunta mientras platicaba con mi hermano, al salir de la feria La Feria del Libro y la Rosa, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Entonces me di cuenta de que no era solo yo y que, haciendo memoria muchas personas de mi círculo cercano tampoco lo son.
Pero justo había quedado con una amiga y planeábamos saludarnos en la feria literaria. Me envió su itinerario, para mi sorpresa estaba lleno de actividades. También me mostró una pléyade de autógrafos y fotos con la crema y nata de la literatura mexicana.
Por mi lado, en teoría iba a tomar dos o tres talleres, con ponentes que desconocía totalmente, básicamente iba por el tema a tratar. Al final decidí irme a comer y sólo entre a uno. Di una vuelta por los pasillos de la feria y eso sí, compré un montón de libros y fanzines de pequeñas editoriales.
Esto confirmaba mi sospecha. Hay quienes podemos y quienes no podemos ser fieles y entusiastas seguidores de algo o alguien.
Desde pequeño nunca tuve esta acercamiento con los referentes, pienso que se inicia con los deportes, pero haber desarrollado una aversión muy temprana al fútbol me impidió tener equipo favorito. No tuve esa semilla que me enseñara a seguir y apoyar una causa.
Creo el siguiente estímulo es el religioso, sin duda uno de los más importantes, tampoco lo sentí propio, a pesar de los intentos de mis padres por volverme católico practicante, se fracaso en el objetivo.
Durante una época si que estuve muy cerca de ser un seguidor digno. En la adolescencia fui profundamente influido por mis primos que, si eran muy fanáticos del rock, pero de una vertiente bastante oscura llamada death metal; y ser fan de algo minoritario casi siempre le quita valor, pero esa es otra discusión. En esos años nos formábamos horas afuera de una tienda de discos; que por cierto nos quedaba bastante lejos y no teníamos auto; para que nos firmaran un autógrafo. Cruzábamos la ciudad para ir a los conciertos, obviamente usaba sus playeras y compraba los discos.
Esa época habrá durado máximo cuatro años, era muy divertida y fascinante, creo que la aportación más relevante es la ilusión que, se genera al crearte una figura totémica y tenerla literalmente a tu alcance o a través de la comunidad. Tuvo sus momentos gratos que ahora son parte de mi nostalgia.
La universidad hizo virar mi camino y jamas volví al universo del entusiasta seguidor. Tampoco creo ser un tipo estéril que no tiene pasiones o intereses. Tengo cantantes, escritores, deportistas, directores, pintores, poetas, etc. que son mis favoritos y tienen un lugar en mi corazón, pero me encuentro muy lejos de ser su consumado seguidor.
En alguna conferencia le escuché a Juan Villoro una frase que no recuerdo si era propia o ajena, pero hacía referencia a que, esos referentes, esos ídolos, es mejor tenerlos lejos y apreciarles en ese lugar idílico que les hemos creado. Pienso que esa es una muy bonita justificación a mi pereza y profundo desínteres por ser fanático de algo.
No puedo negar que en casa las cosas que sonaban a obsesión, adicción, o endiosar no se promovían mucho, así que eso también cuenta.
Disfruto mucho mis aficiones que no son pocas, pero desde una visión mas íntima aunque también distante, acotada, y por supuesto muy individualista. No sé si es miedo a que el ídolo me defraude o el resto de los fanáticos.
Aunque también creo que es un tema de definición, es decir ¿cuáles son los requisitos para declararme fan de algo o alguien? En el consultorio tengo decenas de figuras de star wars que los pacientes me han regalado durante años, siempre me preguntan si soy fan. Mi respuesta inmediata es negativa, claro que me gustan, pero ni de lejos podría ser tan erudito en el tema como muchos que conozco. Entonces ¿cuáles son los elementos básicos para ser o no fan de algo o alguien?
Yo creo que tan sólo el sentirlo, finalmente tú decides si eres parte de algo más. El problema viene con la interpretación de la sociedad sobre las obligaciones que el seguidor debe contraer para portar tal insignia, y esto puede ser muy potente, categórico y absorbente. Lo cual, a mi, me parece inaceptable, podrás no ser tan fan como los otros, pero eso no te impide tener un particular interés y desarrollarlo de la manera que más te satisface.
Pienso en quienes nos decimos fanáticos del atletismo, en especial del correr, como es mi caso. Hay gente que sabe muchas más cosas de atletas, carreras, usa la ropa de su corredora favorita, anda a la caza de firmas y viaja a donde sea necesario para presenciar las proezas de su ídolo. Pero corre, y mal, diez kilómetros. Por el contrario a mi me encantan las ultradistancias y sería muy pedante demeritar la corta distancia de mi contraparte; pero igual debiera serlo el demeritar mi falta de pasión por conocer santo y seña del ídolo de la temporada. Entonces ¿ambos somo fans, pero no de lo mismo? se asoma la terrible pregunta ¿qué somos?
Finalmente, salí muy contento de mi paso por la feria del libro, y todo indica que mi amiga también, al final no nos vimos, yo me fui a comer una deliciosa pizza y ella a escuchar a sus ídolos en vivo y a todo color. Así que, todos felices con sus visiones del mundo.
Eso responde a mi pregunta, no puedo ser fan, porque estoy satisfecho de no serlo.
Ten cuidado cuando vuelvas
a mi herida
y te pasees como si no hubieras vuelto
Ten paciencia con mis ruegos
que se han quedado
atados a las rayas de mi cuaderno
Ten la luz dispuesta y última
para ver
de qué están hechos los luceros
que otras noches tejí para esos miedos
que tuve de ti
y que nunca fueron ciertos
Ten presente aquellos niños
que éramos
al confuso olor de los peligros
cuando en noches de vientos
nos quisimos sin dolor
ni miramientos ni testigos
Ven al centro de mi vida
que los libros míos
te sonríen
y encontrarás ese espejo
que atrapó una historia
que quiso ser nuestra
pero que sólo fue mía
En consecución a El Ancho Mundo, esta segunda parte de la serie Los Años Gloriosos, continúa describiendo las subtramas establecidas desde un principio; que sustancialmente son las de los hermanos Pelletier.
En esta extensión del mundo de la post guerra no esperen nada novedoso, es tal cual la continuación de lo que se quedo abierto en la primera entrega. Por lo que esta tetralogía se diferencia de la trilogía de Los Hijos del Desastre que sí se podían leer de manera independiente cada uno de sus tomos, en este caso, al menos para la segunda entrega esto no ocurre.
Lo que leeremos satisface nuestro morbo de maneras muy creativas. Esa es la magia de Pierre, cada capítulo rara vez es de relleno, siempre es una microaventura que, nos deja boquiabiertos, aunque estilísticamente es bastante pobre, el desarrollo del personaje es una joya, cumpliendo la regla de llevar a tu personaje al máximo. La principal virtud es que, lo hace de manera sucinta y contundente, ahorrándonos la aburrida cotidianidad que padece cualquier ser humano, incluso aquellos tan complejos y siniestros como los hermanos Pelletier.
Es adictiva la forma en que los va retorciendo, exprimiendo, pero sin romperlos.
Mención especial le daría a Genevé, esposa de Jean, personaje que despierta una repulsión atávica.
No está de más decir que es un libro absolutamente comercial, que no aporta nada salvo entretenimiento, tal vez bajo una fórmula algo desgastada y ligeramente insípida, en comparación con otros trabajos del francés. Pero cumple lo que promete y el libro se va como agua entre las manos, esperando ya continuar con el resto de la tetralogía.
Las bebidas calientes se asemejan al agua de mar y a la gloria: cuanto más se bebe de ellas, mayor es la sed.
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