El Zócalo, según parece, ya no es de todos los mexicanos. Gran teatro de coronaciones republicanas, tribuna reservada a los denostadores del neoliberalismo, ágora incautada por los izquierdosos de este país y escenario habitual de violencias toleradas por el poder local (no merecen, al serles discrecionalmente atribuida una magnánima dispensa porque se derivan de “causas legítimas”, la intervención de la fuerza pública, así fuere para salvaguardar el patrimonio arquitectónico de la nación) en estos momentos se ha trasmutado en una suerte de espacio prohibido, un territorio cerrado a (ciertas) protestas sociales justamente porque no cuentan con la oportuna, e interesada, certificación del régimen de la 4T.