Buchenwald fue uno de los primeros y más grandes campos de concentración nazi que escondía una sobrecogedora faceta, la investigación médica. Esterilizaciones sin anestesia, inyecciones experimentales de nuevas drogas y disparatadas pruebas de resistencia humana ante el dolor, el calor y el frío. Además se inoculaban a las víctimas enfermedades letales y luego las sometían a un estrecho seguimiento.
Ilse Koch, la esposa del comandante del campo de concentración, trataba el lugar de muerte como su terreno de juegos predilecto. Le encantaba adornar su hogar con trofeos malsanos y ordenó que decapitaran a varios prisioneros y encogiesen químicamente sus cabezas. Docenas de esas cabezas decoraban su comedor, en el que cada día compartía el alimento con sus hijos. Cierto día se le ocurrió una idea, ordenó que a varios internos los desollaran y que con su piel la costurera preparara cubiertas para libros, billeteros, guantes y pantallas...