El evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre la tentación de ignorar los diferentes, aquellos que no son de nuestro grupo, creencia, cultura o manera de pensar. Para eso vamos a tomar en cuenta dos elementos importantes en nuestra reflexión: el espacio y la diversidad.
El primero es el espacio, Jesús sale de las fronteras de Palestina para llegar a la tierra de los no judíos (lugar de los paganos, los extranjeros). Es en este contexto que Jesús cura la hija de una mujer extranjera. Recordemos que desde el inicio del capítulo 15, Mateo presenta una discusión entre lo puro y lo impuro (vv.10-20). Pero, con Jesús, es diferente, impuro y lo que contamina al hombre es lo que sale de él. Cuanta diferencia entre esta mujer, Jesús y sus discípulos.
En segundo lugar, la diversidad que se manifiesta en la actitud de los discípulos que, sin entender la necesidad del encuentro, piden a Jesús que despida a la mujer que grita, porque los incomoda. Pero, Jesús se niega a despedirla, la escucha y dialoga con ella.
“Señor, hijo de David, ten piedad de mí.” La mujer, a pesar de ser extranjera, reconoce que Jesús puede atender a su necesidad, por eso pide con insistencia, sale de sí, supera todas las barreras tradicionales y los prejuicios que le separa. Porque lo que le interesa es la curación de su hija.
Para el pueblo de Israel era necesario custodiar esta gran frontera. Es decir, la que separaba israelitas de paganos (considerados extranjeros = impuros = perros).
Así como los discípulos, algunos cristianos judíos, creían que Jesús había sido enviado solo a las ovejas de Israel (10,6); sin embargo, Jesús deja claro que los extranjeros (los no judíos), los totalmente diferentes, podían también tener fe en el Señor, así como esta mujer.
Este texto siempre nos deja perplejos delante de algunas palabras de Jesús. Podemos decir que el grito de esta mujer, lleno de angustia y de esperanza, hace Jesús tomar “conciencia de la universalidad de su misión”.
“Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.” Esta es la repuesta de Jesús a la cananea y a todos aquellos que sienten necesidad de este encuentro con Él y lo buscan con fe y confianza.
Mateo reconoce que nos es fácil cambiar mentalidad y presenta Jesús como maestro, que supera desde la raíz sus prejuicios, y reconoce que los diferentes, los extranjeros, tienen una fe grande, que es capaz de generar vida.
Estos fueron los retos de los primeros cristianos, abrirse a la gente diferente, es decir, a los no judíos. Hasta hoy, superar esta tentación no es fácil. Para algunos, parece más práctico evitar el contacto con los extranjeros (diferentes) que enfrentar el reto de acercarse a ellos y escucharlos, acogerlos.
Para muchas personas, inclusive en nuestras comunidades cristianas, las diferencias son un peligro que hay que temer y una desgracia que se debe evitar. Así que, las fronteras, en lugar de ser trincheras, tendrían que ser lugares de encuentro. Las diferencias tendrían que ser una oportunidad para reconocer que necesitamos unos de otros y que todos merecemos respeto.
Pidamos al Señor que cure nuestras heridas, aquellas que nos hacen creer que somos mejores, sin darnos cuenta que con estas actitudes cooperamos para sostener las barreras y prejuicios que dividen puros e impuros, buenos y malos.
Que seamos capaces de construir caminos de encuentro para generar cercanía con los diferentes y aprender a escuchar la voz de tantas personas que sufren.
Señor, ayúdanos a promover el diálogo interreligioso y el ecumenismo que tanto soñamos.