Estamos en la semana inaugural del ministerio de Jesús. Juan narra con detalle las características de los dos primeros días, destacando el testimonio de Juan Bautista y la búsqueda de los primeros discípulos, quienes, al reconocer al Cordero de Dios señalado por el Bautista, lo siguen sin dudar. Poco a poco, el descubrimiento se vuelve más interesante, y los discípulos pronto reconocen en Jesús al Mesías esperado por siglos: el Cristo de Dios, el Maestro, el Hijo de José de Nazaret, el Hijo de Dios y el Rey de Israel (cfr. Jn 1,19-51).
El tercer día, Jesús, invitado a las bodas de Caná, acude junto con estos primeros discípulos. Se trata de una boda, una fiesta normalmente llena de alegría, música, danza y calor familiar. Todos se alegran por los novios. Sin embargo, notamos un detalle particular: María no fue invitada como todos los demás, sino que ya estaba allí presente. Probablemente formaba parte del grupo de mujeres encargadas de la cocina y del servicio a los invitados, junto a los hombres responsables de la bebida, el vino. María estaba plenamente involucrada y conocía bien lo que se había previsto para la celebración. Por eso, se da cuenta de que el vino se ha acabado. ¡No queda reserva!