Imagina la situación: la sala estaba completa, y mis nervios me devoraban porque no era una audiencia cualquiera, era gente extremadamente importante. Y para aumentar la presión, apenas comencé a hablar comprendí que cada una de las palabras que pronunciara podían llegar a afectar el futuro de quienes me escuchaban con mucha atención.
Sin embargo, me sentía muy cómodo. No había nada de ruido y la conexión con quienes dialogaba era absoluta. El público: mis dos hijitos, Abril y Ezequiel. El escenario: nuestra mesa, terminando el almuerzo. Cuando dije que la sala estaba repleta de gente importante, me refería a esto. Estaban las personas que más me importan en todo el mundo.
Mi hija, que entonces tenía diez años, había encendido la chispa de esta profunda charla cuando hizo un comentario sobre el colegio al que iba a ir en unos años, cuando termine la primaria. El tema surgió después de que les expliqué la importancia de la educación: “Si tenemos educación, el mundo puede corregir sus errores”.
Mis hijos estaban sentados a cada lado de la mesa, y juntos tratamos de encontrar la mejor forma de tomar esa decisión. Y basándome en lo que ellos hoy pueden ver y también en lo que imaginan para su futuro —porque como son niños, piensan más en el futuro que nosotros los adultos—, comencé diciéndoles: “El resultado de sus vidas va a depender de lo que ustedes decidan y hagan. Dios nos regaló la posibilidad de decidir y hacer cuando nacimos”.
El día anterior, Ezequiel no había hecho las tareas del colegio y no cumplió con el compromiso que tenía. Tras esa falta, yo cumplí con mi compromiso como padre y lo dejé sin su consola de juegos durante 24 horas. A él le dolió mucho la situación, pero no tanto como a mí, que tenía en mis manos la posibilidad de evitarle esa especie de “multa” si le daba otra oportunidad y miraba para otro lado. Entonces, aproveché para recordarles esa situación en la charla:
“Cuando tomamos malas decisiones, la vida se encarga de que paguemos por nuestros errores, y muchas veces de maneras muy duras. No nos quita la posibilidad de jugar en nuestra consola de juegos, el celular, o salir a jugar con nuestros amigos. La vida es intransigente frente a nuestras malas decisiones y en muchas ocasiones las “multas” nos cuestan caras.
Nuestras decisiones pueden afectar nuestros empleos, nuestras empresas, nuestra libertad, a una persona que amamos, nuestra salud y hasta nuestra propia vida. Por eso son tan importantes, porque nos trascienden. Afectan nuestro futuro y el de nuestras familias, para bien o para mal.
Mañana, cuando se despierten, van a tener la posibilidad de tomar cientos de decisiones: qué camino toman hacia la escuela, dónde se sientan en el aula, quiénes son sus amigos, qué trato tendrán hacia los demás. Todo el tiempo eligen un camino, una manera de hacer las cosas.
Pero, aunque parezca contradictorio, es importante que no vivamos la vida con temor a equivocarnos, porque cometer errores es parte del proceso de aprendizaje y es uno de los condimentos fundamentales de la vida. Aunque les cueste creer, de ahí surgen las más valiosas experiencias. Si no se equivocan, jamás van a tomar buenas decisiones basadas en sus propias experiencias. Sólo les pido que piensen y que sean responsables cuando crezcan para que tengan una vida feliz, alcancen lo que sueñan y sean agradecidos por sus logros”.
Ellos me miraban como yo miraba a mis padres cuando tenía su edad. Y yo los miraba embelesado, como mis padres nos miraban a mis hermanos y a mí cuando éramos niños. En esa charla entendí por primera vez los sentimientos de mi madre cada vez que nos decía: “si pudiera abriría mi pecho y los pondría adentro para que nada les suceda”. Pero entendí que la mejor protección que les puedo dar es proveerles herramientas, para que el día que emprendan sus vidas de adultos tengan acceso a una enorme caja con todo lo necesario para vivir sus vidas sin temores.
“¿Cómo vamos a hacer cuando seamos grandes para que las cosas nos salgan bien? ¿Cómo se hace para tener éxito?”, preguntaron preocupados.
Hice una pausa y les dije que no era momento de preocupaciones, porque son niños, y a la niñez deben vivirla jugando y sin desvelos. Pero insistieron en que les diera respuestas… Y si bien me sorprendieron con su insistencia, me sentía bien porque es lo menos que podía esperar de los hijos que educamos con mi esposa. Entonces comencé explicándoles que la perseverancia es una buena herramienta que ayuda a tener éxito, pero si no se logra el éxito esperado, no hay que desanimarse, porque el éxito más sólido se construye sobre cimientos de fracasos.
Pero hay algo adicional, y es saber aprender de los errores, no temerles, porque son lo único que nos fortalece, nos templa, nos moldea y nos prepara para lo mejor. Porque un éxito prematuro está lleno de fragilidad. Les conté que en mi vida conocí mucha gente que se quedó estancada porque no se arriesgaron por temor a fracasar, y que en todo lo malo siempre hay algo bueno para rescatar. Entonces, no podemos temerle a lo que nos hace mejores, a lo que nos fortalece y nos hace más grandes. “¿Ahora entienden que debe haber un equilibrio entre la búsqueda por tomar buenas decisiones y asumir riesgos, aunque eso implique cometer un error?”, les pregunté.
Su curiosidad de niños los llevó a preguntar sobre la existencia de una receta del éxito. Mi esposa los escuchó, me miró, y juntos nos reímos porque nosotros no la tenemos, pero les recordamos que ellos nacieron en un hogar donde los errores —a los que muchos llaman fracaso— eran moneda corriente, que solo logramos alcanzar nuestro “éxito” tras muchos intentos fallidos, y que nuestros mayores éxitos fueron ELLOS.
Pero como todo niño, ellos estaban sedientos de más respuestas; y no querían respuestas abstractas, sino las que van al grano. Por eso decidí darles una herramienta esencial para alcanzar el éxito. Si bien lo primordial es la FE, les di una herramienta simple: deben emprender o hacer lo que sea CON EL CORAZÓN. Es decir, con honestidad, poniéndole pasión, y mucho amor; con dedicación, compromiso y entrega. Lo resumo en el corazón porque concentra la VIDA, y una vida sin pasión es una vida apagada, un corazón sin latidos. Hacer las cosas con el corazón, frente a competidores que pueden dejar de lado al corazón, les daría una ventaja extra difícil de remontar.
Les conté que, a solo dieciséis días de abrir mi primer negocio en julio del 98, ya había quebrado. Debía diez mil dólares en mobiliarios, vidrios, carteles y computadoras. No podía pagar el alquiler ni la primera factura de electricidad. Me miraban preocupados cuando les contaba la historia, pero sabían que no había bajado los brazos y que la perseverancia me había salvado.
“¿Y cuántas veces tenemos que perseverar?”, me preguntó Abril.
“Un millón de veces”, le dije. “Pero cambiando las decisiones que te llevaron a cometer errores, para que los resultados también cambien. Lo importante es seguir intentando una y otra vez. Jamás rendirse. Y siempre apoyarse en la Fe, porque Dios escucha nuestros corazones, y cuando estamos golpeados, nuestra angustia solo puede ser calmada cuando sabemos que estamos siendo escuchados, y que lo malo ya pasará. Aunque lleve tiempo, al menos tendremos la fortaleza para vivir el proceso”.
La charla continuó fluyendo, y su hermanito Agustín de alguna manera también estuvo presente. Reflexionaron sobre cuánto aprendieron tras haber atravesado el dolor y entendieron, de manera clara con un ejemplo de su propia experiencia, que la adversidad puede transformarse en una gran fortaleza si se sostiene en la Fe. Sé que tal vez no es común en la vida cotidiana de la mayoría de las personas que se busque integrar a Dios en toda conversación, pero tenemos la certeza de que es lo único compatible con todo lo bueno que uno pretende conseguir.
Ellos escuchaban atentos, aprendían y entendían. Y a través de su comprensión y sus reflexiones nos daban respuestas a nosotros, sus padres. Era la sinergia del aprendizaje en familia. La siembra diaria, que puede ser pequeña e imperceptible, pero producirá una gran cosecha en muy poco tiempo; aunque ese corto tiempo signifique 30 años de espera.
Al finalizar la charla, me abrazaron como percibiendo mi desesperación por enseñarles, casi compadeciéndose. Ella me acarició y me dijo que le encantaba que le enseñara. Mientras él se sumó con un beso y un “Gracias, papi. Me gusta cuando nos enseñas, porque te entiendo”. Ambos mostraban gratitud porque sentían que no les hablaba con autoritarismo, sino como un padre que intenta comunicarse con ellos en su lenguaje.
La charla fue tan intensa que me senté y quedé emocionado por la conexión que tuvimos y por su sensibilidad. Entendí una vez más que la mejor decisión que tomé en mi vida fue la de emprender mi propia familia. Soy afortunado de tenerlos como mis grandes maestros. Algún día van a entender cuánto aprendí yo, cuando creía que les enseñaba.