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El mito de Don Juan es uno de los más repetidos en la literatura: el gran seductor, arrogante y desafiante, que se burla de todo y de todos, humilla a sus rivales y acaba… siendo arrastrado al infierno.
Una leyenda medieval cuenta que Alfonso VI, acogido por el rey musulmán Al Mamún, tuvo que enfrentarse a una terrible prueba: soportar el plomo fundido en su mano para no revelar que estaba despierto mientras se discutía la defensa de Toledo.
En 1898, España libró una guerra contra EEUU en la que lo más famoso es la pérdida de Cuba. Pero también se perdieron las Filipinas, donde unos soldados, ya acabada la contienda, siguieron luchando durante 11 meses.
Akenatón revolucionó la religión del Antiguo Egipto con su adoración a un único dios: Atón. No está claro si fue el primer monoteísmo que se conoce, pero lo que sí es cierto es que duró poco y su nombre fue casi borrado de la historia.
Los submarinos alemanes de la II Guerra Mundial eran temibles para los aliados. Lo que nadie podía imaginar es que uno de los más avanzados, el U-1206, se hundiría por culpa del mal uso de un retrete.
Según la tradición, Alejandro Magno se enfrentó al nudo gordiano –con fama de ser inextricable– de un modo un tanto peculiar: cortándolo. Conquistó Asia, como estaba destinado a quien lo deshiciera, pero le duró muy poco.
En el otoño de 1962, el mundo estuvo cerca de lo impensable: una guerra nuclear entre las dos superpotencias, EEUU y la URSS. Todo empezó con los misiles que Moscú envió a Cuba. Por fortuna, reinó finalmente la cordura.
En los últimos compases de la II Guerra Mundial, una unidad aliada recibió el encargo de engañar a los nazis con todo tipo de tretas, desde carros de combate inflables hasta cañones de goma, ruidos generado por altavoces o transmisiones de radio falsas.
Días antes del final de la II Guerra Mundial, el ejército de Estados Unidos descubrió un gigantesco tesoro en las minas de Merkers, Turingia, Alemania: lingotes de oro, obras de arte, divisas… Todo ello expoliado por los nazis.
Para los antiguos romanos, la muerte voluntaria no siempre se veía algo negativo ni trágico. A menudo era un modo de preservar el honor, preferible a ser ejecutado o vivir con vergüenza. En suma, un acto de dignidad.
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