Vengo de una generación a la que le encargaban todo. No existían los servicios de entregas y sólo bastaba con que tu mamá o tu abuelita dieran la orden y tenías que ir por algo. No importaba si estabas a punto de definir con una jugada las 4 horas de estar jugando futbol, lo importante era “el gol gana”. Entonces sabrás que perdías auras obedeciendo o perdías el doble si intentabas desobedecer el llamado, dejando que un buen cinturón o chancla te robara toda el aura. El tema es que eso de hacer “mandados” nunca era muy popular que digamos.
Tal vez como tal el ir por el encargo no era la molestia o por lo menos la principal, el problema real era que lo tuvieras que hacer cuando no querías, cuando la prioridad para ti era otra, cuando tú lo decidieras o cuando no salieras del foco de atención de los demás.
Creo que en la vida Cristiana pasa igual. Sabemos que tenemos un encargo y ese llamado no lo podemos desconocer, es claro desde que decidimos seguir al Señor Jesucristo. El tema es que no nos gusta por lo mismo, tenemos otras prioridades que lo sentimos todo el tiempo como inoportuno o tal vez como vemos que eso de momento no es lo de interés para los demás, por eso no se los decimos.
Para Pablo, su situación es muy difícil. Está preso y sabe que su muerte se aproxima. Ya no está hablando como alguien que tiene muchos años por delante. Está compartiendo algunas de sus últimas palabras con Timoteo, su hijo espiritual.
Cuando una persona sabe que tiene poco tiempo, normalmente deja de hablar de asuntos secundarios, ni se preocupa por ser popular o inoportuno. Dice aquello que considera verdaderamente importante y ya, y no quiere que se pierda todo eso por lo que entregó su vida.