¿Te ha pasado alguna vez que te paras frente al espejo y la persona que está frente a ti no eres tú? Bueno, no de manera exacta, sino figurada, pero real. A todos, sin excepción, nos ocurre alguna vez en la vida; a muchos, dolorosamente, les sucede toda la vida. Son aquellas personas que requieren urgentemente la aprobación de otros en cada una de las actividades que realizan.
Una de las creencias limitantes más poderosas y aterradoras del caduco modelo educativo en el que crecimos las últimas generaciones del siglo XX es aquella de querer complacer a los demás. Desde niños, papá y mamá, a veces también tus hermanos mayores y los abuelos, te dicen si esa ropa que llevas te luce bien, si tu peinado es el adecuado, si tus amigos son los que te convienen.
Después, cuando creces y ya no les paras bolas a tus familiares, es tu pareja o tu jefe, o tus compañeros de trabajo, los que te marcan las pautas. De cómo vestirte, de con quién salir, de qué comer, de qué actividades debes realizar en tu tiempo libre, de cómo comportarte. En la práctica, todo lo que haces está determinado por otros, aunque inconscientemente tu creas que elegiste.