Latinoamérica está convulsionada. Chile, Bolivia, Ecuador, México y Colombia, además de los ya conocidos problemas de Venezuela, alzaron la voz. Y Argentina, mi querida, Argentina, no demora en sumarse. A veces me invade la sensación de que el mundo entró en un estado de caos irreversible, pero me resisto a creer esa realidad, me resisto a ser parte de esa realidad.
Algo estamos haciendo mal, muy mal, porque el rumbo de la vida no es el que deseamos. De hecho, está muy lejos de lo que deseamos. Desigualdad social, indolencia, elevados niveles de corrupción, una pobreza que avanza a ritmo acelerado y un inconformismo que, parece, llegó a su límite. Hay ruido por todas partes, gritos de desesperación, quejas, amenazas, voces de protesta.
A veces, en la intimidad, acompañado solamente por mi gran amiga la soledad, reflexiono acerca de lo que hago, inconscientemente, para contribuir a este desorden. O, también, para ver cómo en mi vida diaria aporto para construir algo positivo, para sembrar semillas de abundancia, felicidad y paz que broten y den muchos frutos. Y, no te voy a mentir, las respuestas me preocupan.