Quizás sabes que mi actividad profesional principal fue durante muchos años el turismo, como propietario de una agencia en Tandil, la ciudad en la que nací y en la que vivo. Una actividad que, por fortuna para mí, me ha dado la posibilidad de viajar, de conocer el mundo, de aprender de otras culturas y, de manera especial, de adquirir el hábito de llevar un equipaje ligero, con lo estrictamente necesario.
Los latinoamericanos tenemos una particular forma de ser, sobre todo, cuando viajamos. Armar la maleta debe ser una de las tareas más complicada para un viajero en nuestros países, porque ninguna le da abasto. A veces, y lo sé porque lo he visto, lleva prendas que con toda seguridad no va a usar por el clima, porque no habrá oportunidad o, simplemente, porque no tendrá tiempo.
Sin embargo, la empaca, a las malas. Y no solo ropa, sino accesorios, o zapatos, o libros “por si un día estamos cansados de ir a la playa o llueve”. Es fruto de las creencias con que nos educan y del ejemplo de los mayores, por lo que vemos. Días después, de regreso a casa, cuando llega la hora de desempacar, nos damos cuenta de que no usamos la mitad de los artículos que llevamos.