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Busco “vividor” en el otro diccionario, el de siempre, y la primera acepción es “que vive”, sin más, sin ningún atributo peyorativo como el aroma que suele desprender el término cuando se pronuncia. Eso no aparece hasta la cuarta acepción. Y se arregla de nuevo en la quinta: “que vive la vida al máximo disfrutando de ella”.
Hace muchos años me compré unos pendientes hechos de semillas de jacaranda, me los vendió un chico en el campus de la universidad. No la primera de periodismo, cuyo campus era la pura ciudad, sino la segunda, donde cursé algunas asignaturas de literatura. El caso es que el vendedor, que tendría mi edad, era argentino y me dijo, o eso recuerdo, que eran unas semillas de un árbol muy presente en Buenos Aires.
Me acuerdo de esa anécdota muchas veces porque ahora veo cada día esos árboles en mi ciudad y ayer, concretamente, que fue un día de viento y otoño finalmente, el suelo estaba lleno de esas semillas, con las que tal vez pueda hacerme unos pendientes. Volver a ponérmelos no me garantizará ser la que era entonces. De hecho, no lo soy. Antes no me fijaba en los árboles, pero ésa es sólo una de las cosas en las que he cambiado.
No soy la única, claro, hoy Instagram me sugería fotos del antes y el después de actrices y actores: 20 años antes / ahora. Pero más allá de arrugas o kilos, lo que se apreciaba en la foto era un cambio en la mirada, como si el tiempo y la experiencia se fueran posando allí, también para bien.
Puedes seguir leyendo aquí: https://www.descubriralcalordelaspalabras.com/2023/02/22/la-jacaranda-y-el-jacaranda-con-la-d/
Me sucedió con ese libro como sucede tantas veces en las que oyes algo por primera vez y, desde ese momento, no para de aparecer en tu vida, primero en un podcast -aunque en este caso era la radio de siempre metida en el móvil-, luego el mensaje de una amiga, después el periódico. Todas ellas, a su vez, conversaciones.
La conversación nos permite compartirnos, extendernos como mantequilla sobre una rebanada de pan y que la otra persona haga lo mismo. Poco a poco, con delicadeza, ponemos sobre la superficie porosa lo que somos o lo que se cuece por dentro y todo va tomando una consistencia más llevadera, serena, asumible.
A veces esa bruma era densa y desagradable, otras ligera y fresca. Y tenía que ver con la interpretación que cada persona estaba haciendo de los hechos, que, a su vez, se convertía en su realidad.
Esa interpretación de los clientes, y de cada una de nosotras, está condicionada por lo que creemos sobre todo: sobre nosotros, sobre los otros, sobre la vida, sobre el trabajo, sobre el dinero, sobre lo que podemos o no podemos, sobre lo que merecemos o no merecemos, sobre lo que merecen o no merecen otros, sobre lo que debería ser o no debería ser.
Forman parte del núcleo de nuestra observación y la mayor parte del tiempo pasan completamente desapercibidas, sin embargo, están determinando la densidad de la bruma y cómo nos sentimos caminando en ella.
No te pierdas el final.
En las playas del Atlántico es muy fácil ver el efecto de la marea sobre el paisaje. Puede que mires una primera vez y estés ante un playa inmensa, preciosa, y que cuando vuelvas a mirar al cabo de unas horas, esa playa se haya transformado al retirarse el mar unos metros hacia adentro.
La marea permite ver el fondo con claridad, lo que había debajo. La piedra que, con suerte, pisaste o, con un poco menos de suerte, te clavaste en la rodilla ayer al bañarte, ahora está perfectamente ubicada.
Más allá de la belleza de un paisaje cambiante y de cómo nos recuerda lo cíclico de casi todo, la marea baja es una oportunidad de conocer de otra manera la playa.
¿Por qué no conocernos también de otra manera? ¿Qué cambiaría si pudiéramos ver con nitidez lo que hay en el fondo, las piedras que duelen, las conchas que quieren salir a la luz?
¿Qué pasaría si algo como la marea nos dejara ver claro nuestro paisaje interior para, después, seguir con el baño, con la inundación que lo restaura todo? En este episodio encuentras una propuesta muy fácil, sencilla y poderosa para meter la cabeza en el agua (con las gafas puestas).
"Hace unos años trabajaba en una especie de cubículo de mármol brillante y paredes color crema. Muebles de madera de mentira llenos de archivadores con revistas y recortes de periódico y un pomo que nos pasaba la corriente día sí, día también. Tenía una compañera de trabajo con la que podíamos reírnos de todo esto..." En este audio te cuento por dónde empezar si necesitas un cambio profesional pero no tienes claro qué quieres ni por dónde empezar.
Escrituraycoaching.com: escucharte para hacer lo que te enciende.
Hay muchas formas en las que las palabras nos pueden ayudar a ver más claro, a entender mejor qué sentimos, qué pensamos, que retos transitamos. Una de ellas es la escritura, para escucharnos, para encontrar respuestas, para observarnos. Pero mucho antes de plantearnos siquiera coger un papel, antes incluso de saber leer, los cuentos ya nos acompañan en el descubrimiento del mundo, tanto externo como interno. Entrevistamos a Coco Cubells, creadora del proyecto Cuéntamelo por escrito, especialista en cuento terapia, para que nos explique ¿cómo nos ayudan los cuentos?
En este texto reflexionamos sobre cómo nos hablamos y cómo mejorarlo. Te irás con un par de frases a repetirte a menudo, la mejor: "¡Soy bastante tía!". Empieza así:
- ¿Estás bien?, dice A. (que tiene casi 3 años) después de caerse.
- Se ha dicho a sí misma “¿estás bien?”, pienso a la vez que abro los ojos más de lo normal.
- (yo misma me respondo) Sí, se ha preguntado cómo se encuentra después de caerse, que es exactamente lo mismo que le preguntas tú de forma sistemática cuando se cae. Ha interiorizado ese mecanismo, pero no sólo hacia los demás sino hacia sí misma.
- Estoy impresionada. Me encanta. ¿Lo hago yo cuando me tropiezo?
La meditación es una de las herramientas que incluye el programa individual de 7 pasos para vivir encendidos. Si te apetece saber más, puedes conocerlo aquí: https://www.descubriralcalordelaspalabras.com/programa-7-pasos-para-vivir-encendidos-2/
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