Cada una de las personas que pisaba la relojería llevaba una especie de bruma en la cabeza que impactaba directamente en su relación con el resto y con el mundo (si quieres leer la intro más literaria de este texto, puedes verla aquí o en Instagram, si te apetece ir al grano sobre el boicot, escucha el episodio dedicado a este tema y a las creencias que nos acompañan).
A veces esa bruma era densa y desagradable, otras ligera y fresca. Y tenía que ver con la interpretación que cada persona estaba haciendo de los hechos, que, a su vez, se convertía en su realidad.
Esa interpretación de los clientes, y de cada una de nosotras, está condicionada por lo que creemos sobre todo: sobre nosotros, sobre los otros, sobre la vida, sobre el trabajo, sobre el dinero, sobre lo que podemos o no podemos, sobre lo que merecemos o no merecemos, sobre lo que merecen o no merecen otros, sobre lo que debería ser o no debería ser.
Forman parte del núcleo de nuestra observación y la mayor parte del tiempo pasan completamente desapercibidas, sin embargo, están determinando la densidad de la bruma y cómo nos sentimos caminando en ella.