El reino de los cielos es como un hombre que entrega sus bienes a sus siervos. Reparte talentos conforme a la capacidad de sus siervos, se va lejos, y al regresar, arregla cuentas con ellos. El siervo que recibe cinco talentos gana otros cinco; el que recibe dos, otros dos. Ambos son elogiados; no así el siervo que tenía un concepto errado de su señor que escondió el talento en la tierra.