El mito fundante de México como nación moderna e “independiente” tiene como estandarte a quien tres siglos atrás, se había convertido en el símbolo de fe e identidad de un pueblo que pasó de ser sometido, ¡a seguir siendo sometido! La Independencia, que supuestamente liberó al pueblo del yugo español, también continuó con el suyo propio, aún más férreo, de los criollitos, quienes, a su vez, a lo largo y ancho del continente latinoamericano, no paran de vociferar explícita o implícitamente: ¡Viva la religión! ¡Viva el caudillo! ¡Viva nuestro mesías! Que, en el mayor de los casos, hace de dios encarnado al que ese mismo pueblo, supuestamente liberado e independiente, alaba con fervor y efervescencia religiosa pidiéndole el milagrito, la migaja o la mordida, según el vínculo con sus altares; o también dándole gracias por defender la Patria y la religión del malvado comunismo, la masonería, los herejes e inmorales enemigos, con los que el petit princebananero debe luchar.