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La música está en nuestro ADN; y no en sentido figurado, pues, según la compositora mexicana Amelia Guízar, la música hace parte de nuestro estado biológico y psíquico, ya que desde que estamos en el vientre materno las palabras y movimientos que realiza nuestra madre, se van configurando en elementos musicales que a posteriori marcarán nuestra vida para siempre. Por algo nos gusta bailar, realizar sonidos o colocar música para cualquier ocasión o estado de ánimo.
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Sin lugar a duda, uno de los placeres que justifican el paso por este planeta, haciendo que la vida sea más soportable, es: La música. Sin importar el género, el idioma o el ritmo del que este hecha… La música está ahí para alegrar momentos, para hablarnos directamente al oído, para mimarnos… Es esa dulce compañía, que no nos desampara, ni de noche ni de día.
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Durante todo el mes de junio presenciamos un fenómeno que no se había observado con tanta fuerza en años anteriores. Para el 2021, un porcentaje importante de organizaciones decidieron colocar filtros de arcoíris en sus logos empresariales como actitud de empatía con el movimiento LGTBIQ+ a propósito del mes de la diversidad. Y es que tal tendencia permitió que se dejaran las banderas armenias en el caso colombiano, para volcarse a las banderolas del orgullo, del orgullo de importación o de piratería -como se quiera leer- donde se incorporan formas de protesta y reivindicación extranjera a manera de adaptación autóctona a lo que somos -no necesariamente piratas creo- (véase caso Floyd, iglesias canadienses o Colon en St. Paul, Minnesota).
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Persígnese porque eso no es de Dios. Se le va a meter el diablo por estar en esas cosas, por escuchar esa música y vestirse así.
Son de las expresiones más comunes de abuelos y padres de los que ahora somos millenials veteranos. Quien diera algo para vivir esas épocas doradas, de bonanzas y explosión de creatividad que vivieron nuestros ancestros más cercanos. Ahí sí se vivía bien, se comía y se cogía como Dios manda. Las sanas costumbres sí estaban vigentes y la gente no sufría por despropósitos inmorales de los que ahora se empalaga la juventud perversa. Por eso, escuchando sus historias y atendiendo a sus cuidados para no caer en tentación o en acto, les remito a el modus vivendi en el que crecieron las personas que hoy tienen más de 70.
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«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.»
Marx... Groucho Marx
“El Centro Democrático”, “La Colombia Humana”, “Cambio Radical”, “Gente de bien”, “Los buenos somos más”, “La lista de la decencia o decentes”, “la primera línea” ... etc. Definitivamente estamos; “en el país de las maravillas”, en “el segundo país más feliz del mundo”. Eso sí, todos estos colectivos se han autodenominado como mejor les parece o, mejor dicho, como más les conviene... En últimas me importa un culo, usted llámese como le dé la gana, pero tengamos en cuenta que una cosa es el ser y otra el parecer.
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Por estos días Bolívar está devaluado. No solo la moneda venezolana, sino aquella tradición bolivariana que pareciese que sigue dando tumbos de mal en peor. Y es que hablar de tradición en nuestro país es un tema tan serio como la celebración de los carnavales en Barranquilla o en Pasto. Bolívar, nuestro Gus Bolívar, es la estrella en la escena política debido a sus insinuantes propuestas a propósito de la fanfarria indignada llamada Paro Nacional. Este admirable adalid de la astucia, mito en vida fundado por los mismos creadores de leyendas urbanas contemporáneas, se ha convertido en otro de aquellos próceres de espantos y ficciones cuyas promesas se convierten en odas alegres de un mal chiste. Una alegría amnésica que inició con una triste comedia de Nueva Granada no mal nombrada Patria Boba.
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Ese es el mal, que se camufla en Caínes de carne y hueso pero sin conciencia, a quienes alabamos y votamos en elecciones. Los demonios y Caínes están protegidos en sus cargos burocráticos y en sus fechorías. Son quienes se dicen “gente de bien” y van a la misa o al culto. Son quienes dividen y polarizan al pueblo.
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Si me muriera por estos días, mi epitafio diría: “Ahí yace el inerte cuerpo, del bueno de Lucas… Y era de los que no creían”. Lo de “bueno”, es porque espero no ser la excepción a la regla de: “Todo muerto es bueno”. Y lo otro, es la frase más ramplona, raquítica y chistosa, que he escuchado para justificar la muerte de quienes se han ido por estos días, indigestos a causas del consumo excesivo de sopa de murciélago… Y que no creían.
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Por estos días se viven tiempos difíciles por los problemas pandémicos que padecemos en América Latina. No me refiero a la enfermedad del Sars Cov 2; éste no es más que un síntoma. La epidemia a la que me refiero es mucho más destructiva; es una peste cultural que hemos padecido durante toda la historia conocida de nuestro continente: la corrupción. Este virus que pasa inadvertido en los círculos más pequeños y hogareños es un malestar que se siembra en nuestras mentes e imaginarios y nos lleva a perder la razón hasta el colmo de caer en la veneración de estos Robin Hood volteados, que roban a los pobres para dar a los ricos. El diagnóstico: la esquizofrenia del buen ladrón o el complejo de la malicia indígena.
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Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, crucificaron allí a Jesús y también a dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. (Lc. 23,33).
Pregunta Dimas: ¿ve, y vos qué? ¿qué hacés aquí purgando esta pena tan verraca que nos ponen estos manes disque pa´ que aprendamos a respetar? Ya nos viven clavando es por todo.
Responde el señor: pues acá en medio de la derecha y la izquierda que no paran de joder y que mientras pelean, los escribas, saduceos y leguleyos de bien, viven robando hasta el diablo y después… justos por pecadores, ¡Eh Ave María! Si hubiera sabido, ni hubiera asomado las narices por estos feudos cocaleros. A ver qué decís, vos que andás de revolution, ¿porqué te colgaron?
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