Para que en este mundo podamos vivir en paz, primeramente hay que reconocer que este es un mundo en el que el ego proyecta su conflictiva manera de pensar y actuar, para que así, de manera natural, se dé el siguiente paso mediante el que abandonamos libre y voluntariamente, gracias al perdón que nos apertura a lo santo y pleno, el sistema de pensamiento egoico... Y, a continuación, la paz de espíritu que nos embarga se extiende en derredor, abarcando el mundo entero; transformando, sin esfuerzo ni angustia: el sufrimiento en bienaventuranza, el miedo en amor, la miseria en plenitud, la separación en comunión, la carne en espíritu, la muerte en vida, el tiempo en eternidad...