Si no tenemos en cuenta que todo aquello que se encuentra en una ilusión nada tiene que ver con la realidad, fracasaremos una y otra vez intentando salir del dolor desde el dolor, abandonar el miedo desde el miedo, o encontrar vida desde lo que muere. Por tanto y sin excusas, primeramente, hay que dejar de identificarse con el yo personal que intenta mejorar su condición, no dándole significado a las tendencias que parecen configuralo, para así sí vivenciar -de nuevo- lo incondicional, pleno, real e incontrovertible.