La Semana Santa representa la consumación de una auténtica e incondicional entrega a Dios. Una vez que Jesús le dijo sí a Dios negándose a si mismo, tras la estadía en el desierto, el Cristo fue en él. Y aquella semilla de salvación creció y dio abundante fruto durante su ministerio, hasta que en la Semana de pasión y muerte fue glorificado por Abba, Dios de perfecto Amor.
El Cristo en Jesús nos insto a vivir como el vivió para resucitar en/con Él. Pues en este mundo uno muere porque elige morir al pretender seguridad en medio de lo que en un instante se puede derrumbar; y, de inmediato, lamentarse, frustrarse y airarse. Sencillamente, porque la paz y la seguridad eran falsas al estar construidas sobre barro. Es necesario aquí el perdón de toda limitación e inquina, ya que el tiempo todo lo devora y lo destruye de improviso en medio de lo cotidiano, de un instante a otro; y, queriéndose conservar la vida, se pierde. Más, aquel que vive cada día como el último, sirviendo a Dios, al entregar sus jornadas por Amor, gana la vida eterna.
Perdona tus ilusiones y juicios particulares.
Los yoes separados perecen en su ensueño personal; más la entrega del yo (ego) a lo divino e inefable, a lo eterno e incognoscible, a lo infinito y absoluto... a Dios; por una renuncia al mundo y a la propia vida para extender Su plenitud, conducen a la Resurrección y la Vida. A la manifestación del espíritu que vence a toda tentación y limitación de identificarse con lo corpóreo/temporal, y regresar al Cielo. Para ésto, se han de atravesar todos los infiernos por el ego fabricados con la fortaleza del Cristo en uno.