En nuestros primeros años de vida nadie nos explica que hemos nacido en una sociedad patriarcal, presente en las religiones, en la escuela, en las instituciones, en las calles, en los roles de la familia, en el lenguaje, en los medios de comunicación.
Y muchas de las mujeres que fuimos advertidas por madres feministas no entendimos este concepto tan complejo ?pero necesario de entender? hasta bien cumplidos los veinte años o incluso mucho más tarde.
Hace poco una compañera me comentaba que su hija de cuatro años le pide llevar pendientes y, ante su negativa (ella le dice: «cuando seas mayor decidirás tú si los llevas o no. Eres muy pequeña y no voy a agujerearte las orejas»), la niña, que se resigna con tristeza, juega con pendientes de pinzas. Le contesté: «A mí me ocurrió exactamente lo mismo». Mi infancia, ciertamente, fue un amasijo de contradicciones. Los valores y los principios que quería inculcarme mi madre chocaban contra lo que absorbía en la calle, en el colegio, en los programas de televisión, en las campañas publicitarias….