El ser supersticioso humano
En Camerún, la comunidad Koma invoca, a través del baile, a los dioses de la lluvia.
Los chamanes de la tribu humba sacrifican una cabra.
Le abren el vientre y dicen ser capaces de predecir el futuro, escudriñando sus intestinos.
Parece que la superstición y estos ritos ancestrales provienen de culturas ajenas.
Pero no olvidemos que el mercado de los adivinos sigue haciendo caja en muchos países modernos.
Tarotistas, lectores de cartas astrales o de las líneas en las manos.
La superstición sigue en todas partes.
Al igual que los mitos, forman una parte transversal en todas las culturas.
Los humanos las usamos para reducir la incertidumbre y adquirir una sensación de control sobre nuestro entorno.
Tal y como los pigmeos Baka, en las densas junglas de África central, invocan al dios de la Selva, Eyengi.
Y le consultan sobre el futuro de su comunidad.
O en algunas aldeas del norte de Costa de marfil adoran al espíritu de la serpiente.
Para que proteja al poblado de todos los males.
Y en lo más profundo de la selva de Borneo, las chamanas Dayak, preparan pócimas curativas.
Dicen que sus poderes provienen de la luz solar.
Desde la prehistoria, el ser humano ha plasmado su pensamiento simbólico a través de las expresiones artísticas.
Hay antropólogos que consideran que las pinturas rupestres formaron parte de rituales chamánicos.
Si avanzamos hasta la antigua roma, la magia estuvo presente en sus calles.
A las figuras de maldición, se les clavaba agujas para conseguir afectar a la persona representada.
Y no faltaron los augurios que practicaron la hepatoscopia.
La lectura del futuro en el hígado de los animales.
Incluso, los romanos estudiaron esta adivinación diseñando hígados de bronce con todas las áreas marcadas, como un esquema.
En la Edad Media siguió la venta de cuerno de unicornio.
Pensaban que cuando se molía, potenciaba a muchas pócimas mágicas.
Creían que una jarra, hecha con el cuerno de este animal mitológico, les haría inmunes al veneno.
Por lo que muchos monarcas ansiaron una.
El comercio continuó, a pesar de que los unicornios no han existido.
En los países nórdicos se cazaban narvales.
Y sus colmillos de marfil se vendieron para que aparentasen ser cuernos de unicornio.
A comienzos de la Edad Moderna la mortalidad infantil podía llegar al 60 por ciento.
En muchos retratos de infantes de la realeza de aquella época se les representó con una rama de coral en la mano.
Ya que fue considerado como un potente amuleto protector.
Algunos entendidos tratan de explicar estas creencias como una forma rápida de establecer relaciones causales.
Esto nos lleva a sacar conclusiones precipitadas.
Podemos cometer así dos tipos de errores.
Pasar por alto una relación causal que sí existe, un falto negativo.
O dar por buena una que no exista, un falso positivo.
Mientras las consecuencias para nuestra supervivencia de los falsos positivos sean menos perjudiciales que la de los falsos negativos, la biología seguirá manteniendo esa superstición.
Las supersticiones también proporcionan una sensación de control, de efecto placebo.
Y han servido de consuelo en momentos duros.
Incluso, hoy en día, vemos a deportistas de élite realizar un ritual previo antes de una competición importante.
Estos pequeños pasos previos pueden ayudar a mejorar su rendimiento, dándole una sensación de seguridad.
Un patrón que repiten muchos cantantes y artistas antes de una actuación.
En el fondo seguimos necesitando de amuletos o de creer en ritos que nos ayuden a salir del paso.