Christof Koch el neurocientífico que busca las bases de la consciencia.
Es uno de los grandes dilemas de la humanidad.
Mientras algunos siguen buscando vida alienígena o en lugares insospechados, seguimos sin comprender esencia.
El origen de nuestra consciencia.
El neurocientífico alemán- estadounidense Christof Koch, lleva años buscando el lugar en el que se encuentra nuestra consciencia.
Koch fue presidente del instituto de investigación cerebral, financiado por Paul Allen, cofundador de Google.
Ahora dirige el programa Mindscope, centrado en estudiar la conciencia.
Sin embargo, para él la inteligencia artificial es otro tipo de inteligencia, diferente a la nuestra.
Y cree que nos superarán en muchas cosas aunque no serán conscientes.
Ser consciente es sentir que eres tú.
Para Koch hace falta un sistema complejo altamente interconectado para tener consciencia.
Los ordenadores no disponen de esa complejidad.
Las máquinas sólo nos aseguran que sienten o que tienen intenciones propias porque han aprendido a decirlo.
No porque realmente lo sientan.
Nuestro cerebro se basa en unos principios diferentes a los de un ordenador.
Cada neurona recibe inputs de otras 50.000 y manda outputs a otras del mismo número.
En cambio, un ordenador está formado por miles de millones de transistores.
De todos modos, para Koch, a nadie le importa si un aspirador o un Smartphone sienten algo.
Lo que necesitamos es que cumplan sus funciones.
La consciencia no es una función, va de ser y de sentir.
Francis Crick fue uno de los que descubrió los fundamentos de la herencia genética, en la estructura del ADN.
Al trabajar junto a Koch, pensaron en analizar las zonas del cerebro que se mostraran activas cuando sentimos algo de forma consciente.
Y opinan que esta no se encuentra en la médula espinal, ni en el tronco cerebral…tampoco en el cerebelo.
Podría situarse en el córtex, en esa capa de neuronas de la parte exterior del cerebro.
Una capa llena de pliegues y que estirada tendría el grosor de una pizza.
En algún lugar de esa estructura tiene que haber un mecanismo que transforme los patrones eléctricos en una sensación de estar vivos, de ser.
¿Pero cómo están tan seguros de que reside en esa parte en concreto?
Las pruebas las podemos ver en aquellas personas que, en la primera mitad del siglo 20, se sometieron a cirugías cerebrales para tratar sus enfermedades psicológicas.
A algunos les extirparon grandes porciones del lóbulo frontal.
El resultado es que su carácter se volvía insensible y apático, pero conservaban la consciencia.
No ocurre lo mismo si se alteran las regiones cerebrales situadas más atrás.
Si se las destruye, pueden perder la consciencia.
Incluso, cuando se estimula estas partes específicas, los pacientes describen ciertos trastornos.
Como tener la sensación de abandonar el cuerpo o la de escuchar sus propios pensamientos como si se tratase de la voz de un extraño.
Según Koch, los perros o los ratones también podrían tener consciencia, pero más limitada.
No saben qué es la muerte, pero sienten dolor, alegría, miedo o rabia.
En nuestra especie vamos desarrollando la consciencia a medida que maduramos.
Al vernos como una parte de la sociedad, la complejidad de las conexiones cerebrales crece.
Un caso remarcable es de los bebés anencéfalos.
Es decir, los que nacen sin algunas partes del encéfalo.
Los que sobreviven, no aprenden a hablar y sus posibilidades expresivas son muy limitadas.
Es difícil evaluar hasta qué punto son conscientes.
Desde luego, sus padres sí creen que lo son.
Por otra parte, muchos insectos tienen un cerebro bastante complejo.
Así que podrían albergar sentimientos como la alegría.
Como la de una abeja cuando vuelve a la colmena después de recolectar polen.
Por lo tanto, parece que no hace falta un córtex para ser consciente.
Pero…¿Hace falta un cerebro?
Según Koch, las bacterias, los hongos o las plantas son seres capaces de tener consciencia, aunque sean muy diferentes a nosotros.
Según la teoría integrada de la información habría que comprobar si tienen la suficiente complejidad como para atribuirles una fuerza causal.
Otro misterio es la ‘división de la consciencia’.
Hay personas que oyen voces.
Otras, desaparecen durante meses y, cuando vuelven, no recuerdan nada de lo que les ha pasado.
Hay casos de pacientes con el cerebro dividido, cuando les han seccionado el cuerpo calloso.
Es como si en sus cabezas hubiera dos yoes, uno en cada hemisferio.
¿Sería posible unir dos cerebros y crear una nueva consciencia entre ambos?
Imaginad este improbable experimento.
El de unir dos cerebros, conectando su córtex visual o el lóbulo frontal de uno con el otro.
Al principio, uno vería a través de los ojos del otro, como si fuese un video superpuesto en su campo visual.
Hasta llegar a un umbral.
Un momento en el que la información integrada de los dos cerebros sería mayor que la de cada uno de ellos, por separado.
En ese instante, puede que sus dos consciencias individuales desapareciesen.
Dando paso a una nueva, fruta de la fusión entre las dos mentes.
Mientras hablamos, nuestra comunicación representa una parte infinitesimal, comparada con la actividad que se da en el interior de nuestros cerebros.
En una conversación se intercambia unos cuantos bits por segundo mientras que el ritmo de, los dos cerebros en la comunicación, procesa cientos de millones de bits.
De momento, podemos estar tranquilos, según este investigador.
Un sistema sin consciencia no puede desarnos el mal porque no tiene intenciones propias.
Como sería el caso de la actual inteligencia artificial.
Eso no quita, que se pueda usar para el mal.