… y entonces se dieron cuenta que estaban solas en la calle. La más alta, de color plata, sentía como en su interior saltaban enormes esferas negras azuzadas por balines de viento y cristal. La pequeña, redonda y blanca, se llenó de caramelo de lluvia y azúcar. Y las dos, perplejas, vieron como lentamente se alejaba por entre la cortina de agua y los encajes acuosos del suelo, la figura de una mujer sin paraguas, que pidió y nunca tomó un café solo en la terraza desierta del bar de la esquina…
Algo más secos, en este invierno pasado por sol, disfrutemos de este fragmento musical que si lo sienten bien, tiene algo de inexplicable, como la mujer sin paraguas…