Nadie ha visto un rostro tan radiante de felicidad como el que yo solía tener al subir al coche de línea. Y como prueba valga esta foto, aunque esté vieja y descolorida. Ir a Quecedo era como cambiar de país. Atrás quedaban las calles ruidosas, el ambiente gris, los juegos en el parque o en la plaza de Indautxu, el instituto, las clases,… y también el cine de los curas en las tardes de domingo, y las largas tardes de sábado recorriendo tiendas con mi madre, que era muy aficionada a “salir de compras”. Aterrizar en un lugar como Valdivielso, donde no había zapaterías, ni tiendas de tejidos, ni de “prêt-à-porter”, ni siquiera un cine parroquial, ni limitaciones de espacio para jugar, suponía siempre una enorme liberación en un entorno fabuloso donde yo podía, y debía, inventar mis propias actividades. (Seguir leyendo en www.radiovaldivielso.es