Fue en un amanecer de nubes plomizas, en lo que era una más que promesa de día pegajoso y gris, cuando al acercarme a la ventana lo vi. Un rayo de sol había rasgado el cielo, encendiendo en la vieja caseta de la terraza de enfrente un fuego de luces imposibles como tan solo él sabe prender. Ante mis ojos, aquel fuego de luz se fue lentamente consumiendo, dejando paso de nuevo a la sombra de aquella, ya lejana mañana, plomiza y gris.
De sombra nos habla el sonido que hoy no visita. Breve, como ese fuego de luz que fue, y como él, igualmente bello.