Aquel trozo de tul rojo prendido a un maniquí me hechizó la primera vez que lo vi. Estaba en la alcoba de tía Lucía, allá en la Casa Grande, y parecía existir fuera del tiempo. Jamás la vi tocarlo, ni tan siquiera un roce, pero siempre estuvo con ella.
¿Tía puedo pasar? Sí, pero no toques nada. Gracias tía.
Y pasaba. Y sin tocarlo, lo miraba. Lo miré tantas veces que comenzó a habitar en mis primeros sueños… en ellos cobraba vida y danzaba al ritmo de una música invisible que siempre se me antojó triste.
La música de hoy es tremendamente visible pero… pero siento que tiene mucho de gemido, de sollozo, de afligido lamento de tul con brotes sonoros de brillante rojo.