Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y en un abrir y cerrar de ojos pasaron tres años de actividad febril. Entre jornadas de transmisión en el monte y la vida de pueblo, la relación entre Laura y Álvaro fue languideciendo, hasta terminar no sin amarguras. Comones vio en ello una oportunidad para dar rienda suelta a sus reprimidos deseos de cortejar a Laura, borrando la frontera entre militancia, subordinación y celos.
Mientras tanto, la guerra había entrado en un impasse, y ya se empezaba a hablar de su posible finalización mediante una negociación política. No pocos oficiales y combatientes decidieron bajar de la montaña. Las discusiones entre Comones y Álvaro se volvían cada vez más agrias; era evidente que sus diferencias políticas apenas disimulaban un antagonismo personal. Las transmisiones se hacían más largas, contraviniendo todas las medidas de seguridad. En las carreteras aumentaron los puestos de control y la circulación de camiones militares con antenas parabólicas. Era obvio que los estaban buscando.
Álvaro, con razón o sin ella, interpretó todo esto como parte de un plan de Comones para que fueran capturados y él quedara con el camino libre hacia Laura. De una u otra forma, todos se sentían mutuamente traicionados.
Un evento inesperado vino a ser el catalizador de toda esta tensión. Una mañana, mientras Laura abría la veterinaria, vio con espanto un camión militar con antenas parabólicas estacionado frente a la casa. Afortunadamente, el camión se retiró poco después, pero los protocolos indicaban que debían desmontar el Centro de Comunicaciones como medida de emergencia.
No hubo consignas ni palabras bonitas. Álvaro se subió a un autobús rumbo a la Ciudad de México, con la Escuela de Cine en Cuba como destino final.
Laura y Álvaro nunca más se volvieron a ver.
Days turned into weeks, weeks into months, and in the blink of an eye, three years of feverish activity had passed. Between transmission shifts in the mountains and village life, Laura and Álvaro’s relationship slowly faded—ending not without bitterness. Comones saw this as an opportunity to act on his repressed desire to court Laura, blurring the lines between militancy, subordination, and jealousy.
Meanwhile, the war had reached a stalemate, and talk of ending it through political negotiation had begun. Many officers and fighters chose to come down from the mountains. The arguments between Comones and Álvaro grew increasingly bitter; their political differences barely concealed a personal antagonism. Transmissions became longer, violating all security protocols. Military checkpoints multiplied along the roads, and trucks with satellite antennas roamed the area. It was clear they were being hunted.
Álvaro—rightly or wrongly—believed it was all part of a plan by Comones to get them captured and clear the way to Laura. One way or another, everyone felt betrayed.
Then came the catalyst. One morning, as Laura opened the veterinary clinic, she was horrified to see a military truck with large satellite antennas parked in front of the house. Fortunately, it left shortly after, but protocol dictated that the Communications Center be dismantled immediately.
There were no slogans, no farewell speeches. Álvaro boarded a bus bound for Mexico City, with Cuba’s Film School as his final destination.
Laura and Álvaro never saw each other again.