Médico brillante y hombre intachable, Ramón Carrillo fue el sanitarista más importante del país. Como ministro de salud de Perón logró erradicar el paludismo y bajar drásticamente la mortalidad infantil.
Nace en Santiago del Estero, el 7 de Marzo de 1906. Alumno destacado, se recibe con medalla de oro tanto en el secundario como en la UBA, en la que obtiene su título de médico en 1929. Al año siguiente viaja a Europa para perfeccionarse, regresando en 1933, en plena “década infame”. En 1939 asume un cargo en el Hospital Militar. Al poco tiempo, con 36 años, gana el concurso para ser titular de la cátedra de neurocirugía de la UBA. Es un profesional prestigioso, aunque desentona con el individualismo de la época: “los médicos debemos pensar socialmente…”. A partir de 1946, y como Ministro de Salud de Perón emprende una lucha titánica contra la tuberculosis, el tifus, las venéreas y el paludismo, logrando erradicar algunas de ellas. En el caso del paludismo, por ejemplo, los contagios bajan de 122.000 en 1946 a 240 en 1954. En ocho años de gestión creó más de 200 hospitales y policlínicos y logró bajar la mortalidad infantil a la mitad. En 1954 renuncia y se va a EEUU. Allí dicta conferencias en Harvard. En 1955 se radica en Brasil, en Belem Do Pará, como médico de una minera, lugar en el que termina muriendo pobre y casi abandonado un 20 de diciembre de 1956. Mientras tanto, en Buenos Aires la Revolución Libertadora, desbordante de odio, le confisca libros, cuadros y dos departamentos. Ramón Carrillo tuvo una visión social y preventiva de la medicina. Gracias a su enérgica acción miles de adultos y niños lograron sobrevivir. Por eso resulta una canallada que hoy se lo asocie, faltando a la verdad, con un régimen que hizo de la muerte un culto, justamente a uno de los hombres que más hizo por cuidar la vida humana.