Desde el comienzo de la Iglesia, los discípulos entendieron que el Evangelio estaba destinado a todos los pueblos. Hoy, más de dos mil años después, este llamado sigue siendo actual. Existen millones de personas que nunca han escuchado hablar de Jesucristo, mientras que otras necesitan redescubrir la alegría de la fe.
Ser una Iglesia en salida significa abrir las puertas, dejar nuestras comodidades y caminar hacia quienes necesitan una palabra de esperanza, un gesto de amor o un encuentro con Cristo. No todos seremos misioneros en tierras lejanas, pero todos podemos ser misioneros allí donde Dios nos ha puesto: en nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra comunidad y nuestra parroquia.