Le he dado muchas vueltas y, en estos seis años desde que echaron a Marcelino y Mateu, el único momento en el que he percibido verdadera ilusión en el valencianismo fue la final de Copa en 2022. El resto, un drama. Goleadas sonrojantes contra Barça, Madrid o Atleti. Viajes angustiosos luchando por la permanencia a Sevilla, Vigo, Elche, Cádiz o Almería con desplazamiento masivos de aficionados y aficionadas. Una decadencia absoluta. Un sufrimiento sin fecha de caducidad. Mucha preocupación ante el riesgo latente de bajar a Segunda. La respuesta de Mestalla y la afición, incuestionable. Cuanto más débil es el equipo, más apoyo en las gradas. 45.000 en el estadio cada fin de semana y cada año más abonados que el anterior. Ese vestuario tiene que darle una alegría hoy a Mestalla y a la afición del Valencia. Se lo merecen. Lo necesitan. El que no se deje hoy el alma es un desagradecido. Y no merece llevar ese escudo en el pecho.