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Somos hijos de Dios y tenemos un Padre que nos ama inmensamente. Por eso necesitamos pedir cada día el don de la fe, para confiar en Él no sólo cuando todo está tranquilo, sino también cuando llegan las pruebas. La fe nos ayuda a mantener la mirada en Jesús, recordar que no estamos solos y caminar con la certeza de que nuestro Padre nunca deja de acompañarnos.
Abrirle el corazón a Dios es hablar con Él como con nuestro Padre, confiarle nuestra vida y dejarnos amar. Cuando comprendemos que somos importantes para Él y que nos conoce personalmente, podemos entregarnos sin miedo y abrirnos a los dones, la paz y el amor que desea derramar sobre nosotros.
Este tiempo es una gracia para conocer más profundamente al Padre: un Padre que no está lejos, que nos conoce por nuestro nombre y cuyo amor nunca deja de actuar. Aunque muchas veces no comprendamos sus tiempos, podemos confiar en que Él sigue obrando y preparando con amor aquello que necesitamos.
La oración incesante no significa rezar todo el día, sino mantener el corazón unido a Jesús. A través de pequeñas oraciones durante nuestra jornada, aprendemos a reconocer su presencia y a descubrir la belleza y la grandeza de la gracia que Dios ya está obrando en nuestra vida.
Cada momento que pasamos delante de Jesús en el Santísimo es un encuentro de amor. Mientras nosotros creemos que simplemente lo estamos acompañando, Él está derramando gracias especiales sobre nuestra vida, fortaleciendo nuestra fe, enseñándonos a confiar y regalándonos exactamente lo que nuestro corazón necesita, incluso aquello que ni siquiera sabríamos imaginar pedirle.
La conversión es la puerta de la vida nueva. Cuando permanecemos con Jesús en la oración y en la adoración, Él transforma nuestro corazón, fortalece nuestra fe y despierta en nosotros el deseo de la vida eterna.
La vida nueva comienza cuando regresamos a Dios y a sus mandamientos. Al abrir nuestro corazón, permitimos que el Espíritu Santo transforme nuestra vida desde lo más profundo. Y cada corazón renovado se convierte en parte de la renovación espiritual que nuestro mundo necesita.
Cuando abrimos nuestro corazón a Dios, Él comienza a transformarnos y a modelarnos a su imagen. Así despierta todo el bien que sembró en nosotros y nos conduce a una vida nueva, llena del deseo de vivir según su voluntad y del anhelo de la eternidad.
La Virgen nos enseña que ser oración significa abrir el corazón para descubrir y reconocer a un Dios que desde siempre se nos ofrece en plenitud. En la oración comenzamos a ver sus gracias, a reconocer su presencia y a descubrir que nunca hemos estado solos. María nos conduce a Jesús, y Jesús nos revela el corazón del Padre.
La Virgen nos enseña que permitir que Jesús reine en nuestra vida comienza con una entrega total. Cuando ponemos en sus manos nuestras heridas, nuestro pasado y nuestro futuro, Él mismo se entrega a nuestra vida y la transforma. En la oración descubrimos cuánto nos ama Jesús y cuán preciosos somos para Él.
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En estos Podcasts reflexionamos sobre las palabras preciosas de Nuestra Madre, la Reina de la Paz. Palabras hermosas que vienen del Cielo como un regalo para nosotros.