Jesús llama felices a los pobres, los hambrientos, los que lloran... y lanza un "ay" sobre los ricos y saciados. Hoy, en la memoria de San Pedro Claver —"esclavo de los esclavos"—, entendemos esta gran inversión del Evangelio: no que Dios quiera la miseria, sino que la verdadera dicha está en el corazón libre que pone su seguridad en Dios, no en el decorado pasajero del mundo. Y descubrimos, con los Padres, que en el rostro del pobre se encuentra el rostro de Cristo.
Lecturas: 1 Corintios 7, 25-31 · Salmo 44 · Lucas 6, 20-26