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Estado de Derecho y ha preferido que un "prefacio" que le ha
puesto al libro sea exageradamente breve y cauteloso, en vez de
despacharse en él a su gusto, como hacen muchos prologuistas
y todos esperábamos. Reconocemos que no hubiera sido justo
que por entretenemos se hubiera arriesgado a molestias como las
que proporciona la justicia francesa.
Este libro termina
una trilogía contra el Islam, el Cristianismo
y el Sionismo. No le faltan, pues, invectivas contra el Cristia
nismo, salpicadas
desde su gemelo a él dedicado, y aunque tene
mos el deber de advertirlo, lo hacemos despreocupadamente,
porque son tópicos inconscientes que la prensa airea a diario, e
incluso algunos medios "progresistas" católicos, impunes.
• • •
En una Introducción se contraponen Judaismo y Sionismo,
cuestión
que enerva los últimos cien años. El Sionismo es una doc
trina política, nacionalista
y colonial, que aboca a la creación y
mantenimiento del Estado de Israel. Y el Judaísmo no es ni políti
co ni nacional, sino espirin.tal, y apunta hacia una época mesiáni
ca
en la que todos los hombres reconocerán pertenecer a una sola
gran comunidad para el establecimiento del Reino
de Dios sobre
la Tierra. En gran parte de la Diáspora, sobre todo en los Estados
Unidos, el Judaismo
se ha paganizado y desacralizado y optado
por el poder político. Se fue deslizando, primero, a la pretensión
de un Hogar Nacional Judío en Palestina, y desde éste, al Estado
Judío
de Israel. Frente a éstos, los puros, siguen insistiendo en que
el Judaismo es una cuestión de religión y no de nacionalidad.
Dentro del Estado
de Israel se encuentran dos grupos enfrentados:
uno, imperialista,
y otro que quiere la convivencia pacífica con los
árabes. Estas dístinciones explican
que algunos grupos judíos bus
caran
un entendimiento con Hitler, incluso alguna colaboración,
que si no fue a más fue por causa del Führer.
"Nuestro libro se sitúa en la prolongación de los esfuerzos de
aquellos judíos que han intentado defender un Judaismo contra
un sionismo tribal".
Estas distinciones previas, que hay que tener presentes en el
resto
de la lectura, no son originales, sino archisabidas. Lo que es
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nuevo y agradable es la brillantez y la claridad en la exposición,
muy del esprit francés. También es loable el respaldo documen
tal; las 159 páginas del libro llevan 427 citas de autores de pres
tigio,
muy bien montadas, y además desconocidas del gran públi
co español. En medio de tantos líos no aparece involucrado
nadie
de la España contemporánea. Y, sin embargo, ¿cómo supo
ner que no desbordan hasta aquí? Reciente (mayo 1998) está el
"donativo"
de doscientos cincuenta millones de pesetas del Con
sejo
de Ministros de España al Consejo Mundial Judío.
Antes
de seguir, nuestra fe católica nos obliga a un comen
tario gravísimo a esas distinciones de Garaudy y de otros.
Comentario
que venimos rumiando desde anteriores lecturas de
análogos planteamientos. Parece como si en la cuestión judía,
global y coloquialmente aludida, hubiera que distinguir entre
buenos y malos, para poder inmediatamente escoger a los bue
nos y rechazar a los malos, pero como excusándose de este
rechazo de los malos porque ya se simpatiza con los buenos.
Los buenos serían los religiosos del Judaísmo, defensores de
unos preceptos filosóficos y místicos abstractos y desencarna
dos, serparados e independientes de la política internacional del
capitalismo americano y
de sus aliados, los malos, los sionistas
del Estado
de Israel, que nos está saliendo a todos carísimo. No
hay tal distinción entre buenos y malos. Todos son malos, desde
una visión religiosa cristi'ana. No son menos malos los espiri
tuales y religiosos y sionistas, sino
precisamente al revés, por
una subordinación ontológica de la política a la religión. Este
error se manifiesta también en que el antisemitismo de algunos
es, en la realidad, más contra el sionismo del Estado de Israel
que contra el Judaísmo como religión. Entre cristianos, debería
ser lo contrario.
La fe de algunos católicos ha sido llevada por el "progresis
mo" a
un estad de debilidad compatible con creer que los que
difunden una religión falsa son los "buenos", y que son preferi
bles a los ("malos")
que solamente sirven a una política interna
cional
de calificación dudosa respecto de la nuestra. El error en
un plano superior, religioso, sería bueno, o preferible, o acepta
ble, al error
en un plano inferior de política internacional, infini
tamente menos atentatorio
para la salvación de las almas. No es
ajeno, psicológicamente, a esta esquivación el ambiente creado
por la libertad religiosa y el ecumenismo.
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Aclarados, pues, los dos planteamientos de salida, el de
Garaudy y el cristiano, sigamos, libro adelante.
• •
El libro tiene tres partes o cuerpos principales, titulados:
l. "Los Mitos teológicos", 11. "Los mitos del siglo xx", III. "La uti
lización política del mito".
Los mitos teológicos son: el mito de la "Tierra Prometida"; el
mito del "Pueblo Elegido", y el mito
de "Josué o de la Limpieza
Étnica".
Los tres descansan en sendas exégesis bíblicas múltiples
que no tengo capacidad para enjuiciar; además, tendríamos
que oír a las dos partes o al magisterio de la Iglesia, si existe en
estos puntos con caracter infalible. La táctica de Garaudy es ad
hominem o de utilizar astillas de la misma madera, que son las
peores.
¿Tierra prometida o Tierra conquistada?-Los sionistas sos
tienen que solamente conquistaban la Tierra Prometida. Se
refieren a que Dios prometió a los Patriarcas y a sus descendien
tes la posesión de una
Tierra que hoy se interpreta que es, con
vaivenes elásticos,
la Cisjordania. Los guerrero5: sionistas se limi
tarían a tomar posesión.
Garaudy les replica:
"La exégesis cristiana ante esa afirmación
es vacilante y escéptica y no llega a ninguna conclusión". En
cuanto a la exégesis profética, aduce que un rabino notable, de
la Liga para el Judaísmo (antisionista), en Estados Unidos, con
cluye
que "es inadmisible para nadie pretender que la implanta
ción actual del Estado
de Israel es el cumplírniento de una pro
fecía bíblica" (pág. 24).
Para invalidar el mito
de que !A población que boy constitu
ye el Estado de Israel es el pueblo elegido por Dios, recurre a un
método de moda, peligrosísimo, que es rastrear la cuestión en
diversas religiones antiguas. En ellas ha encontrado este mismo
concepto de un pueblo elegido por Dios, y, por ello, a la versión
sionista le faltaria originalidad y exclusividad, y esto la inutiliza
ría. Son materiales difíciles
de comprobar y silogismos frágiles.
Airear este método de la éomparación de religiones para sacar, o
derruir
en este caso, factor común, es uno de los peligros de este
libro para el lector cristiano, ya suficientemente bombardeado
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con proyectiles de ese género por las sectas gnósticas y por
Nueva Acrópolis.
El mito de Josué o de la limpieza étnica.--Se interpretan las
matanzas, tan frecuentes hoy, dentro y fuera
de las fronteras del
Estado
de Israel. Los sionistas las justifican con el recuerdo de las
matanzas
de Josué y otras del Antiguo Testamento, y con el fin
que persiguen,
que sería limpiar el actual Estado de Israel de la
etnia árabe para
que no se infrinja el precepto del Antiguo Tes
tamento de que la sangre judía no se mezcle con otras. Garaudy
critica la historicidad de los textos bíblicos y su interpretación
literal,
y vuelve machaconamente a su tesis favorita de que están
instrumentalizados
al servicio de la política. Además les recuerda
-sin posibilidad de ser comprendido--que la venida de Jesús
trastoca las cosas y el Nuevo Testamento
y la nueva alianza con
tradicen
en esto a la antigua alianza y al Antiguo Testamento. Ese
es el
nudo de la cuestión.
Sea como fuere el enlace del Antiguo Testamento con el
Nuevo, no dejan de ser impresionantes las censuras del Antiguo
Testamento
al cruce de razas.
El texto que seguimos empieza aquí a incidir más sobre la
cuestión del racismo, que luego continua. Es interesante todo
esto porque actualmente
en España no hay literatura racista de
prestigio, y sí, en cambio, hay mucha y desproporcionada pre
sencia antiracista injustificada
y de ínfima calidad.
Una nueva división: los judíos, en general, se dividirían en
racistas, que son los sionistas, y otros más pacíficos, partidarios
de
la "asimilación'' con otros pueblos. Los nazis, racistas, se
entendían. relativamente bien con los racistas sionistas; bastaba
con repartirse territorios y ayudar a la creación del Estado de
Israel. Cada mochuelo a su olivo. En cambio, los nazis temían y
perseguían a los judíos "asimilacionistas", partidarios de quedar
se
en Alemania y mezclarse con los alemanes o. al menos, de
coexistir perfentamente
con ellos.
• • •
El segundo gran cuerpo, titulado Los mitos del siglo xx, com
prende:
l. "El mito del antifascismo sionista"; 11. "El mito de la
Justicia
de Nuremberg"; 111. "El mito del Holocausto"; IV. "El mito
de una Tierra sin Pueblo para un Pueblo sin Tierra".
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https://fundacionspeiro.org/revista-verbo/1998/367-368/documento-1796