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alcanza su punto más álgido cuando se subraya el uso de la paradoja y de la ironía en Cervantes. De ese modo, argumentó Gilman, «el mensaje oculto permanece necesariamente elusivo para los lectores que no estén familiarizados con su
siglo y su cultura». Quedan desechadas, por erróneas, las llamadas explications de
texte. Para el hispanista americano no hay ni burla rii sátira del Santo Oficio, el
escrutinio es un ejercicio de «Inquisición literaria» de Cervantes. Sus dardos fueron dirigidos a un tipo de crítica literaria que no era capaz de distinguir entre
valoración estética y dogmática, que atacaba los libros de caballerías por ser causa de escándalo y no por sus (de)méritos como obras literarias8
.
Los cervantistas defienden una lectura canónica del episodio del escrutinio.
Ello no impide que algunos estudiosos realicen digresiones strictu sensu con la
artificiosa exaltación de valores contemporáneos que justificarían la vigencia
del provecho de la novela. Con la excepción de algunas expresiones de cierta
universalidad, la mayoría de las apreciaciones cervantinas beben —defiende Eisenberg— de una fuente católica muy contextualizada y calificada por algunos
otros historiadores como contrarreformista. Desde este enfoque, la misma crítica literaria que -supuesta y unívocamente— se halla en El Quijote, «aunque sea
importante para el especialista que quiera entender a Cervantes y sus obras,
tampoco tiene validez en la actualidad»9
.
El hecho de que la validez de la obra quede restringida a su época refuerza
otras de las discusiones entre los cervantistas sobre la inevitable tensión entre
texto y contexto. Los problemas de intertextualidad son una de las marcas indelebles de El Quijote. Tanto si el condicionamiento histórico-social pudo orientar la composición del texto, como si el texto ha de de ser considerado como
sistema de representación de valores y comportamientos sociales, la opción
interpretativa sobre la interacción texto y contexto histórico-social permanecerá siempre abierta. Georgina Dopico ha recordado que «el Quijote está completamente enraizado en su momento, que repite y cuestiona las certezas de su
presente». Ante una pretendida y real España de cerrazón y ortodoxia, la España que aparece en el Quijote «es, por el contrario, territorio de la duda, espacio
de contradicciones»10
.
8
GlLMAN, S.: La novela según Cervantes, México, FCE, 1993, pp. 146 y ss. Las interpretaciones
están lastradas desde el mismo momento que se subraya la ironía de Cervantes como base de su materia narrativa. Es comprensible que el mismo Gilman defendiese en 1970 una doble visión: «Así, aunque por una parte Cervantes emplea el escrutinio inquisitorial como una forma amena y humorística
de expresar sus opiniones literarias, por otra dejar traslucir que la quema de libros (y se supone de
personas) le repugnaba». Aún más, se trataría de una combinación de crítica estética con «una sátira
velada contra los críticos que intentan abolir... o limitar la libertad del lector. ¡Y hasta con una ofensiva
muy subrepticia contra la misma Inquisición!» (Los inquisidores literarios..., págs. 9-10).
9
ElSENBERG, D.: La interpretación cervantina del Quijote, Madrid, Compañía Literaria, 1995,
pág. 164.
10
DOPICO, G.: «España abierta: Cervantes y el Quijote», A. Feros y J. E. Gelabert (dirs.), op.
cit., págs. 387-388.
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EL DONOSO Y GRANDE ESCRUTINIO.O LAS CARAS DE LA CENSURA 943
Cervantes, como autor de su tiempo, tomó partido ante los problemas que
convergían en la intrincada realidad del Siglo de Oro. Pero, su posicionamiento
ha sido calificado de ambiguo, hipócrita, contrarreformista, liberal, irónico,.... El
uso de lo cómico y de la burla fue imprescindible para construir realidades alternativas. Fue en esas construcciones narrativas donde dio cobijo a una actitud profundamente crítica con su época, al mismo tiempo que pragmática, propia de un
superviviente de tiempos recios y años de hierro. Una permanente contradicción
que atraviesa la novela, y que confluye en la tensión entre el ser y el parecer a la
que se refiere Ricardo García Cárcel: «Cultura, insistimos, la de Cervantes, de
transición asimétrica más cerca del punto de llegada que del de partida, que él
resolvió mediante el ejercicio de la dualidad realidad-representación. Su literatura
refleja permanentemente (...) la contradicción entre el engolamiento de los roles
sociales y la pobreza de las identidades personales, la frustración permanente entre la representación escénica (parecer) y la realidad humana (ser)».
La confusión que se desprende de ciertos comentarios de Cervantes respecto, por ejemplo, a las maneras de censurar, han incomodado a los historiadores
a la hora de calificar su actitud ante la libertad o la represión. Como veremos
más adelante, la contradicción entre el mensaje en uno u otro pasaje no es tal,
es en esencia la perplejidad de un autor cautivado por la ambivalencia de la
duda, encerrado en la creativa tesitura de optar por la transgresión de los límites o por la necesidad de las normas.
EL ESCRUTINIO Y LA BIBLIOCLASIA DEL SIGLO DE ORO
El escrutinio de la librería del Quijote no fue sólo una crítica de cierta literatura española y una evaluación de la ficción en prosa. Fue parte del debate sobre la valoración del libro que se gestó durante el siglo XVI. La actitud biblioclástica de desengaño de un cierto grupo de intelectuales hacia las letras y sus
instrumentos se consolidó en torno a 1570, cuando el libro comenzó a ser analizado en tanto que medio de un saber fútil, objeto de una ciencia que se demostraba al fin vana. Del entusiasmo por lo tipográfico, por la posibilidad de
contar con más libros y que éstos fuesen más baratos, se pasó rápidamente a las
críticas moralistas a las letras profanas que legitimaban la necesidad de una
tutela pedagógica de la lectura. A finales del siglo XVI ya se había alcanzado
una sensación de cansancio hacia el libro, y empezaban a circular quejas sobre
la confusión que generaba el exceso o sobre la difusión de errores e imposturas.
Durante el siglo XVII este debate se mixtificó con las críticas a la proliferación
de escuelas y estudios de gramática; según sus críticos, esta abundancia era
económicamente contraproducente para la pervivencia de la monarquía11
.
11
BOUZA, F.: «Balumba de libros: biblioclasmo, cultura escrita y buen gobierno en el memorial Por el agricultura del Vizconde de la Corzana», Bulletin of. Spanish Studies, vol. LXXXI, 7-8
(2004), pp. 957-971.
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944 MANUEL PEÑA
En los márgenes de los ámbitos oficiales (civiles, eclesiásticos o inquisitoriales) existieron prácticas culturales que influyeron en la implantación de la censura institucional, mediante la elaboración de modelos ideológicos sobre la
conveniencia de controlar la lectura y la escritura. En realidad, estas opiniones
se encuadraban en un debate más amplio sobre los buenos y los malos libros,
iniciado con anterioridad a las directrices tridentinas y a los posteriores índices
inquisitoriales. Son muy conocidos los discursos moralistas -—sobre los libros de
caballerías u otras lecturas de entretenimiento, y sobre los riesgos de lecturas
femeninas— que proponían diversas medidas de control para no sólo generar
una determinada recepción del texto, también para impedir el acceso de los
lectores a esos libros u otros no deseables, reivindicando una censura destructiva o medidas prohibitivas más cercanas al expurgo12
. El problema, como ha
demostrado Ife, no derivaba únicamente de que la ficción —y no sólo la de los
libros de caballerías— diera mal ejemplo, falsificase la realidad o socavase la
autoridad de la verdad, sino también de la asociación leer es creer, realidad
socio-cultural que con El Quijote alcanzaría el plano de la ficción13
.
Fueron diversas las medidas de control que propusieron los moralistas para
no sólo generar una determinada recepción del texto, también para impedir el
acceso de los lectores a esos libros u otros no deseables. Hubo autores que reivindicaron una censura destructiva; el franciscano Luis de Maluenda en su Tratado llamado de excelencias de la fe (Burgos, 1537) criticaba «la ambición destos
tiempos de escrevir libros para los imprimir, que algunos estarían mejor rasgados que impressos, como muchos tratados de coplas livianas estarían mejor
quemadas que publicadas por los moldes»14
. Fray Antonio de Guevara en el
prólogo general a su Relox de príncipes (Valladolid, 1529), maldecía y renegaba
«de muchos vulgares libros que ay en España, los quales como unos reloxes quebrados merescían echarse en el fuego para ser otra vez hundidos. No sin causa digo que muchos libros merescían ser rotos o quemados, porque ya tan sin vergiiença y tan sin conciencia se componen oy libros de amores del mundo como si
enseñassen a menospreciar el mundo. Compassion es de ver los días y las noches
que consumen muchos en leer libros vanos, es a saber: a Amadís, Primaleón, a
Duarte, a Lucenda, a Calixto, con la doctrina de los quales osaré dezir que no
2
Es abundante la bibliografía sobre el debate de la época sobre la conveniencia de los libros
de caballerías, sigue siendo muy esclarecedor el ya clásico estudio de RIQUER, M. de: «Cervantes y
la caballeresca», J. B. Avalle-Arce y E. C. Riley (eds.), Suma Cervantina, Londres, Tamesis Books
Limited, 1973, págs. 273-292.
13
IFE, B.: Lectura y ficción en el Siglo de Oro. Las razones de la picaresca, Barcelona, Crítica, 1992,
págs. 11-44.
14
Cit. CÁTEDRA, P. M.: «Límites de control del libro infantil (reformas religiosas y «cartillas»
escolares en el primer tercio del siglo XVI», A. Redondo (dir), La formation de l'enfant en Espagne aux
XVI et XVII siècles, Paris, Sorbonne, 1996, págs. 334-335.
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passan tiempo, sino que pierden el tiempo, porque allí no deprenden cómo se han
de apartar de los vicios, sino qué primores teman para ser más viciosos»15
.
Fray Luis de Alarcón en Camino del cielo (Alcalá, 1547) también recomendaba
«cuan gran servicio harán a nuestro Señor los príncipes cristianos en mandar destruir los tales libros, no solamente los heréticos, mas también los carnales y sucios»16
. Años más tarde, fray Antonio de Santa María en su Diálogo espiritual (Salamanca, 15 88) insistía en la necesidad de destruir los libros profanos:
«Quemar tal libro es carda provechosa,
y limpia quedaría la doctrina
de nuestra Sancta Iglesia y religiosa
verías muy más ser su disciplina (Al margen: Por el effecto mayor que haría]
La gente qu'es de sangre bulliciosa,
quitada la ocasión, la ley divina
mejor attendería y al provecho
de su alma y al camino más derecho»17
.
Otros autores, a pesar de compartir ese negativo juicio, proponían medidas
prohibitivas más cercanas al expurgo. Para Pedro de Mexía los libros de caballerías
«devrían ser desterrados de España como cosa contagiosa y dañosa a la república, pues tan mal hazen gastar el tiempo a los auctores y lectores de ellos. Y lo
que es peor, que dan muy malos ejemplos y muy peligrosos para las costumbres...
Porque tales hombres ay que piensan que passaron assí como las leen y las oyen,
siendo como son las más délias cosas malas, prophanas y deshonestas»18
.
También en el Diálogo de la lengua Juan de Valdés distinguía entre los buenos libros {Amadís, Primaleón, Palmerín) de los malos (Esplandián, Lisuarte, F brisando, Oliveros, etc.), «Los quales, demás de ser mentirosíssimos, son tan mal
compuestos, assí por dezir las mentiras muy desvergonçadas, como por tener el
estilo desbaratado, que no hay buen estómago que los pueda leer»19
.
La polémica sobre los libros de caballerías o las opiniones sobre la verdad en
los textos impresos fueron el barniz de un debate más profundo sobre la conveniencia o no de una tutela pedagógica de la lectura, justificada con criterios
morales o político-religiosos. La experiencia de la escritura y de la lectura debía
» GUEVARA, Fr. A. de: Relox de Prínrípes, ed. E. Blanco, Madrid, ABL editor, 1994, págs. 38-39.
16
ALARCÓN, Fr. L. de: Camino del cielo, ed. A. Custodio Vega, Barcelona, Juan Flors,1959,
pág. 89.
17
SANTA MARÍA, Fr. A. de: Diálogo espiritual que trata quán dañoso es perder el tiempo y occuparse
en leer libros profanos, intr. y ed. J. Sanz, Porto & Salamanca, Librería Portátil del Biblioclasta, 2000,
pág. 40.
18
MEXÍA, P. de: Historia Imperial y Cesárea, Sevilla, Juan de León, 1545, f. I42v-l43r.
19
VALDÉS, J. de: Diálogo de la lengua, ed. A. Comas, Barcelona, Bruguera, 1972, pág. 198.
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