El 31 de mayo de 1972, un auto-bomba estalló en un bosque cercano al pueblo
llamado Peteano, en Italia, dejando un herido grave y un muerto entre los
carabineros, la policía uniformada italiana. Los carabineros habían llegado al lugar
después de recibir una llamada telefónica anónima. Al inspeccionar un auto Fiat 500
allí abandonado, uno de los carabineros levantó el capó, provocando así la explosión.
Dos días después, una nueva llamada telefónica anónima reclamaba la autoría del
atentado en nombre de las Brigadas Rojas, grupúsculo terrorista que trataba en aquel
entonces de romper el equilibrio del poder en Italia mediante la realización de tomas
de rehenes y de asesinatos de altos personajes del Estado. La policía se volvió
inmediatamente hacia la izquierda italiana y encarceló a cerca de 200 comunistas.
Durante más de 10 años, los italianos vivieron convencidos de que el acto terrorista
de Peteano había sido obra de las Brigadas Rojas.
Posteriormente, en 1984, Felice Casson, un juez italiano, decidió reabrir el caso ya
que le intrigaban toda una serie de irregularidades y falsificaciones cometidas
alrededor del drama de Peteano. El juez Felice Casson descubrió que la policía no
había investigado el lugar de los hechos. También notó que el informe que había
concluido en aquel entonces que los explosivos utilizados eran los mismos que
utilizaban tradicionalmente las Brigadas Rojas era en realidad una falsificación.
Marco Morin, un experto en explosivos de la policía italiana, había proporcionado
deliberadamente conclusiones falsas. Morin era miembro de la organización italiana
de extrema derecha «Ordine Nuovo» y, en el contexto de guerra fría, había aportado
así su contribución a lo que él consideraba una lucha legítima contra la influencia de
los comunistas italianos. El juez Casson logró probar que, al contrario de lo que había
concluido Morin, el explosivo utilizado en Peteano era el C4, la sustancia explosiva
más poderosa de aquel entonces y que también formaba parte del arsenal de las
fuerzas de la OTAN.
«Simplemente quise arrojar una nueva luz sobre años de mentiras y secretos. Eso es
todo», declaró posteriormente el juez Casson a los periodistas que lo interrogaban en
su minúscula oficina del palacio de justicia, junto a la laguna de Venecia. «Quería
que, por una vez, los italianos supieran la verdad.» [1]
El 24 de febrero de 1972, cerca de Trieste, un grupo de carabineros descubre por
casualidad un escondite de armas lleno de municiones, armas y explosivo del tipo C4,
idéntico al utilizado en Peteano. Los policías estaban convencidos de haber
descubierto una red criminal. Años más tarde, la investigación del juez Casson
permitió determinar que se trataba en realidad de uno de los cientos de escondites
subterráneos creados por el ejército secreto del llamado stay-behind, estructura que
responde a las órdenes de la OTAN y que se conoce en Italia por la apelación
codificada de Gladio (del latín Gladius, denominación de la espada corta en uso en la
Roma de la antigüedad). Casson notó que los servicios secretos del ejército italiano y
el gobierno de aquella época se habían esforzado considerablemente por mantener en
secreto el descubrimiento de Trieste así como su contexto estratégico.
Al proseguir su investigación sobre los extraños casos de Peteano y Trieste, el
magistrado descubrió con asombro, no la mano de la izquierda italiana sino la de los
grupúsculos de extrema derecha y de los servicios secretos del ejército tras el
atentado de 1972. La investigación del juez reveló la existencia de una estrecha
colaboración entre la organización de extrema derecha Ordine Nuovo y el SID
(Servizio Informazioni Difusa), o sea los servicios secretos del ejército italiano.
Ordine Nuovo y el SID habían preparado juntos el atentado de Peteano, y luego
habían acusado a los militantes de la extrema izquierda italiana, las Brigadas Rojas.
Casson logró identificar al hombre que había puesto la bomba, un tal Vincenzo
Vinciguerra, miembro de Ordine Nuovo. Como era el eslabón final de una larga
cadena de mando, Vinciguerra sólo fue arrestado varios años después del momento
de los hechos. Confesó y declaró que había gozado de la protección de toda una red de
simpatizantes, tanto en Italia como en el extranjero, que habían hecho posible su
huida después del atentado. «Es todo un mecanismo que se puso en marcha», contó
Vinciguerra. «Lo cual quiere decir que desde los carabineros hasta el ministro del
Interior, pasando por la aduana y los servicios de inteligencia civiles y militares, todos
habían aceptado el razonamiento ideológico justificaba al atentado.» [2]
Vinciguerra subrayaba, con toda razón, el agitado contexto histórico en que se había
producido el atentado de Peteano. A fines de los años 1960, con el surgimiento de la
revolución pacifista y los movimientos estudiantiles de protesta contra la violencia y
contra la guerra de Vietnam en particular, el enfrentamiento ideológico entre la
derecha y la izquierda se había intensificado, tanto en Europa Occidental como en
Estados Unidos.
La inmensa mayoría de los ciudadanos comprometidos con los movimientos sociales
de izquierda recurrían a formas de protesta no violentas, como manifestaciones, actos
de desobediencia civil y, sobre todo, debates con moderadores. En el seno del
parlamento italiano, el poderoso Partido Comunista (Partito Communisto Italiano,
PCI) y en menor medida el Partido Socialista (Partito Socialisto Italiano, PSI)
simpatizaban con ese movimiento.