Al principio, una cruzada
suponía penas y sacrificios
muy arduos para un cristiano
y era la única forma de
obtener indulgencias, pero
con el tiempo y con las
necesidades crecientes de
fondos, éstas indulgencias se
fueron extendiendo a todos
los que ayudaban con bienes
o dinero a los cruzados, y
luego se comenzaron a
vender por ejemplo a los
peregrinos a Roma para la
construcción de la catedral de
San Pedro, hasta que
finalmente se vendieron por
cualquier motivo y por sumas
ínfimas.
Otro hecho importante fue que a mediados del siglo XIII se
fundan las órdenes mendicantes: los franciscanos y los dominicos.
Santo Domingo y San Francisco predican
la austeridad, la beneficencia y la caridad,
retornando a las fuentes primitivas del
cristianismo y haciendo votos de pobreza.
Éstas órdenes tienen un crecimiento
rápido. En pocos años construyen
monasterios en casi todas las ciudades de
Europa. Éstos monjes mendicantes hacen
un marcado contraste con el opulento
clero episcopal establecido. Dependen
directamente de Roma. Su ortodoxia es
extrema. La Orden Dominica es
encargada por el papa para predicar el
evangelio y actuar en alguna región
infectada de herejía. También se ocuparon
de la educación e influyeron y obtuvieron
las principales cátedras de las
universidades.
Las ideas no ortodoxas, paradójicamente, comienzan a llegar a
Occidente de la mano de los cruzados que regresaban de Tierra Santa.
Ellas consistían en considerar que Cristo no había creado una iglesia
organizada, entonces –decían– la enseñanza católica acerca de la
imágenes, los santos, el bautismo de los infantes, la inmaculada
concepción eran falsos. Estas ideas se difundieron rápidamente por
Occidente. Los herejes sostenían que los únicas garantías de salvación
eran la castidad, la pureza, el ascetismo, la humildad, virtudes que ellos
(los herejes) practicaban y el clero establecido no. Esta herejía se inició
en el sur de Europa y se expandió rápidamente tomando diversos
nombres: cátaros, arrianos, albigenses, valdenses, dependiendo del líder
o de la región donde predominaba. La Iglesia se sintió aterrorizada por la
posibilidad de un nuevo cisma y de una desintegración de la cristiandad.
El Papa Inocencio III reaccionó y
envió varias inquisiciones de los
monjes cistercienses y también a
Domingo de Guzmán (que luego fuera
canonizado Santo Domingo). Si bien
consiguieron algunas retractaciones, la
herejía continuaba. Finalmente el papa
terminó llamando a una cruzada
interna contra los albigenses, en la
región del sur de Francia cerca de los
Pirineos, a partir de 1208. Los
cruzados recibían una indulgencia
plenaria luego de los 45 días de
servicio, la condenación de sus deudas
e intereses, y la posibilidad de recibir
las tierras confiscadas a los herejes
derrotados. Estos beneficios
congregaron un ejercito de 500.000
hombres quienes, capitaneados por el
duque de Borgoña y el conde de
Monfort, marcharon hacia la región de
Albi. Encabezaban el bando de los
herejes Rogerio, vizconde de Albi, y
Raimundo, conde de Touluose. Los
papistas tomaron la ciudad de Beziers,
pasaron a cuchillo a 60.000 habitantes,
sin respetar a mujeres, ancianos y
niños; la saquearon y luego
incendiaron en julio de 1209. La
anécdota que quedo de estos hechos es
que los soldados, cuando preguntaron
a los prelados como distinguían entre
católicos y herejes, la respuesta fue:
"Matad a todos que luego Dios los
distinguirá en el cielo".
Luego se dirigieron a Carcasona
donde se rindió el vizconde Roger
y fueron quemados algunos
centenares de habitantes. Pero la
fuerza de la cruzada se debilito
cuando transcurrieron los 45 días
necesarios para alcanzar la
indulgencia. El foco hereje
continuo vivo en Touluose,
apoyada por su aliado, al rey de
Aragón. La lucha continuo por
muchos años hasta que los herejes
fueron derrotados finalmente en
1253.