LAS ORGANIZACIONES JUDíAS IMPONEN EL CREDO DEL "HOLOCAUSTO"
Como se verá, mi libro toca poco la "cuestión judía".
Si durante tantos años, he seguido investigando en la historia encarnizadamente y sin preocuparme mucho de la "cuestión judía" como tal, es que, en mi opinión, esta no tenía más que una importancia secundaria, y me podía desviar de lo esencial: yo buscaba, antes que nada, determinar la parte que le correspondía a la verdad y al mito en la historia llamada del "Holocausto" o de la Shoah; mucho más me interesaba restablecer la materialidad de los hechos que no buscar las responsabilidades.
Sin embargo, muy a pesar mío, dos hechos me obligarían a salir de mi reserva : la actitud de numerosos judíos hacia mis labores y su insistencia amenazante sobre eso que apasiona a tantos entre ellos : "la cuestión judía".
A principios de los años sesenta, cuando abordé lo que Olga Wormser-Migot iba a llamar, en su tesis de 1968, "el problema de las cámaras de gas", de antemano supe las consecuencias que podía entrañar semejante empresa. El ejemplo de P. Rassinier me advertía que podía temer graves repercusiones. Pero decidí seguir adelante, ceñirme a una investigación de carácter puramente histórico y publicar el resultado. Elegía además dejarle al adversario eventual la responsabilidad de salir del terreno de la controversia universitaria para emplear los recursos de la coercición y tal vez la violencia física.
Esto fue precisamente lo que ocurrió. Utilizando una comparación, podría decir que de alguna manera la frágil puerta del despacho en que redactaba mis escritos revisionistas cedió, un día, súbitamente, bajo la presión de una muchedumbre vociferante de protestararios. No me quedó más remedio que constatar que la totalidad o cuasi totalidad de los encandilados eran hijos e hijas de Israel. "Los judíos" acababan de irrumpir en mi vida. Los descubría de pronto no tales como los había conocido hasta entonces, es decir como individuos distintos unos de otros, sino como elementos imposibles de desprender unos de otros, un grupo unido por el odio, y por usar el término que prefieren, la "cólera". Frenéticos, echando espuma por la boca, en tono que combinaba el gemido y la amenaza, me venían a gritar que mis trabajos los erizaban, que mis conclusiones eran falsas y que tenía que rendir pleitesía a su propia concepción de la historia de la segunda guerra mundial. Esta interpretación casher coloca a "los judíos" en el centro de esa guerra en tanto que víctimas iconfundibles de un conflicto que no dejó de causar unos cuarenta millones de muertos. Según ellos, su masacre era algo único en la historia del mundo. Se me avisaba de que a no ser que me sometiera me arruinarían la carrera universitaria. Y de que me llevarían a los tribunales. Después, por la vía mediática el gran Sanhedrín, formado de los sacerdotes, notables y doctores de la ley judía, lanzó contra mi persona una virulenta campaña de llamados al odio y a la violencia. No haré aquí el recuento de la sarta interminable de afrentas, agresiones físicas y procesos judiciales que me tocó padecer.